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Gonzalo Pérez Del Castillo
En el año 1979 el mundo contemplaba atónito el desmoronamiento del régimen del omnipotente Shah Rehza Pahlevi y la toma de poder en Irán por un misterioso clérigo de nombre Khomeini que retornaba aclamado de su exilio francés. Muy pocos analistas en Occidente entendieron realmente lo que estaba sucediendo y hasta hoy día el régimen de Irán sigue siendo una fuente de preocupación y un interlocutor indescifrable para la civilización occidental.
Entendemos sin dificultad que el Shah de Irán, a diferencia de Kemal Ataturk en Turquía, fracasó en su intento de modernizar esta nación islámica. No sólo no le resultó su proyecto modernizante sino que con su ingeniosa combinación de perspectiva pro-occidental, armamentismo desenfrenado, brutal represión interna, vida fastuosa y amoríos publicitados provocó una indignación tan descomunal que precipitó el país aceleradamente en la dirección exactamente opuesta a la pretendida.
Suponemos que, 30 años más tarde, la reacción alérgica cumplió su ciclo y la población desea volver a un estilo de vida más compatible con el siglo XXI. Los iraníes son gente informada, culta, con altos índices de urbanización y mayoritariamente joven lo que es sinónimo de adepta a las tecnologías de información y comunicación que ya ninguna autoridad, terrenal o divina, es capaz de controlar. No viven aislados del mundo y por lo tanto también suponemos que los disturbios que hoy día sacuden Teherán y otras ciudades iraníes tienen algo que ver con esto.
Pero la realidad es otra. Lo que está en juego en Irán es una lucha interna de cúpulas por el poder y el control del régimen. Los personajes claves directamente involucrados: Khamenei, el líder religioso Supremo; Ahmanidejad el Presidente; Kathami el ex Presidente; Rafjansani, el ex Presidente; Moussavi el ex primer ministro y candidato así como los otros candidatos presidenciales Rezai y Karrubi son todos discípulos incondicionales del Ayatolá Khomeini a quien aún, todos ellos, veneran como conductor político y ejemplo de líder religioso sabio y visionario.
Khamenei que lleva muchos años en el poder intentó alejar del mismo a quienes, muerto Khomeini, le facilitaron su ascenso y apostó a Ahmadinejad, un radical y modesto hombre de pueblo tan Khomeinista como el resto. El fuerte temperamento de Ahmadinejad sedujo a Khamenei pero sus controversiales posiciones dividieron a los clérigos y opacaron y debilitaron la figura del Líder Supremo. El problema con las teocracias es que sus líderes o son infalibles o no son nada. El conductor de un régimen teocrático que pierde credibilidad es como un animal herido en la jungla.
El motivo de las revueltas de Irán es, notoriamente, el supuesto fraude electoral pero el objetivo subyacente parece ser reemplazar a Khamenei por otro clérigo capaz de interpretar, con mayores garantías y menos sobresaltos, la voluntad de Dios. Como es natural, en estos temblores todo se mueve y la juventud, las mujeres y los hombres iraníes que pretenden vivir en un ambiente más tolerante y libertario aprovechan todas las grietas y fisuras para hacer oír su voz, sus mensajes, sus fotos y sus videos.
Al mundo occidental le corresponde observar, sin excesiva crítica ni prematura ilusión. A nosotros los uruguayos, lo mismo, y también agradecer que nacimos en un país donde se le ha, respetuosamente asignado a los dioses el lugar que les corresponde cuando se trata de dirimir asuntos políticos y electorales.
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