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Mujica. Fue de los primeros en votar y se molestó por la baja votación de los frentistas
FEDERICO CASTILLO
Mujica arrancó su día bien temprano. Votó en La Teja, recorrió sedes partidarias del Cerro, se quejó de la "poca militancia", comió asado en un quincho cercano a su chacra y terminó desestresándose arriba de un tractor antes de los resultados.
Sintió los ladridos de los perros y se preguntó "por qué tanto escándalo". Era de madrugada y ya había un enjambre de periodistas haciendo guardia en la puerta de su chacra esperando que saliera a votar.
Pocos minutos después de las 7.00 de la mañana, José Mujica subió al asiento de acompañante de un Chevrolet Corsa. En su regazo iba su (renga) perra Manuela, y en la parte trasera su esposa, la senadora Lucía Topolansky. El auto arrancó rumbo a un circuito de votación en La Teja, donde Mujica, credencial en mano, comenzaría su larga jornada de domingo electoral. "Voté temprano, porque temprano votan los viejos", dijo después de meter el sobre en la urna.
De boina, con un saco beige, campera azul y jeans, el líder frenteamplista soportó estoico la metralla de flashes que buscaban la típica foto del candidato depositando el voto. Dijo que ni se acordaba de la primera vez que sufragó, pero sí recordó que esa vez le confió su voto al Partido Socialista. Su segunda votación, confesó, fue a Erro en el Partido Nacional.
Desde La Teja se fue directo a Pocitos para acompañar a su esposa Lucía, que desde que sacó la credencial siempre sufragó en el barrio. "Ésta vota en Pocitos", comentaría después con algo de sorna a algunos militantes. En ese barrio, donde viven muchos de los "cajetillas" tan estigmatizados por el propio Mujica, prefirió no bajarse del auto y esperar que su compañera cumpla el trámite.
Una vecina lo reconoció y le pidió que baje la ventanilla para saludarlo. "Te veo, Pepe, te veo presidente", le dijo, emocionada. Al rato pasó una camioneta con militantes de Lacalle y le tocaron bocina. "Te puedo garantizar que en los puestitos que reparten listas de los blancos, tenemos votos a cara de perro", comentó a modo de respuesta.
"No madruga la gente...", reflexionó desde el auto luego de observar el escaso movimiento por las calles de Pocitos. Eran casi las 9.00 de la mañana y el poco ánimo electoral que percibía Mujica a esa hora iba a ser el comentario constante rato después.
Recorrida. Los primeros locales partidarios que visitó fueron céntricos. En Mercedes y Ejido sus compañeros le pasaron los primeros reportes: en algunos circuitos no había listas y muchos delegados faltaron sin aviso. Minutos después fue a la sede de CAP-L en la calle Yí y ahí empezó a comentar el asunto que lo tuvo un tanto molesto durante todo el día: "Faltan militantes, yo qué sé"; "algunos delegados están echando pa`tras", protestó. En esa sede se tomó un té de tilo, que como decía un cartel estampado en la pared "ayuda a no decir cosas que luego no podemos revertir".
Del Centro se fue al Cerro, donde visitó unos cuantos locales partidarios. En ese barrio, Mujica se sintió como pez en el agua, cómodo. Firmó decenas de autógrafos, dio besos, lo besaron, posó una y otra vez para los celulares con cámaras, escuchó a un niño de solo cuatro años cantarle entero el jingle de su campaña, vio como una guarda de ómnibus paró el coche sólo para bajarse y saludarlo, comió tortas caseras, tomó más de un mate y hasta respondió elogios: "siempre tan buen mozo", le dijo una señora. Después de un silencio retrucó con una sonrisa: "Cualquier cosa, menos buen mozo".
Pero antes de abandonar la recorrida, en las primeras horas del mediodía, hubo tiempo para alguna queja más. "Faltó gente militante que se había comprometido", comentó y advirtió que los "militantes de izquierda están venidos a menos". Cuando faltaba poco para la una de la tarde, hablando por teléfono con un compañero se animó a tirar un pronóstico sobre el porcentaje de votantes: "creo que va a andar entre un 55% o 60%". Después se fue a comer un asado.
Quincho. A pocos metros de su chacra, en el quincho de su amigo Varela, Mujica hizo un alto en la jornada para descansar y comer algo en un ambiente muy íntimo, lejos de la parafernalia electoral. Se tomó un tannat de reserva privada: su cara estaba en la etiqueta del vino, "El Quincho del Pepe", era el nombre. Comió asado, conversó, contó alguna anécdota y habló poco y nada de política. Recibió muy pocas llamadas. Estuvo bastante ajeno a lo que pasaba en las urnas.
Muchas de las actitudes de Mujica sugerían que el de ayer era un día más. No lo era, está claro, pero hubo un esfuerzo por dar esa imagen. Después de una larga sobremesa, fue a su chacra, se cambió de ropa, se subió a un tractor y comenzó a remover tierra junto a un tanque de agua.
"Así me desestreso, el traqueteo del tractor sacude todo el cuerpo y de noche descansás de lo lindo", justificó y se puso a trabajar en la tierra mientras esperaba que las urnas hablen.
"Faltó gente que se había comprometido; los militantes de izquierda están venidos a menos".
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