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Domingo 28.06.2009, 00:03 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Malestar por la policía moral, el control y la crisis

TEHERÁN | EL PAÍS DE MADRID

Las siluetas de las cuatro chicas sobre la terraza parecen sombras de teatro chino. Son muy jóvenes. Pero cualquier atisbo de fragilidad desaparece cuando a eso de las nueve y media de la noche entonan a coro el Allah-u akbar y el Morg dar diktator (Dios es el más grande y Muerte al dictador), como hace 30 años hicieron sus padres para librarse del sha.

Enseguida, desde un edificio cercano, una potente voz masculina secundada por las más aflautadas de dos o tres chicos, tal vez un padre y sus hijos, responden repitiendo las consignas. Como si se hubieran puesto de acuerdo en el guión, otros vecinos se van sumando. Por las ventanas de las escaleras iluminadas se aprecian sus siluetas subiendo apresuradas hacia las azoteas. A las diez, no falla, alguien une un trombón a la protesta.

En la oscuridad de Teherán no se reconoce a ninguno de esos improvisados cantantes. Sin embargo, se los ha visto pocos días antes en las caravanas electorales donde el activismo político se unía a las ganas de diversión. Sólo que ya no es un juego. Al cerrarse las urnas el día 12, se terminó el espejismo de libertad en Irán y lo que está en juego, sobre todo para los más jóvenes, es su futuro. Las cintas y los pañuelos verdes que constituían el símbolo del candidato que apoyaron les delatan ahora como "amotinados". De tales les ha calificado un comunicado oficial.

Durante dos semanas, gente de clase media como la que se encuentra en cualquier ciudad europea, se entusiasmó con el descafeinado juego democrático que permite la República Islámica. Se movilizó como nunca para hacer realidad a través de las urnas sus deseos de una sociedad más abierta, más tolerante y que les ofrezca más oportunidades. Contra todo pronóstico, Mir Hosein Musavi, el aspirante en el que habían puesto sus esperanzas, no sólo perdió, sino que quedó humillado por el aplastante triunfo del presidente en ejercicio, Mahmud Ahmadinejad. El 62,63% frente a apenas un 33,75%.

"Las elecciones siempre han suscitado dudas, pero en esta ocasión el fraude y las mentiras rebasan todos los límites. Sentimos que el Gobierno nos ha insultado y humillado. El voto es algo muy personal y el Gobierno lo ha violado. Por eso comparto la sensación de que han dado un golpe de Estado", explica Mehdi en su domicilio cercano a la plaza de Haft-e Tir. Este músico de 29 años tiene poca pinta de amotinado. A no ser que considere delito la raya verde en el cuello y las mangas de su polo negro. Aún no había nacido cuando se produjo la revolución islámica que cambió su país para siempre. Durante los años de plomo de la guerra con Irak era un niño. Así que creció sin todo el bagaje que arrastran los más mayores y creyendo las promesas de libertad de sus líderes. Como muchos otros de su generación, votó al reformista Mohamed Jatamí e incluso se movilizó en la segunda vuelta de las elecciones de 2005, tras haberse abstenido por falta de ilusión.

Desde que se anunciaran los resultados electorales, Mehdi ha estado en todas las manifestaciones. Se llevó dos buenos golpes de porra durante la primera protesta espontánea, frente al Ministerio del Interior, el sábado 13, y no esconde que tuvo miedo. Hasta el lunes. "Cuando ese día fui a la plaza de Enghelab y vi la multitud, sentí que no estaba solo y me tranquilicé. Ahora siento responsabilidad y me digo a mí mismo que mi vida no es más valiosa que la de los demás".

El resto de sus amigos opina como él. Y no son niños ricos del norte de Teherán, como pretenden los partidarios de Ahmadinejad. Mehdi comparte un modesto apartamento de una habitación con su madre y un hermano en el centro de la capital. Es una zona de clase media trabajadora, sin ninguna pretensión. Concede que el resultado electoral ha actuado de catalizador para las protestas, pero esa marea humana que sale a la calle cada día desde que se dio a conocer tiene también una larga lista de agravios.

"Es la insatisfacción de cuatro años; la presión económica, cultural y social que hemos sufrido", resume el joven músico. Como decenas de otros entrevistados durante las últimas semanas, Mehdi menciona la inflación, la policía moral, la falta de espacio para respirar y pensar de forma independiente. "El precio de la vivienda se ha disparado desde que Ahmadinejad llegó al Gobierno; la carne se ha convertido en un artículo de lujo y han aumentado los obstáculos para las actividades culturales". Más allá de hechos concretos, muchos iraníes sintieron que les faltaban al respeto.

"A la gente le hierve la sangre cuando el ministro de Cultura, que es un militar sin ningún conocimiento de la materia, llama a los músicos motreb (término en persa que hace referencia a unos instrumentistas a los que en el siglo XIX se dejaba ciegos para que pudieran tocar en los salones femeninos", señala. Cita también la imagen que Ahmadinejad ha dado de Irán en el exterior, vivida como una humillación dentro del país.

A estas alturas, con manifestaciones diarias de cientos de miles de personas en Teherán y protestas en las principales ciudades de Irán (que los periodistas no pueden calibrar porque no tienen libertad para moverse por el país), está claro que el movimiento desencadenado por las sospechas de fraude refleja un malestar mucho más profundo. "Sin duda, ha adquirido una dinámica propia", señala un analista, que, sin embargo, no se atreve a pronosticar su evolución. "Nadie quiere asumir el liderazgo", añade, dando a entender que eso va a limitar su alcance.

El País Digital

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