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Domingo 28.06.2009, 00:02 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Masivas protestas amenazan la estabilidad de irán

Crisis. El apoyo al líder opositor y las denuncias de fraude electoral generan cuestionamientos al régimen islamista por primera vez desde 1979

THE ECONOMIST

En las tres décadas desde que se fundó la República Islámica, Irán no había sido estremecido así. La agitación que comenzó el 12 de junio no está, por lo menos hasta ahora, referida a los pilares fundamentales del sistema creado por la revolución iraní de 1979.

Los manifestantes, de manera deliberada, se vistieron con modestia, mostrando el simbolismo religioso para apelar a las nociones de injusticia y redención que están en el corazón del Islam Shia. Se refiere a los sentimientos, compartidos a ambos lados de la divisoria, de que la República Islámica se ha desviado. La división refleja no sólo un electorado polarizado, sino también un profundo y creciente cisma dentro de la estructura gobernante.

El sistema único de Irán descansa en dos pilares incómodos, uno democrático y el otro teocrático. El Parlamento y el Presidente elegidos tienen mucho poder sobre los gastos e inversiones del Estado, pero poco sobre la seguridad nacional, incluyendo el controvertido programa nuclear de Irán. Eso está bajo la égida de la rama teocrática, representada por el líder supremo, ayatollah Ali Jamenei. No sólo oficia como una autoridad moral, sino también de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y controla varios cuerpos poderosos que tienen la finalidad de aplicar la naturaleza islámica del sistema, incluyendo a las cortes, la radio y televisión del Estado y el Consejo de Guardianes, un órgano designado para encargarse, entre otros asuntos, de examinar la trayectoria de los candidatos y monitorear las elecciones.

La agitación de las últimas semanas socava los dos pilares a la vez. La mayoría de los iraníes considera que hubo fraude a escala masiva, lo que tiene amplias implicancias. Resultará riesgoso liberar al Estado de la nube de sospecha que lo cubre. Si el Ejército y la Policía apretaran las clavijas, y el presidente Mahmoud Ahmadinejad marginara con descaro a sus críticos, se arruinarían definitivamente las pretensiones democráticas de la República Islámica. Pero, este torbellino no sólo ha minado la democracia iraní, sino también ha dañado el prestigio del líder supremo.

La mayoría de la clase media urbana, de rápido crecimiento y que enfrenta dificultades económicas, siente desagrado por Ahmadinejad. Sospecha que su reelección tuvo por finalidad poner el sello de legitimidad en el puño de los promotores de la línea dura que consideran que la parte islamista de la revolución es más esencial que la parte republicana. Entre sus opositores se encuentran piadosos conservadores, incluyendo a algunos de los clérigos mayores más prominentes. Pero, hasta en el sur de Teherán, zona de clase trabajadora que apoya a Ahmadinejad, hubo una multitud de votantes de Mir Hosein Musavi que salió a las calles.

Los líderes de esos ciudadanos son figuras que, al igual que Musavi, lograron prominencia en los años iniciales de la revolución, pero han aprendido el pragmatismo. Muchos están vinculados al movimiento reformista que prosperó fugazmente en la presidencia de Mohammad Jatami, de 1997 a 2005, un clérigo sonriente cuya enorme popularidad no pudo avanzar contra la oposición de los conservadores, atrincherada y ocasionalmente despiadada. Varios de los detenidos la semana pasada fueron asesores de Jatami.

Personas como esas ven a la administración de Ahmadinejad como peligrosamente incompetente en políticas internas y de irresponsable confrontación en asuntos exteriores. Lo más ominoso para algunos han sido las purgas de reformistas y de la nomenklatura de la era revolucionaria, que estaba en ministerios, gobiernos locales y universidades, dejando el lugar a personas que son vistas como provincianos pendencieros y de mente estrecha. Esto, a lo que se agrega la distribución de contratos ricos del Estado a aliados ideológicos como la Guardia Revolucionaria, ha suscitado temor de que el Estado se encamine hacia el modelo venezolano demagógico y de favores a los partidarios.

SOSPECHAS. El líder supremo, que en teoría debería estar por encima de la refriega política, con frecuencia ha dado señales de apoyo tácito a Ahmadinejad. Esto significa que no puede desligarse, como lo hizo en el pasado, de cualquier mala práctica electoral que pueda haber ocurrido. No sólo bendijo con celeridad el resultado de las elecciones, anticipándose a la validación por parte del Consejo de Guardianes de la Constitución como requieren las normas, sino también, antes de las elecciones, describió al tipo de candidato que los votantes deberían elegir en términos que dejaron en claro que se refería al Presidente. Asimismo, se cree que uno de los hijos de Jamenei auspició silenciosamente el ascenso del Presidente y orquestó sus dos campañas presidenciales.

La primera, en 2005, suscitó creíbles acusaciones de fraude, aunque a escala menor. Mehdi Karroubi, el clérigo reformista que se postuló en las recientes elecciones, fue derrotado por escaso margen en la primera ronda de aquella votación, debido a una sospechosa inclinación a favor de Ahmadinejad en las provincias más lejanas. Eso impulsó a Ahmadinejad, que era un novato político, a un sorpresivo triunfo en segunda ronda sobre el ex presidente Hashemi Rafsanjani. Las protestas de Karroubi en aquel momento, fueron liquidadas por el líder supremo.

El resultado de las últimas elecciones parece más sospechoso. Antes de la votación, los rivales del Presidente habían expresado preocupación respecto de un posible fraude. Una información de prensa sostuvo que desde dentro del Ministerio del Interior, que organiza las elecciones y el escrutinio, algunas voces advirtieron que hubo planes para alterar los resultados. Rafsanjani, quien encabeza dos organismos que deben fallar entre los poderes, dio el inusual paso de disparar una candente carta pública a Jamenei, en la que declaró que habría problemas a menos que el líder supremo actuara para asegurar una votación justa.

Los conservadores que están en el corazón del "Estado profundo" de Irán -la camarilla de jerarcas y clérigos que se supone son quienes realmente manejan las cosas- fueron perturbados por el súbito apoyo masivo a Musavi. Al comienzo fue visto como un conveniente reemplazante débil de Jatami, quien se retiró de la carrera presidencial para apoyarlo. Lo que resultó especialmente perturbador para ellos fue la falta de decoro público desplegado por las mujeres jóvenes ("las prostitutas de Occidente", como dijo un diario baseej) que se incorporaron a las concentraciones de Musavi. El escrutinio manipulado en sí fue interpretado por muchos como una respuesta a esos temores.

SAGAZ. Ahmadinejad tiene a millones de partidarios, especialmente en las zonas que están más allá del control de la elite opinante e influyente de Teherán. Sin embargo, el resultado oficial igual pareció increíble. Por ejemplo, Karroubi, quien obtuvo más de cinco millones de votos en 2005, apareció en las recientes elecciones en último lugar con apenas 330.000 votos entre más de 39 millones que fueron emitidos. Es una cifra inferior a los votos anulados y en blanco. Los tres retadores parecen haber perdido hasta en sus regiones natales, pese a fuerte lealtad localista y a la expectativa de que haya generosidad estatal al tener a sus hijos en las altas jerarquías.

¿Qué puede explicar un intento aparentemente tan rampante de arreglar una elección que, aun en el caso de que Musavi hubiera triunfado, representaría escasa amenaza a la república y a su líder? La teoría más plausible es de un plan que perdió el rumbo. Si se tiene en cuenta la nómina de instituciones controladas por Jamenei o de manera sistemática abarrotadas de partidarios de Ahmadinejad, y el hecho de que ningún Presidente en Irán ha perdido al buscar la reelección, parecía seguro apostar a la victoria del actual gobernante. Ello hubiera significado la satisfacción adicional de muchos conservadores, posiblemente incluyendo a Jamenei, de debilitar la posición de Rafsanjani, quien montó una lucha de retaguardia para contener la influencia presidencial.

Por las dudas, potenciales retadores fuertes como Jatami y el popular y conservador alcalde de Teherán, Muhammad Qalibaf, fueron "persuadidos" por el líder supremo para que no se postularan. En comparación con el efervescente y políticamente sagaz Ahmadinejad, los tres restantes desafiantes parecieron opacos y poco inspiradores. Ahmadinejad se sintió tan confiado que estuvo de acuerdo con participar de una serie de debates televisados sin precedentes. Su habilidad política superior le dio una gran ventaja en la pantalla, pero su desprecio por sus rivales ayudó a suscitar simpatía por Musavi, desplazando la apatía política que habitualmente penetra la clase media iraní.

De pronto, los conservadores se encontraron enfrentando a un torrente de militantes juveniles, con pasión por el cambio que fue magnificado por el uso espontáneo y eficaz de símbolos simples de comunicación moderna. Consternado por ese giro de los acontecimientos, el Estado profundo de Irán parecería que optó por un intento de último momento, y por tanto torpe, de alterar el resultado a favor del Presidente. Por debajo de toda esta situación, está la paradoja amarga de que en su paranoia por evitar una "revolución de terciopelo", el Estado profundo de Irán quizás haya creado las condiciones necesarias para que ocurra esa revolución.

La cifra

62% Es, según los resultados oficiales, el porcentaje de votos que obtuvo Ahmadinejad en las elecciones, contra 33% de Musavi.

Mujeres al frente de reclamos

Las imágenes de Neda desangrándose en una protesta han convertido a la desafortunada joven en un símbolo de la actual contestación contra el régimen iraní. No es casual que se trate de una mujer. Desde el primer día de las protestas, las iraníes han estado en primera línea. Se las ha visto interponerse entre los milicianos y los muchachos, increpando a los antidisturbios y señalando rutas de escape cuando los policías cargaban contra los manifestantes. Junto a los jóvenes, ellas son las que más tienen que perder. La situación de las iraníes ha retrocedido en la práctica durante el primer mandato de Ahmadinejad. Restricciones que se habían relajado durante su predecesor, Jatami, han vuelto a imponerse y la policía de la moral se ha ensañado con ellas. La legislación iraní, basada en la sharía (ley islámica), convierte a las mujeres en ciudadanas de segunda. Miles han sido detenidas por no ajustarse al estricto código de vestimenta, heredan la mitad que los varones y no tienen derecho al divorcio ni a la custodia de los hijos mayores de 7 años. el país de madrid

El País Digital

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