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Domingo 28.06.2009, 23:59 hs l Montevideo, Uruguay
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Espectáculos

Un artista con vocación monárquica

ALEXANDER LALUZ

SEBASTIÁN AUYANET

Se (auto) adjudicó el título de rey del pop. Manejó con lúcida intuición las pautas y clisés que necesitaba el mercado de la música popular. Y sus súbditos le reconocieron, por "el resto de los tiempos", la soberanía exclusiva en el reino del espectáculo.

Michael Jackson brilló con una luz propia y potente durante el apogeo de su reinado pop. Pero cuando ese poder se vio socavado por la competencia, arremetió con todas las armas disponibles, incluso hasta borronear esas delicadas fronteras entre la vida pública -la del espectáculo- y la privada, para defender el territorio conquistado. Y nadie pudo con él: ni los líos judiciales, el desbarranque creativo, o la vorágine de inseguridades, paranoias, delirios y transformaciones físicas que signaron sus últimos años.

La razón de esta indiscutible vigencia, que cruzó desde el furor en los años ochenta hasta su conversión en clásico, resiste las explicaciones lineales. Por lo que sería demasiado empobrecedor reconocer que sus raíces están sólo en la "infalible" ingeniería del mercado. O reducirlo al fruto de un azaroso alineamiento de planetas, ni a la acrítica fascinación de un público carente de inteligencia. A través de su trabajo creativo, Michael Jackson logró poner en sintonía muchas variables. Entre ellas, una férrea disciplina artística, la inteligencia para conectar a los músicos, técnicos, productores justos para lograr el producto deseado, la que también le sirvió para adelantarse a las apetencias de la industria y del público. Todo ello tamizado por un gran talento para conjugar la música con lo visual y lo corporal.

Su música, incluso desde las canciones de la lejana época de The Jackson Five, trascendieron las estructuras del discurso sonoro para volverse espectáculo. Esto es, poner en escena una múltiplicidad de signos, todos engarzados por una intensa corporalidad. No en vano sus canciones tocan directamente esa fibra sensible que no nos permite quedarnos quietos, tanto al escuchar un disco como durante un concierto. Así, imitar sus coreografías y repertorios de gestos tan bien logrados, o simplemente seguirlos con la imaginación, se volvió un imperativo irresistible.

A ello hay que sumar la construcción de un ambiente, un espacio, para cada música-coreografía, que completa el seductor viaje imaginario. Variable que ganó en potencia cuando Jackson terminó de definir el género del videoclip con producciones como Thriller, a comienzos de los años ochenta. A partir de ese hito, su reinado ya no se limitó al mundo de los conciertos, los discos, sino que copó la imaginería visual de la pantalla chica, y pasó a ser el buque insignia de la MTV. Ya estaba en la cima, y sin competencia posible: un nuevo Elvis reinando con sus pasos nerviosos, gritos agudos, virtuosas coreografías, ritmos de contagioso swing. Y el definitivo ensamblaje de Jackson persona y Jackson imagen, ícono, estaba consumada y el espectáculo terminó de invadir la esfera de lo privado y lo privado se hizo carne en el espectáculo.

Todo eso también fue combustible para muchos escándalos mediáticos, morales, judiciales. Sus viajes a lugares exóticos, casamientos para lucir ante las cámaras, declaraciones altisonantes y polémicas, lo convirtieron en una figura noticiosa, sin importar si pasaba algo a nivel artístico.

A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando en el mundo pop ya brillaban otras estrellas (Madonna, Prince), la vida del monarca cruzó las varias fronteras de la cordura. Los delirios mesiánicos se dieron la mano con las consignas ecológicas, y los discursos en pro de la salvación del mundo y de los pobres. Pero poco y nada salía de la otrora fértil cantera musical del rey. Y la salud física comenzó a zozobrar en el medio de un tortuoso proceso de "blanqueamiento" que lo alejaba de su tradición, de su historia personal.

Pese al visible deterioro físico y creativo, en esos años ni ahora, después del fallecimiento, su vigencia no entró en terreno de discusión. El mito ya estaba consagrado para una vigencia que va más allá de su tiempo histórico, al punto que todos aguardaban su regreso del pozo.

Paralelamente, su modo de creación y disciplina de trabajo se convirtieron en modelo para la fabricación de nuevas estrellas para el firmamento pop. Instalado el formato Gran hermano, la televisión y la industria musical inventaron su nueva factoría de (posibles) éxitos con los Operación triunfo y otros realities del estilo. Disciplina extrema, trabajo arduo, competencia, los cimientos de la monarquía Jackson, se estandarizaron y fueron los moldes de donde sacar nuevos "talentos". Pero con el Rey del pop la situación era y es distinta, sólo que no encontró la manera de darle un cierre a su carrera a la altura de su ambición.

El País Digital

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