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JORGE ABBONDANZA
Quienes han sobrevivido a 38 años de vigilia deben saber que en tres (o cuatro) meses podrá inaugurarse la flamante sala del Estudio Auditorio, un recinto para 2.000 espectadores ubicado en Andes y Mercedes que sustituirá al destruido por el fuego en septiembre de 1971. Han sido casi cuatro décadas de espera, luego del peor siniestro entre todos los que afectaron a salas teatrales montevideanas a lo largo del siglo XX, una lista que también comprende al Cibils, el Politeama, Teatro del Pueblo y el Odeón, por lo menos. La nueva "Sala Fabini" tendrá paredes con revestimiento de madera y butacas tapizadas en negro, pero tendrá además un equipamiento técnico envidiable. Su inauguración se sumará al funcionamiento de un espacio menor -la Sala Balzo- que está habilitada en el subsuelo de ese gran edificio desde hace algunos años. Disponiendo de esos espacios, el Sodre podrá desplegar algunas actividades que hasta ahora se han alojado en la Sala Goitiño (ex-Brunet) o en escenarios alternativos de Montevideo. Así también podrá apaciguar a quienes se han quejado con todo derecho de las interminables postergaciones en la reapertura de un complejo artístico. El episodio, en todo caso, permite evocar otros altibajos de los trajines artísticos, aunque la gente no siempre tiene buena memoria para comparar pasado y presente. Lo más probable es que esa gente tampoco tenga suficiente edad para establecer puntos de referencia, aunque este cronista dispone de ambas cosas -memoria y edad- y por lo tanto está obligado a manejar índices comparativos que abarcan por lo menos seis décadas de historia reciente. En los años 20, después de que se incendió el Teatro Politeama (Colonia y Paraguay), la ciudad quedó sin la sala más grande de su circuito escénico. Lo que se ofrecía en otros teatros -desde el Solís hasta el Artigas o el 18 de Julio- podía incluir a grandes figuras internacionales, como Gigli, Zacconi o Barrault y Renaud, pero no siempre era memorable, porque también abarcaba a cómicos argentinos, ópera o zarzuela con niveles caseros, visitas diluviales del folclore ibérico como el de Romerías. Con todo eso se llenaba la cartelera (y las plateas), aunque el interés promedial no siempre fuera capaz de annoblecer la sensibilidad del espectador.
Los altibajos no se sufrían solamente en el teatro. El Museo Nacional de Bellas Artes, por ejemplo, instalado en el Parque Rodó, mantuvo sus puertas cerradas durante toda una década para permitir un reciclaje que a partir de la reapertura ofrecía su apoteosis de Blanes, con los 33 Orientales en el altar mayor del edificio. Aires más renovadores llegaron con los años 50 y 60, cuando los Salones Nacionales premiaron a los nuevos talentos de las corrientes expresivas contemporáneas, la Comedia Nacional alcanzó un punto de madurez colectiva, los elencos independientes frecuentaban un repertorio brillante y la orquesta sinfónica logró una sonoridad perdurable, en la mejor etapa de su trayectoria.
La etapa tuvo claroscuros, sin embargo, porque el país resbalaba por una pendiente de crisis que luego se endurecería, mientras el negocio cinematográfico también declinaba hasta lo que sería un punto de deterioro general muy agudo. Claro que por encima de tales vaivenes, la buena memoria podía remontarse hacia la apertura de las grandes salas en la década del 30, hacia las visitas de Jouvet durante la guerra mundial, hasta Erich Kleiber o Fritz Busch ocupando el podio, hasta Alejandro y Clotilde Sakaroff bailando en el viejo Estudio Auditorio. Pero ya queda poca gente que recuerde aquellos relámpagos, aunque su sola mención puede despabilar alguna memoria amodorrada.
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