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Pablo Da Silveira
Los uruguayos sólo escaparemos a la espiral del deterioro educativo si nos damos tiempo para experimentar. Las discusiones especulativas sobre posibles reformas suelen terminar en grandes bloqueos ideológicos. Sólo el "efecto demostración" permitirá renovar nuestra capacidad de construir acuerdos.
Pero sería injusto que nos olvidemos de quienes hoy asisten a los centros de estudios. No podemos sacrificar a los alumnos actuales en beneficio de las generaciones futuras. Un acuerdo interpartidario que abra un período de experimentación debería incluir, por lo tanto, un paquete de medidas urgentes que permitan responder a los problemas más acuciantes y mejor diagnosticados. Estas medidas no serían definitivas ni constituirían toda la política educativa: quienes ganen las elecciones tendrán derecho a impulsar sus propias ideas. Pero, si aspiramos a inaugurar un período de búsqueda de soluciones con amplios apoyos políticos, deberíamos delimitar un terreno común.
Un primer conjunto de medidas urgentes debería orientarse a compensar las insuficiencias en los aprendizajes. Por ejemplo, se debería redefinir el tiempo dedicado a idioma español, matemáticas y ciencias. Estas áreas son consideradas cruciales en todo el mundo, y nuestros resultados son especialmente malos. Deberíamos, por lo tanto, crear módulos suplementarios a ser tomados por los alumnos que tengan dificultades. Para no extender la jornada, quienes deban tomar esos módulos serían eximidos de otras materias (astronomía, filosofía), que son sin duda valiosas pero requieren cierto dominio de las disciplinas básicas. Los estudiantes que deban tomar esos módulos serían evaluados en forma continua.
Un segundo conjunto de medidas debería apuntar a mejorar el clima de convivencia en los centros de estudio. Para eso se debería asignar a cada establecimiento un cuerpo docente estable (eliminando la figura del "profesor golondrina") y exigir un mínimo de dos años de permanencia. También se debería mejorar la formación y remuneración de los directores, así como de los docentes que trabajen en zonas críticas. Algo se ha avanzado en este terreno durante los últimos años, pero se debería ir más lejos. Por ejemplo: favorecer la consolidación de comunidades educativas mediante la creación de "puntajes colectivos": la calificación individual de cada docente debería estar parcialmente determinada por el puntaje global que recibe el establecimiento donde trabaja.
Un tercer núcleo de medidas debería orientarse a reducir la deserción, especialmente en el segundo ciclo de la enseñanza media. Una manera de lograrlo sería introducir el Bachillerato en semestres, con evaluaciones a mitad de año que tuvieran carácter final. Hoy un estudiante sabe que todo su esfuerzo se esfuma si no consigue asistir hasta noviembre. Y también sabe que, si abandona en septiembre, al año siguiente deberá comenzar en marzo como si no hubiera asistido nunca. Si se semestraliza el Bachillerato, habrá más incentivos para permanecer ("no sé si llego a noviembre, pero vale la pena resistir hasta julio") y se reducen los costos de reingreso ("como salvé el primer semestre, el año que viene puedo empezar en agosto").
Una ventaja de muchas de estas medidas es que casi no generan costos adicionales.
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