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DIEGO FISCHER
El termómetro en la calle marcaba 2 grados y la radio informaba que la sensación térmica era de 3 grados bajo cero. Sucedió ayer viernes a las 7 y 30 de la mañana; yo salí -como todos los días- a llevar a mi hijo al liceo.
Al frío y a la oscuridad propias de esta época del año en la que el sol empieza a asomar con pereza y demora hasta el mediodía en entibiar el aire, se le sumaba un manto de niebla que hacía más gélida la helada mañana. Era una postal típicamente invernal que tiene su encanto si uno la contempla adecuadamente abrigado, luego de haber desayunado un café con leche bien caliente y unas tostadas recién hechas con mermelada y desde un coche con calefacción.
Pero muy distinto debe ser vivir ese mismo paisaje, arropado con trapos que algún día constituyeron una frazada, acostado sobre un muro, arrollado en posición fetal y debajo de un puente, después de haber pasado la noche y sin otra perspectiva que seguir padeciendo el frío y la necesidad.
Ayer viernes eran siete personas que estaban en esta situación debajo del puente de la avenida Sarmiento: tres de una mano y cuatro de la otra. A pocas cuadras de allí, en la avenida Julio María Sosa, y sobre el césped perimetral del club de Golf, otras dos personas se encontraban en la misma situación; habían pasado la noche a la intemperie y teniendo -en este caso- como colchón el pasto.
Días atrás leí en El País que los refugios del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) tenían aún capacidad disponible para recibir gente en situación de calle; un eufemismo que solemos utilizar para referirnos a estos uruguayos que, derrotados por la vida, lo han perdido todo hasta las ganas y la ilusión de volver a tener una cama limpia y un plato de comida caliente todos los días.
Ni hablar ya de un medio de vida que les permita recuperar la dignidad.
La semana pasada, el Cotolengo Don Orione abrió un hogar para ancianos que se negaban -hasta ahora- a concurrir a los refugios del Mides, por que no se les permitía ingresar con sus mascotas.
Fue conmovedor ver y escuchar en televisión a una mujer de 70 años que llevaba más de una década viviendo en la calle y que su única compañía y razón de vivir era una perra que -ahora- como ella tenía un sitio abrigado y limpio donde dormir.
¿No podremos hacer algo parecido por esos nueve compatriotas que ayer viernes, constituían la postal más dolorosa de Montevideo?
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