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MIGUEL ÁLVAREZ MONTERO
Exponer los planes propios y explicar por qué son los más adecuados para el país que queremos es seguramente la primera consigna de un candidato que se presenta a la consideración pública en una elección. La segunda debería ser rebatir las ideas ajenas y confrontarlas con las propias en un plano de altura intelectual, señalando las que de un adversario pueden ser contrarias a aquellos intereses del país para el caso que ese contendiente alcance la presidencia de la República.
Para la amplia mayoría de un electorado inteligente -y debemos suponer que el nuestro lo es- en esos parámetros encontrará la decisión de su voto, sin dejar de considerar lo que muchas veces ha ocurrido, que la buena imagen de alguno, su carisma, hasta su apostura física, se eleve por encima de cualquier idea y obtenga con ese simple argumento una buena cosecha de votos; o por el contrario, que una imagen física negativa pueda anteponerse a las buenas ideas o planes y le reste votos. Pero ese es otro asunto. Lo importante es que los objetivos de los candidatos que pretendan recoger la mayor cantidad de votos se encuentren en lo arriba expresado, es decir, en exponer lo propio y rebatir con altura lo ajeno.
Pero el hecho es que -como lo hemos visto en esta campaña- hay quienes se apartan de ese rumbo y transitan el sendero de la descalificación por sí misma, del rival de turno. No de sus planes, no de sus ideas, sino simplemente del propio candidato.
Puede lo anterior concebirse en el acaloramiento de un discurso de tribuna, sobre todo en una campaña como la nuestra que es más larga de lo razonable y en la que hay que llenar horas de alocuciones ante un público partidario que muchas veces aplaude más un agravio al contrincante que una idea propia.
Pero llevar lo anterior al plano de la publicidad televisiva resulta por lo menos insólito, sino chocante, sobre todo cuando se hace con gesto adusto y hasta mirada torva en la mismísima pantalla del televisor. ¿Puede alguien creer que un elector decida su voto o lo reconsidere porque un candidato descalifique de manera gruesa y hasta ordinaria al suyo o muestre una foto de quienes fueron tres presidentes electos en otros tiempos y de manera drástica pida "para que nunca más vuelvan"?
¿O puede alguien sensato pensar que alguno va a modificar su voto porque un actor de relativa fama diga con impostada ironía en una publicidad televisiva que si se elige a determinado candidato "se quiere matar"? ¿Habrá alguien que cambie el voto para que el actor no se mate? ¿Habrá realmente alguien que decida su voto por una publicidad de ese estilo?
Difícil creerlo, más bien es probable que eso resulte contraproducente para el propio candidato que así se presenta a la opinión pública.
Entonces la pregunta es: ¿Esa es idea de algún publicista trasnochado o es el propio candidato que lo apaña?
Habría que estar en la cabeza de ellos, pero seguramente no miraron hacia atrás, no tuvieron en cuenta la historia ni analizaron anteriores resultados electorales y sus publicidades previas. Si no, se hubieran percatado que el elector uruguayo es más inteligente que lo que suponen y que nunca dio el triunfo ni invistió a la máxima magistratura a quienes descalificaron gruesa y ordinariamente al rival de turno.
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