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Martes 23.06.2009, 02:30 hs l Montevideo, Uruguay
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Las columnas

Periodismo de mala índole

MIGUEL CARBAJAL

Los griegos encontraron la justificación para facilitar los excesos de las clases gobernantes: el sistema de dioses y semidioses que cobijaba la construcción de los mitos y la liberalidad con que permitían el acceso de los simples mortales a ese mundo de condescendencias.

Los romanos copiaron luego esa fórmula aunque en realidad no la necesitaron como demostró la saga de Nerón. El arribo del cristianismo terminó con ese juego de libertades familiares. El prototipo de la grifa hogareña en los círculos del poder fue Madame Ivonne De Gaulle, señora de su casa. Es el modelo que mayoritariamente funcionó, incluso en el Uruguay. Hubo que esperar al arribo de los Kennedy para la imposición del glamour por encima de cualquier regla de conducta.

El telón demoró un poco en descorrerse, en parte porque las comunicaciones eran más lentas y en parte porque no existe régimen que esté a salvo de la censura, pero en los albores de los sesenta ya era posible vislumbrar cómo un clan de bostonianos y ancestros irlandeses liquidó los protocolos de la Casa Blanca. Lo que circulaba con más fuerza eran las imágenes plácidas y lujosas de John y su paquetísima esposa Jackie. Actuaron, ambos, desde el buen gusto y la elegancia y eso los convirtió en un paradigma estético de la época: el Presidente sentado en su mecedora, el pequeño John-John jugando debajo del escritorio de la Oficina Oval, Jackie Kennedy cada vez más chic, los fines de semana atlánticos en la casa de verano, el uniforme familiar de vestimenta blanca tipo tenis, los paseos en yate, el lugar de realce que tienen los perros de raza en medio de cualquier circunstancia. Esa es la postal vendedora que admiró el mundo. Pero los más advertidos ya podían encontrar los innumerables rastros de desorden sexual que dejaba Kennedy y el contorno peculiarmente mafioso que lo rodeaba.

El festejo de cumpleaños del presidente Kennedy, en donde a Marilyn Monroe le conceden el canto del "happy birthday" y el manejo de la torta con velitas, no sólo es de una sensualidad arrasadora sino además un festejo documentado del grado de intimidad al que habían llegado el gobernante y la actriz. Nadie que viera la filmación de esas festividades dejó de observarla como un canto al libre albedrío sexual. Luego sobrevinieron las tragedias, y el rumor cada vez más creciente de la manera como John y Bob Kennedy se beneficiaban mutuamente con los favores de la diosa dorada del cine. Y las distintas verdades tardaron en instalarse del todo. Un periodista francés, Francois Forestier, se ocupó con evidente libertad de lo que fue un amor famoso, en "Marilyn y JFK" y logró exactamente lo que se propuso.

El mismo advierte que para terminar su trabajo se necesitó mucha documentación, un editor paciente y un defecto crucial: una mala índole. El último ingrediente está asegurado, se adelanta.

El País Digital

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