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Domingo 21.06.2009, 02:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

A tres voces

JUAN MARTÍN POSADAS

La reunión anual de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha sido esta vez más concurrida que nunca. Compitieron por el centro del estrado tres jefes de gobierno: Sarkozy, Cristina Fernández y Lula. Los tres dijeron más o menos lo mismo; los tres ciertamente fueron a buscar exactamente lo mismo.

Todos tres aprovecharon el estrado de Ginebra para exigir cambios, para que no vuelva a producirse una crisis de alcance mundial. Discurso fácil, políticamente correcto, que arranca aplauso y no produce roces con nadie. Los reclamos fueron dirigidos al sistema (es decir, al aire: ¿qué es el sistema? ¿Desde dónde se maneja?). Concretando un poco más señalaron -con poca originalidad, es cierto- a los banqueros, a Wall Street, a los especuladores. (Damos por sentado que Sarkozy, Cristina y Lula creen que en sus respectivos países no hay bancos, ni bolsa de comercio, ni especuladores). Las exigencias de que se tomen medidas fueron dirigidas a la opinión pública mundial (y a la prensa de sus respectivos países y a sus adversarios políticos locales, que no pueden acceder a tribuna tan prestigiosa).

Dijo Lula: "no se puede convivir con paraísos fiscales (tuvo una amnesia momentánea y se tragó limpita la gigantesca zona franca de Manaos) y no se puede convivir con un sistema financiero que especula con papeles y papeles y papeles sin generar ni un solo puesto de trabajo". La intermediación financiera -nadie lo pone en cuestión-, se desaforó y se desvergonzó, pero creó miles de puestos de trabajo, los que ahora han desaparecido, junto con los otros.

Sarkozy tomó el micrófono y dijo: "Yo les digo a todos los jefes de estado y de gobierno del G 20 que para nosotros es una responsabilidad histórica no dejar que ponga obstáculos ningún grupo de presión, ninguna burocracia, ningún interés particular"… (Aclaración: la alusión al G 20 refiere a un escenario de utilería donde está actualmente en cartel una farsa titulada "Hipocresía" en la cual suben al estrado los causantes del desastre vestidos de solución e inventan un malo de la película al que bautizan paraísos fiscales).

Y Cristina fue a Ginebra como a un acto más de su campaña electoral, tarea en la que estará absorbida hasta el 28 del corriente (en medio de esos apuros no se le puede pedir otra cosa).

Ninguno de estos mandatarios supo prevenir la crisis antes que sobreviniera y ninguno concibe una respuesta más útil que quejarse de ella y deslindar responsabilidades. El espacio político-cultural de la queja -tanto en lo nacional como en lo internacional- es amplio, tiene siempre plazas disponibles, la entrada es gratis y el aplauso fácil; más allá de la promoción del reclamante no aporta soluciones de ningún tipo.

Lo único efectivo que estos mandatarios podrían haber llevado a Ginebra hubiera sido alguna medida concreta en beneficio de los trabajadores -al final de cuentas era la reunión de la OIT- afectados en sus respectivos países y pasible de ser extendida a otros. Soluciones imaginativas no pueden faltar. Esta colosal crisis financiera demostró que hay mucha codicia suelta por el mundo, pero demostró también que esa codicia cuenta con combustible a raudales: hay mucho dinero suelto por el mundo buscando donde aplicarse. Según algunas fuentes la crisis quemó 50 trillones de los balances (el PBI mundial de todo un año) pero, no obstante esa quemazón, todavía sigue girando una masa enorme de dinero buscando aplicación; eso podría generar muchísimos puestos de trabajo.

El País Digital

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