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ALFONSO LESSA
El próximo domingo se juega mucho. Lo que ocurra ese día será realmente histórico: nunca hasta ahora, desde que se instauró el nuevo régimen electoral, hubo tanta expectativa por el resultado de unas elecciones internas. Los motivos para ello son variados, pero todos ellos confluyen en una misma dirección: los resultados del domingo establecerán un nuevo escenario político, que puede ser muy distinto al actual, con liderazgos diferentes y variaciones relevantes en las ecuaciones de poder dentro y fuera de los partidos; todo lo cual, por supuesto, será puesto a prueba en octubre y probablemente en noviembre, donde algunos de los triunfadores de hoy serán irremediablemente perdedores.
A ello se añade el hecho de que ese nuevo escenario probablemente planteará, respecto a las elecciones de octubre, una competencia polarizada, entre modelos absolutamente distintos, tanto en lo ideológico como en el estilo de hacer política, es decir en cuestiones de fondo y de forma. Y tal vez en este nuevo escenario polarizado puedan quedar candidatos y por sobre todas las cosas ciudadanos que no se sientan completamente identificados con nadie; potenciales votantes que los ganadores deberán esforzarse mucho por conquistar antes de octubre.
Seguramente en la mencionada expectativa influye también el hecho de que dentro de los partidos, aún en aquellos que según las encuestas tienen todo definido, conviven precandidatos de ideas y perfiles muy diferentes y aún, en algunos casos, con planteos contradictorios. Y que en todos los casos existen fuertes expectativas y dudas acerca de cómo quedarán las cosas en términos de distribución de fuerzas, incluso respecto al Partido Colorado, en el que el triunfo de Pedro Bordaberry no parece tener dudas.
Es en este marco en el que se juegan tantas cosas, que los candidatos ajustaron sus últimas días de campaña con un par de aspectos en común en los partidos mayoritarios: el primero de ellos, una fuerte ofensiva de quienes aparecen segundos en las encuestas -Larrañaga y Astori- sobre quienes las lideran, es decir Lacalle y Mujica.
El segundo aspecto en común, fue la clara decisión de Lacalle y Mujica de evitar esa confrontación tratando de bajar los decibeles al enfrentamiento interno. Pero en ese sentido, lo más fuerte ocurrió dentro del oficialismo, en donde Astori -luego de salir de su internación- la emprendió con duros ataques sobre Mujica. Esos ataques se lanzaron sobre una zona extremadamente sensible para cualquier candidato, pero más aún para un Mujica que puede tener serios problemas para captar los decisivos votos de centro: su credibilidad y su presunta falta de capacidad para generar confianza. Los ataques de Astori, por lo tanto, no fueron meramente circunstanciales ni anecdóticos sino de fondo y abrieron un flanco que, sin duda, será utilizado por la oposición. La dura arremetida de Astori, además, genera serias dudas acerca de la eventual concreción de una fórmula conjunta para octubre, un dato que puede ser decisivo para la suerte electoral del Frente Amplio.
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