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Domingo 21.06.2009, 06:24 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Brasil en busca de solución a deforestación de la Amazonia

Problema. 20 millones de brasileños viven en la selva y dependen de la tala de árboles

MANAOS | THE ECONOMIST

El pequeño poblado, donde los desnudos indios ticuna viven en casas de madera sostenidas por pilotes, está sobre uno de los ríos que se convierten luego en el Amazonas. Ningún lugar parece tan lejano de los puntos altos y bajos de la economía mundial. Pero, eso puede conducir a engaño.

Los ticuna, que ahora tienen una gran reserva en Novo Paraíso, cerca de las fronteras de Brasil con Colombia y Perú, dieron los primeros pasos hacia la globalización cuando tuvieron la mala suerte de encontrarse con aventureros portugueses hace varios siglos. Después, el caucho llevó a la Amazonia a la lista de territorios que podían ser explotados si las fuentes de abastecimiento resultaban escasas en otros lugares, permitiendo que el crecimiento se acelerara en gran parte del mundo desde el siglo XIX en adelante. En la actualidad, las nuevas demandas por la riqueza de la Amazonia determinarán el futuro de la selva.

A unos 1.500 kilómetros por el río hacia el este, en el Estado de Amazonas se destaca Manaos. Los barones del caucho construyeron la ciudad a partir de 1860. Sus primeros residentes compensaron la distancia a la que se encontraban de los centros europeos de moda intentando superar a París en la Belle Époque en cuanto a beberaje y libertinaje. Ahora, la Zona Franca de Manaos es el lugar de armado de la mayoría de los televisores, lavarropas, lavavajillas y otros electrodomésticos que se venden en Brasil. Acuerdos especiales permiten a empresas como Sony y LG importar componentes libres de impuestos desde otras partes para realizar el ensamblado. Pese a estar rodeada por un denso bosque tropical, Manaos vibra con la manufactura.

Unos 560 kilómetros al sureste, en el Estado de Pará, el alto precio del oro alentó a algunos centenares de garimpeiros a seguir los rumores y recorrer durante días a pie el bosque tropical hasta un lugar, no muy lejos de Itaituba, al que con optimismo denominan Bom Jesús. Viven en chozas con cobertura de alquitrán para impedir que la lluvia penetre, hacen excavaciones cuadradas y tamizan la tierra rojiza en la esperanza de encontrar oro. La malaria acecha y los hombres dicen que el agua tiene cianuro. Además de la visita de un ministro del gobierno y algunas otras autoridades y periodistas que llegaron en helicóptero para pasar la jornada, no hay nada que indique la existencia del Estado brasileño. Su lugar ha sido tomado por un jefe local que sostiene que es propietario de la tierra (en realidad pertenece al gobierno federal) y recibe un porcentaje del oro que se encuentra, mientras cobra a los trabajadores precios exorbitantes por los suministros que son lanzados desde aviones.

A 640 kilómetros al sur, en el Estado de Mato Grosso, la Amazonia se encuentra con la frontera agrícola. Gran parte de la demanda mundial de proteínas es satisfecha aquí. El estado, que en otros tiempos se creyó tenía tierras pobres para la agricultura, se ha transformado en las últimas décadas y ahora es el mayor productor del país de soja para aceites vegetales y alimento del ganado. Mato Grosso también tiene un tipo de agricultura improductiva, que involucra la cría de pequeño número de cabezas de ganado en tierras que han sido recientemente deforestadas. El bosque tropical en el estado se redujo en 273 kilómetros cuadrados en los tres meses transcurridos entre noviembre y enero, de acuerdo con el Instituto Brasileño de Investigación Espacial, que usa satélites para monitorear la deforestación.

Todos estos lugares forman parte de la selva amazónica, un área que es una vez y media el territorio de India. La mayor parte se encuentra dentro de Brasil. Es el hogar de 20 millones de brasileños, o 10% de la población del país. Muchos de ellos viven una existencia difícil en lugares que son calurosos, húmedos, muchas veces castigados por enfermedades y a veces peligrosos. Estas personas han pasado de ser héroes que respondieron al llamado del gobierno para poblar y dominar la región, a ser criminales del medioambiente que están destruyendo el planeta, mientras están en el mismo lugar haciendo lo mismo que han hecho por décadas.

A ningún gobierno se le ocurriría condenar a tantos votantes a la pobreza persistente en nombre de salvar árboles. Hacerlos mudar sería impracticable e injusto, debido a que el Estado fue el que los hizo mudar, en función de una política que comenzó en la década de los años `60 y duró 20 años. (Otras instituciones también ayudaron; el Banco Mundial proveyó un crédito que financió una enorme migración desde el sur del país al Estado de Rondonia antes de que se preocupara por preservar la riqueza natural). Parte del gobierno de Brasil todavía teme que los codiciosos poderes extranjeros puedan intentar anexar la selva de la Amazonia, a menos que el país le pueda dar un destino útil.

PLANES. El gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha demostrado con frecuencia que simpatiza más con estos votantes que con los defensores del ambiente, que de cualquier manera son políticamente débiles en Brasil. Su primer ministro de Medioambiente, Marina Silva, renunció frustrada el año pasado. Ello agradó a la bancada ruralista, un bloque informal de legisladores que defienden los intereses agrícolas. Estaban complacidos del alejamiento de Silva, hija de manipuladores de caucho que crecieron en la selva y se convirtieron en los más elocuentes voceros de la necesidad de preservarla. El lobby agrícola constituye entre 20% y 25% del Congreso, de acuerdo con el consultor político, Joao Augusto de Castro Neves.

Con la finalidad de mejorar la vida de los brasileños que están en la Amazonia, el gobierno diseñó un conjunto de políticas conocido como Plano Amazonia. Visualizan la expansión de la construcción de rutas en el bosque tropical, así como algunos grandes proyectos hidroeléctricos. Los dos proyectos son despreciados por las personas que quieren preservar los árboles. Plano Amazonia también contiene medidas para enlentecer la deforestación, aunque éstas son difíciles de aplicar. El dinero es escaso, el área a ser vigilada es vasta y quienes ganan dinero con la tala tienen infinito ingenio.

Muchas personas obtienen sus ingresos de la deforestación. En Tailandia, una ciudad de Pará rodeada de aserraderos, alrededor del 70% de la población depende de alguna manera de la tala de árboles, de acuerdo con lo que indican jerarcas locales del Ministerio de Finanzas estadual. Los taladores trabajan en conjunto con los productores pecuarios: una vez que los árboles son derribados y retirados de una zona, el resto es limpiado y quemado. Los productores después plantan pasturas y crían ganado. La tierra se agota rápidamente como pastura, pero pasa a otro tipo de cultivo, mientras los taladores y criadores de ganado se internan más en el bosque tropical para reanudar la tarea. La deforestación también reduce las lluvias de las que depende la agricultura de Brasil.

Los consumidores en Estados Unidos y Europa occidental que se preocupan por la deforestación, pueden pensar que tienen alguna influencia sobre esa situación. Un estudio reciente realizado por Greenpeace los alentó, ya que intentó demostrar que partes de vacas amazónicas encontraban el camino para llegar a los supermercados del mundo rico. Sin embargo, se equivocan. Los cinco mercados principales para las enormes exportaciones de carne de Brasil (el país envía más que el total de los tres siguientes grandes exportadores que son Australia, Argentina y Uruguay) son Rusia, Irán, China, Venezuela y Egipto, según Roberto Giannetti da Fonseca, de la Asociación Brasileña de Exportadores de Carne. De cualquier manera, la carne producida en la Amazonia es mayoritariamente consumida por brasileños de los estados vecinos. Aun así, da Fonseca dijo que a su asociación le gustaría ver que la cría de ganado fuera removida de la Amazonia, debido al daño que causa a la reputación de los exportadores. Los grandes exportadores de soja ya se comprometieron a no comprarle a productores de la Amazonia. Greenpeace, que ayudó a diseñar el acuerdo, lo considera un éxito. Esto solo deja un mercado interno para carne y soja baratas, con 30 millones de cabezas de ganado en la Amazonia de un total de 200 millones que hay en el país.

NUEVA LEY. Teniendo en cuenta las penurias que enfrentan los agricultores en la Amazonia, puede sorprender que no se hayan rendido. Un motivo es que despejar el bosque y criar ganado otorga ingresos extra de otras fuentes. Los agricultores también tienen de alguna manera intereses inmobiliarios, ya que la tierra selvática puede ser arrebatada sin gasto, evitando lo que normalmente es un enorme gasto para la agricultura. Los productores pecuarios muchas veces venden la tierra que han deforestado a otro usuario, pese a que legalmente no son los propietarios. La mayoría de las personas que estudia la deforestación admite que eso crea un incentivo a los agricultores para seguir internándose en el bosque tropical, en lugar de quedarse donde están, y destinar dinero a mejorar su tierra y aumentar la productividad.

Poner fin a este ciclo es uno de los objetivos de un proyecto de ley de reforma agraria que fue aprobado en fecha reciente por el Congreso, aunque no exento de polémica. El proyecto aprobado está en manos del Presidente, quien tiene la facultad de vetarlo. El gobierno sostiene que la legislación le permitirá descubrir cuáles son los agricultores que operan en tierras ilegales y en la economía informal, así como en el futuro hará posible definir quién comete delitos contra el ambiente. Sin embargo, muchos ecologistas consideran que el proyecto simplemente premia la conducta ilegal. Silva le ha pedido a Lula que use su poder de veto.

COMPLICADO. Un estudio realizado por Imazon, organización de investigación sin fines de lucro, sugiere que apenas 14% de la tierra que es propiedad de privados en la Amazonia está respaldada por escrituras y títulos de propiedad seguros. El resto está cubierto por documentos apócrifos (en general, cariñosamente anticuados) o simplemente por derecho o costumbre de uso. En las partes del bosque tropical más disputadas, en el Estado de Pará, los conflictos suscitados por quién es el propietario muchas veces son resueltos mediante armas de fuego. En 2005, el asesinato de Dorothy Mae Stang, una religiosa estadounidense que hizo campaña en defensa del ambiente y vivía en Pará, llevó el problema a la atención de un público más amplio.

Todavía hay pistoleros para ser contratados en Pará, de acuerdo con la Policía en Taliandia, una ciudad de unos 25.000 habitantes. El comandante Rosenildo Modesta Lima dijo que hace un par de años había siete crímenes por fin de semana; ahora hay dos o tres por semana. La policía está siempre al límite. Hace unos días, una banda fuertemente armada atacó la sede policial en un pueblo cercano, en un intento de obtener más armas.

La nueva ley interpondrá al Estado brasileño en este desorden, teniendo que juzgar entre reclamos enfrentados, entregando parcelas de tierra más chicas a sus aparentes propietarios y recuperando las más grandes (superiores a 1.500 hectáreas) para el Estado. Sin duda, esto protegerá algunas viejas injusticias. "Resulta muy difícil saber quién mató a otra persona hace 20 años para obtener tierras y quién llegó hace poco tiempo", indicó Denis Minev, secretario de Planeamiento del Estado de Amazonas. Pero, a largo plazo, la medida puede resultar útil. "La regularización de la tierra es de importancia fundamental para frenar la deforestación", dijo el ministro de Medioambiente, Carlos Minc.

El 80% de la deforestación ocurre hasta 48 kilómetros de una ruta. Si se mira desde Google Earth, parecería que en la zona sur del Estado de Pará hubieran tirado enormes esqueletos de pescado en la selva, debido a que las espinas de la deforestación empujan a los árboles a ambos lados de las rutas. La deforestación es más severa donde las rutas son buenas, por lo que el asfaltado propuesto para la BR-163, desde Cuiabá en Mato Grosso a Santarém en Pará, está detenido por un litigio legal.

Por más que resulte difícil aceptar la construcción de rutas, resultará necesario hacerlo para que los habitantes de la Amazonia tengan una vida mejor. "Los Everglades son hermosos, pero Estados Unidos no renunció a construir rutas que conectan con Miami y otras parte del Estado de Florida", dijo Minev, del Estado de Amazonas. El gobierno sabe ahora cómo construir rutas sin desencadenar a los taladores, sostuvo. Amazonas firmó un acuerdo de creación de reservas naturales a cada lado de la ruta BR-319, que va de Manaos a Porto Velho.

En esta visión de la Amazonia, la selva será preservada como un parque nacional con un pequeño número de industrias para beneficiar a los habitantes. La agricultura será más productiva, utilizando tierras abandonadas y aumentando los rendimientos sin avanzar más hacia la selva. El objetivo es plausible, pero requerirá décadas para lograrlo. Mientras, el bosque tropical sigue reduciéndose.

Desarrollo y donaciones

La aceleración de la deforestación es uno de los motivos detrás de la donación de US$ 1.000 millones para la Amazonia anunciada por el gobierno de Noruega. El gobierno brasileño creó un Fondo Amazónico para ese dinero y futuras donaciones. Alemania también contribuirá al fondo. Los estados amazónicos esperan lograr otra corriente de dinero, en la forma de pagos por no talar árboles, de un programa de Naciones Unidas conocido como REDD. Ya se hacen pagos de ese tipo en el Estado de Amazonas: US$ 8.1 millones de empresas privadas como los hoteles Marriott y el banco Bradesco, son entregados por el gobierno estadual a 6.000 familias, a cambio de que no talen más árboles. El desafío es extender esos planes a los árboles que están al borde de tierras agrícolas. Para llevar el desarrollo económico a la región, el gobierno de Brasil está convencido que necesita construir rutas en el bosque, lo que plantea polémica.

Lucha por modelo de desarrollo sustentable

AMÉRICA ECONOMÍA

Luis Fernando Furlán no para. A veces tiene un rostro preocupado, pero no es por las pérdidas de Sadia -compañía de la cual es presidente del consejo- originadas en inversiones en derivados, sino por la posibilidad de la pérdida de un activo infinitamente más valioso: el Amazonas.

"Durante los casi cinco años en que estuve a cargo del Ministerio de Desarrollo, tuve entre mis responsabilidades la Agencia de Desarrollo del Amazonas, y pude experimentar una proximidad y conocimiento más profundo tanto de la potencialidad como de los desafíos de la región", dice. Por ello Furlán decidió sumar su esfuerzo en la lucha por evitar la deforestación de una de las zonas más ricas en vida del planeta. ¿Cómo? Con una idea tan simple como inexplorada: convencer a los habitantes de la selva de que es más rentable no cortarla que cortarla.

Desde el año pasado, Furlán preside la Fundación Amazonas Sustentable. Creada en asociación con el gobierno del estado de Amazonas y del Banco Bradesco, en febrero de este año consiguió un aliado en Coca-Cola, que decidió invertir unos US$ 9 millones en el proyecto. Se gastarán en la llamada Bolsa Floresta, una versión "verde" de la exitosa Bolsa Familia creada por el presidente Lula. "La Bolsa Floresta cuenta con inversión en acciones comunitarias para la generación de renta y acciones sociales como salud, educación, comunicaciones y transporte; transferencias mensuales de R$ 50 para las mujeres de las familias que viven en la región, las que se comprometen a no desforestar; y otro 10% del total relacionado al financiamiento de las familias, el cual es transferido a la asociación de habitantes del lugar para que exista una administración local del programa. Esto último, siguiendo el ejemplo de iniciativas exitosas como Grameen Bank en Bangladesh", cuenta Virgilio Viana, director de la Fundación.

Este semestre, el programa llegará a 6.000 familias, de un total de 10.000. Parece poco, sin embargo, es mucho. Furlán dice que parte de su impulso es tratar de llevar alguna esperanza frente a la oleada de publicidad negativa que sale de Amazonas. "Nuestro trabajo va en el sentido opuesto. Cuidar un área de 16,4 millones de hectáreas, mayor que el territorio de Inglaterra, y hacer que en los próximos 20 años no haya ningún tipo de devastación".

Algo relativamente simple de realizar cuando se trata del estado de Amazonas, que fue el primero del país en aprobar una ley relativa al cambio climático: "Tiene el 98% de su área preservada y un sistema de unidades de conservación que propicia la implantación de un proyecto sin los percances de titularidad de tierras, invasiones, problemas indígenas, entre otros sufridos en otros estados", recuerda Furlán.

Iniciativas como las del empresario compiten con un enemigo mucho más rico y peligroso: los que no quieren que haya selva sino una inmensa pradera de soja y campos ganaderos.

La cifra

16,4 Son los millones de hectáreas de bosque tropical que se busca proteger para evitar que en los próximos 20 años avance la deforestación. En este territorio viven alrededor de 10.000 familias.

El País Digital

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