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Luciano Álvarez
Fusilan en las cascajeras!, nos decíamos los niños, unos a otros." Así recuerda Gonzalo de Barrio el verano de 1936 en Valladolid.
Desde su ventana, apretando fuerte la mano del padre, miraba hacia la carretera; pasaban camiones que desaparecían tras una curva. Luego el silencio y el sonido como de un trueno lejano y el eco que lo repetía. Poco después, unos cuantos disparos aislados. "El tiro de gracia" le decía su padre, con seca tristeza.
Entre los millones de niños que han sufrido la guerra, muchos encontraron consuelo en un papel y un lápiz; hojas, de preciosa memoria, que aliviaron un poco sus días y nos dejaron un tesoro de desatendidas advertencias.
"Tengo ganas de escribir y mucho más de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas. […] Si no, me asfixiaría completamente." (Anna Frank, 20 de Junio de 1942). "Empecé mi diario para mantener sana la cabeza", dice Zlata Filipovic, que lo escribió escondida en su casa de Sarajevo entre 1991 y 1993.
El diario personal, frecuentada escritura irregular del vivir cotidiano, conlleva una paradójica intención de secreto y vocación pública.
En tiempos de horror, ofrece el precario intento de ordenar el caos por el mero hecho de describirlo.
El más célebre de estos diarios es el de Anna Frank, publicado en Holanda, en 1947. Unos días antes, había salido en París el de Mary Berg, de quince años, que logró huir a los Estados Unidos, desde el ghetto de Varsovia.
En 1995, Laurel Holliday publicó "Niños en el Holocausto y la Segunda Guerra; sus diarios secretos" (New York, 1996), que incluye 23 diarios escritos por niñas y varones polacos, holandeses y alemanes de entre 10 y 18 años.
"El diario de Zlata Filipovic se editó en 1994. En 2006, junto a Melanie Challenger publicó "Voces Robadas" un libro en el que recopilan diarios escritos por niños y adolescentes desde la Primera Guerra Mundial al presente.
En 2003 y 2005 se recuperaron en Praga los de Petr Ginz (1928 - 1944) y Vera Kohnová (1929-1942); en 2007 el de Rutka Laskier (1929-1943), tres jóvenes judíos de la misma edad que Anna Frank.
Leer uno es leerlos todos, leerlos todos es leer el mismo. Esos niños escriben con el cuidado y la prolijidad de un monje medioeval. El italiano Almo Fanciullini (Diario di un ragazzo aretino 1943-1944) diseña cuidadosamente su diario, pegando fotos de los bombardeos y las octavillas que lanzan los aviones aliados.
Todos pretenden ordenar sus días, a pesar de todo: "Trato de concentrarme en los deberes, pero no puedo. [...] Se pueden oír disparos desde las colinas [...] tengo un nudo en el estómago y ya no me puedo concentrar en mis deberes. ¡¡¡Tengo miedo de la guerra!!! (Zlata Filipovic, 1992). Cincuenta años antes, el 25 de marzo de 1942, David Sierakowiak (1928-1943), un joven de Lodz, en Polonia intentaba estudiar: "Entre otros, estudié a Schopenhauer. Filosofía y hambre, vaya mezcla."
El 19 de enero de 1943 Rutka escribe: "Cada jornada trae consigo el mismo tedio glacial y asfixiante." El mundo está limitado al pequeño recuadro que se abre desde su refugio: "Observo el mundo a través de la ventana. Sólo un pedazo de mundo. Hay un montón de perros de raza vagando por las calles. […] Qué triste. Ayer vi a un cocker que cruzaba el puente, sin saber qué dirección tomar. Estaba perdido. […] Seguramente buscaba a su dueño. ¿Quién sabe si su dueño sigue vivo? (Zlata, 20 de julio de 1992).
En el invierno, la leña es escasa y cara, pero Zlata no deja de sufrir por el paisaje perdido: "Yo no puedo evitar pensar que quizá los tilos, abedules y plátanos de mi parque estén allí, con toda la otra leña." (29 de noviembre de 1992)
Las ventanas tienen vista directa al horror. Mary Berg, en el Ghetto de Varsovia, ve salir desde el orfanato del doctor Janusz Korczak "una fila de niños, tomados todos de la mano, los menores de dos o tres años, los mayores de 13. Caminaban sin el menor presagio de su destino. Caminaron hasta el cementerio, allí los fusilaron a todos. El doctor Korczak tuvo que presenciarlo. Después lo mataron a él."
"El mundo me parece oscuro y desolado, y las personas, monstruos que quieren devorar a sus presas y salir corriendo", escribirá, 60 años después, Hoda Thamir Jehad, un irakí de 18 años, en 2003.
El desgarro de los afectos siempre está presente.
"Los niños al volver de la escuela, ya no encuentran a sus padres. Las mujeres, al volver del mercado, hallan sus puertas selladas y ven que sus familias han desaparecido." (Anna Frank, 13 de enero de 1943).
Zlata intenta traducir el caos de sus dilemas: "Papá, mamá y yo estábamos allí agazapados, abrazados los tres en un rincón, […] pensé en abandonar Sarajevo. Todos piensan en hacerlo, y yo también. No soportaría irme sola, abandonar a papá y a mamá, a la abuela y al abuelo. Y el irme sola con mamá no arregla las cosas. Lo mejor sería que nos fuésemos los tres. Pero papá no puede irse. Así pues, he decidido que nos quedaremos aquí juntos. Mañana le diré a Keka que una debe ser valiente y permanecer con aquellos a los que quiere y que le quieren." (20 de abril de 1992).
Esos niños que aprenden a sobreponerse y se hacen expertos en entereza, esa capacidad de resistir que los sicólogos llaman hoy "resiliencia".
"Nina ha muerto. Un trozo de metralla se le incrustó en el cerebro y murió. Era una niña tan dulce, tan encantadora. Fuimos juntas a la guardería y jugábamos juntas en el parque. ¿Es posible que nunca más vuelva a ver a Nina?" escribe Zlata el 7 de mayo de 1992, y unos meses más tarde: "Me he dado cuenta de que ya no te escribo sobre la guerra ni sobre los tiroteos. Debe de ser porque me he acostumbrado a ello."
Rutka Laskier luego de narrar como un oficial alemán asesinaba a un bebé concluye: "Tengo catorce años, todavía he visto poco en la vida; sin embargo, ya me he vuelto tan indiferente".
Sobreviven entre la horrenda espera y la esperanza.
Clara Schwarz, (15 años en 1942) se pregunta: "¿quién sabe si todo este sufrimiento es para nada? ¿Sobreviviremos?". Por momento les parece preferible que todo termine: "Tengo la impresión de que ésta es la última vez que escribo. ¡Ojalá todo esto terminara ya de una vez! […] Intento escapar de estos pensamientos pero continúan asustándome, persiguiéndome como moscas". (Rutka Laskier, 1943)
A veces, la esperanza de sobrevivir incluye la culpa de estar vivo.
"En mi cama bien abrigada, me siento menos que nada cuando pienso en las amigas que más quería, arrancadas de sus hogares y caídas a este infierno." (Anna Frank, 19 de noviembre de 1942).
Todos claman por su infancia robada.
"Me quitaron todo lo que quiero y aprecio" escribió Yitskhok Rudashevski, un lituano de 16 años en 1943. En abril de 2002, durante la segunda Intifada, Mary Masrieh Hazboun, de 17 años, agregaba su eslabón a esta cadena interminable de dolor: "Estoy desesperada. Nuestros niños inocentes no conocen el significado de la palabra felicidad".
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