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LEONARDO GUZMÁN
El 5 de junio de 2009 merecerá solemnizarse como el Día del Respeto al Ciudadano Común. Fue viernes fasto. En menos de 20 horas, el grotesco documental que en la noche del jueves divulgó Canal 10 sacó por estampida a Daisy Tourné del Ministerio.
¡Bendita libertad de prensa! ¡Bendita tecnología del audiovisual! Sin ellas, estaríamos debatiendo qué palabrotas dijo, si agravió a la oposición y no al oficialismo y si todo no fue más que un mal remedo de Petru Valensky o una "provocación de la derecha"… Pero cámaras por medio, la Secretaria escrachada selló objetivamente su destino.
Tan objetivamente, que no interesa si se fue por decisión del presidente Vázquez o por renuncia autoimpuesta: de dos decididos a romper, no importa quién habló primero, tan luego en temas públicos sometidos a valores que ningún relativismo voltea del todo.
El episodio dejó la reconfortante certeza de que aun tras haber tolerado groserías demás, el Uruguay no acepta cualquier cosa. La República se cimienta sobre la personalidad humana -art. 72 de la Constitución- y personalidad tiene aquel con quien se cuenta para mucho, pero no para cualquier cosa. Pues bien. El viernes la República dijo, en comunión de gobierno y ciudadanía, que ciertas bajezas no las tolera. Y eso es un gran bien.
La Ministra se fue, reventando al feminismo contra su destemple. Pero la Maestra se marchó impartiendo una clase magistral.
Por cierto la lección no brotó de labios de la señora Tourné cuando pretextó que "le ganó la pasión" para admitir los hechos sin pedir excusas, ni de quienes, por darle sobrevida, forcejearon para reducir los exabruptos a un tema "circunstancial", "casual" o de "estilo". Tampoco surge de las alabanzas a su gestión en Consejo de Ministros, cuyo eco se ahogó en la intimación a cerrar en 40 días las latas de Libertad, que patentiza incuria y responsabilidad de la Ministra aunque no llegase a notificársele personalmente porque antes se hizo ir.
Pero ¡vaya si hubo lección! Surge de reparar en un hecho ilevantable: lo ocurrido en la Casa del Pueblo, otrora atrio de Emilio Frugoni, no fue un rapto de pasión o insensatez, sino un clímax coherente con el ideario y el contexto, fruto sazonado de un modo de sentir a los demás y al país. Alguien acuñó en otro Ministerio un lenguaje escatológico -"relativo a los excrementos y suciedades"- haciendo creer que las palabrotas en cascada son otra manera de decir lo mismo, cuando en realidad indican otro temperamento y otra forma de estar-en-el-mundo.
Después vino la Ministra del Interior con militancia sectorial en vez de la imparcialidad que impone la regla de Derecho: se le toleró. En el medio, llegaron los desfiles a caballo, la foto en la ducha y otros desplantes antiestéticos: se dejaron pasar, tan luego en el país donde Rodó enseñó que la ética es una estética de la conducta.
Entonces, la lección que recibimos todos -Presidentes actual y potenciales incluidos- es que sigue vigente lo que, sin ciencias de la educación, proclamaban madres, abuelas y profesores frente a desvíos de apariencia inocente: "Por ahí vas mal. Si sigues así, llegarás a…"
La vida es siempre apetito por más. Es un crescendo de las ideas con que la recorremos.
Por eso, si se cultiva el divisionismo con contragolpe dialéctico en vez de la afirmación incondicionada de principios, se termina trizando el yo y sufriendo el mayor accidente que puede vivir una Maestra y un Ministro.
Pero no por accidente.
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