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Llegaron, al son de las trompetas de la Marcha Triunfal de Aída, a colonizar el territorio nacional. Antes de ellos, aquí no hubo nada. La convocatoria al festejo desde el Hotel Presidente, cuya estridencia subsiste todavía aunque bastante desafinada, fue un homenaje al éxito de una guerra de ocupación. Anunciaron venir para quedarse y las diferencia eran sólo de cálculo. Dos, cuatro, diez períodos de gobierno esperarían a la izquierda nacional para construir al país, no importaban bajo qué perfil de modelo, pues no tienen uno solo y en su conjunto no saben el que quieren. En la oposición no les interesaba, pero en el gobierno ya fue otra cosa. Recibieron el poder con una economía en pleno crecimiento, de un gobierno que pudo salvar la catástrofe de una crisis bancaria importada, cuando el entonces candidato presidencial opositor vociferaba pidiendo la bancarrota nacional, mientras las autoridades procuraban -y obtuvieron- un canje de deuda imprescindible para nuestros intereses. Gracias al prestigio que otros que los precedieron supieron ganar para el país, la puñalada encontró el vacío. Y gracias a ese fracaso pudieron gozar de cuatro años de riqueza que ahora queda claro que no supieron administrar.
Llega el momento de la rendición de cuentas, y la dura realidad se muestra tal cual es, porque no hay prácticamente un rubro de actividad del gabinete ministerial en donde no aparezcan gravísimos errores de gestión. Si vamos al Ministerio del Interior, de las "sensaciones térmicas" de Díaz pasamos a los desbordes inconcebibles de la Ministra renunciante, que hacen pensar si no terminó por alguna razón que ella sabrá, forzando su alejamiento de la cartera. En los tres años largos de Gargano en la Cancillería se acumuló un rosario de errores y de omisiones sin precedentes, que dejaron al país sin política exterior, descolocado en el Mercosur, sin un tratado de Libre Comercio que le fue ofrecido en bandeja por Estados Unidos, y con un pésimo recuerdo de las relaciones con Argentina cuando en la placidez de las vacaciones veraniegas del Presidente y sin el Canciller en su puesto, un grupo de piqueteros argentinos, con la tolerancia cómplice de su gobierno, cortó el acceso al país con severos perjuicios al turismo.
Astori en el Ministerio de Economía se jactó de un buen manejo de la deuda pública, cuando en realidad lo que hizo fue aumentarla y diferir su pago en el tiempo a una tasa de interés superior. A su vez, consolidó con la reforma tributaria la mentira de la prédica según la cual pagaría más el que tiene más y no el que por sus propios méritos trabaja mejor. Adicionalmente, aumentó el gasto público a niveles que desbordaron la prudencia de cualquier previsión para afrontar la crisis que debió preverse y no se previó. En el Ministerio de Trabajo se ampararon ocupaciones, imponiéndose los Consejos de Salarios por actividad y no por empresa, como lo indica el sentido común, además de prohijarse una ley de tercerizaciones inaceptable. En el ámbito de la educación, el Plan Ceibal no mejora la calidad de la enseñanza, y la ley sancionada -un mamarracho- menos. El Ministerio de Industrias tiene para explicar los negocios de Ancap y Pedevesa y lo gastado en ALUR. En Salud Pública prácticamente se monopolizó la oncología en los hospitales estatales, y se sigue postergando la autorización a privados para incorporar la tecnología del PET en la lucha contra el cáncer. En el Mides los planes de emergencia y de equidad, lejos de combatir a la pobreza la estimulan, para que el pobre no trabaje y viva de la asistencia estatal con dineros de los trabajadores de verdad.
Y recientemente, en el Congreso de la Federación Rural, se levantó la voz para que de una vez quede manifiesto que lo del "Uruguay Productivo" no fue otra cosa que una promesa tirada al viento, una farsa, una frase hecha contradicha por una política cuando no inocua, perjudicial para la competitividad de los productos de exportación nacional. Es inexplicable que Mujica sea el candidato presidencial del Frente Amplio y que Agazzi se mantenga en su cargo, ante la comprobación de la incompetencia y desconocimiento de los problemas del campo que demostraron uno y otro.
Cuando salen los trapitos al sol esta gente se irrita. Es que se les ha ocurrido echarle un vistazo a las agujas del reloj, y están comprobando que no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague.
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