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JORGE ABBONDANZA
Cuando las autoridades de Río de Janeiro comenzaron a levantar un muro perimetral para contener la expansión de la favela Rocinha (200.000 habitantes) se produjo una violenta oposición. El proyecto intentaba remediar la proximidad entre las zonas residenciales y las villas marginales, y consistía en amurallar también otras catorce favelas, pero fue resistido por la población de esas barriadas argumentándose que la pared buscaba establecer un apartheid carioca, separando a los ricos de los pobres. La protesta tuvo éxito y el muro de 15 kilómetros de largo y 3 metros de altura, concebido en acero y hormigón, fue suspendido y será sustituido por una variante menos agresiva que se compone de senderos ecológicos, plazas con juegos infantiles, pistas para bicicletas y una valla mucho más baja, de 90 centímetros, como franja intermedia entre un mundo y el otro. Los voceros de ambas partes se declararon satisfechos con la alternativa.
La decisión brasileña de levantar el muro permite recordar otra iniciativa similar que comenzó a construirse en Buenos Aires, y sin embargo cayó bajo la indignación de los vecinos de Tigre y San Isidro, que eran los municipios que un intendente aspiraba a dividir. En el caso de Río, el muro no buscaba aislar a los pobres sino "cercar el tráfico de drogas "que tiene sus fuentes de abastecimiento en las favelas. Pero también pretendía frenar la brutal deforestación del Bosque Atlántico, que antiguamente cubría toda la zona costera y ahora está en vías de desaparición. Cifras oficiales permiten saber que el Estado de Río de Janeiro perdió 176.714 hectáreas de árboles desde 1985 y que el ritmo anual del talado y quema de esa vegetación se duplicó en los últimos tres años, bajo el empuje de una población periférica que crece descontroladamente y de las edificaciones ilegales en los morros de la ciudad. Hoy en Río de Janeiro apenas queda en pie el 18% de los bosques que había, mientras en las 750 favelas cariocas viven por el momento 1.500.000 personas. Esos asentamientos duplicaron su tamaño entre 1999 y 2004, ritmo pavoroso que ninguna pared podrá atajar.
El muro que se planeaba fue calificado en la prensa como "una metáfora ofensiva", "una especie de jaula" o "una barrera discriminatoria". Desde que la Edad Media quedó atrás, los muros han perdido su papel defensivo y su utilidad militar para asumir un carácter más deprimente. Ni siquiera las modernidades del siglo XX detuvieron esa tendencia a separar a los hombres mediante paredones, que en definitiva sólo consiguen acentuar el conflicto que pretendían resolver. A esa categoría pertenecieron por ejemplo el cerco del gheto de Varsovia (1940-1944) y luego el muro de Berlín (1961-1989), pero últimamente también las vergonzosas murallas que separan a Israel de Cisjordania o a Estados Unidos de México, sin que haya necesidad de aclarar quién las mandó construir, qué inútiles son como métodos de cerrar el paso a la realidad y qué efectos han tenido sobre la vida de la gente.
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