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Miércoles 10.06.2009, 22:27 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Espacios colectivos

La política y la cultura no siempre confluyen. En el Uruguay, la clase dirigente -con honrosas excepciones que desde luego confirman la regla- parece vivir de espaldas a los asuntos culturales, no tanto porque se desinterese de ellos o los menosprecie, sino porque a menudo los ignora y se siente un poco paralizada ante su complejidad o lo desconocido de su índole. Sin embargo, la sociedad ha vivido durante las últimas décadas un proceso de grandes y profundos cambios en la cultura, entendida no sólo en el terreno de las manifestaciones artísticas (teatro, plástica, cine, letras, música, danza, arquitectura) sino en el ámbito mucho más vasto de los hábitos colectivos, que abarcan desde la gastronomía o la vestimenta hasta la informática, el deporte, las fiestas populares como el carnaval y demás esparcimientos. En todas esas áreas se han vivido transformaciones tan medulares que provocaron a su vez otros cambios en la vida de la sociedad, en su comportamiento y en la relación entre las generaciones, sin que muchas veces esas mutaciones sean percibidas por quienes las sufren.

Es por eso que la cultura necesita y reclama una atención que no siempre recibe de la casta política, esa franja de ciudadanos embarcados en la conducción del prójimo, que orientan y por lo tanto deciden el camino que tomará la comunidad en cada etapa de su evolución y en cada nivel de su desarrollo. En el campo cultural haría falta tomar conciencia del desvalimiento en que se encuentra buena parte de la población del país y -más hondamente- del grado en que se ha empobrecido la relación entre el individuo y las fuentes de enriquecimiento cultural. Gente muy confiable, por ejemplo, hace saber que la concurrencia de público a los teatros sigue descendiendo y por lo tanto, a pesar de la amplitud de la oferta en una cartelera copiosa, la mayoría de las salas tienen plateas despobladas.

Eso no ocurre solamente en materia escénica, a medida que nuevos hábitos (la televisión, la computadora) favorecen el pasatiempo solitario. Hubo otros espacios que junto con el teatro han sido propicios al encuentro colectivo, a la cohesión social y al intercambio de ideas, como los cafés, que en un pasado nada remoto constituyeron una formidable malla dentro del entramado popular de las ciudades uruguayas y principalmente de Montevideo. Como le consta a cualquier observador veterano, esos ámbitos han ido desapareciendo a un ritmo cada día más acentuado, llegando a escasear en una ciudad donde presidían muchísimas esquinas y albergaban a una caudalosa marea de parroquianos. Con los cafés sucedió lo que antes había pasado con los grandes cines, que fueron vaciándose gradualmente hasta que debieron cerrar sus puertas.

El fenómeno es agudo y ciertamente internacional, porque no sólo los uruguayos han desertado poco a poco de los lugares que solían frecuentar. En Francia, por ejemplo, están alarmados ante el ritmo de desaparición de los "bistrots", esos típicos recintos que son a la vez cafés y restaurantes, y que en muchos sentidos constituyen el equivalente de los cafés y bares criollos. Hacia 1900, en toda Francia había unos 500.000 "bistrots", de los cuales en 1960 quedaban funcionando unos 200.000. En el año 2006 sólo estaban abiertos 50.000, pero apenas 30.000 de ellos siguen habilitados hoy, declive que permite llegar a la conclusión de que últimamente cierran unos 27 por día. Los franceses dicen que esa crisis no responde a un solo factor sino a razones variadas, desde los nuevos gustos y tendencias del público hasta la prohibición de fumar en los locales, la transformación de las modas gastronómicas y los crecientes costos de mantenimiento, bajo una presión fiscal a veces abrumadora.

Que se borren del mapa esos espacios significa un tropezón comercial, pero además el fenómeno asume la magnitud de un quebranto cultural. La gente que solía reunirse en los cines o en los cafés, reforzaba a través de ese agrupamiento un sentido de colectividad. Se habituaba de manera natural a conocer al prójimo, a compartir cosas con él y a reconocerse como parte de un todo, mejorando así su integración en la sociedad y hasta su espíritu democrático a medida que se acostumbraba a tales formas de placer ejercitado con los demás, lo cual era una especie de antídoto contra el individualismo disgregador. La clase dirigente del país debería registrar la pérdida de esos sitios de reunión, sin los cuales la vida comunitaria ya no es lo que era, porque con ellos se alejan aunque no lo parezca instrumentos de identificación que empobrecen el futuro y permiten añorar el pasado.

El País Digital

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