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Miércoles 10.06.2009, 22:27 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

La dignidad de la política

Hebert Gatto

No era muy difícil predecir que la Ministra del Interior no culminaría felizmente su gestión. Enemiga confesa del recato, todo en ella anunciaba incontinencia y exceso. Como le ocurre a tantos, confundió autenticidad, virtud de pocos, con histrionismo, práctica de muchos.

El final de su actuación, un rosario de imprecaciones recitadas ante cámaras impia- dosas, apresuró un despido anunciado.

Aparentemente no lo esperaba, turbada, se excusó pobremente alegando la pasión, el desborde que vela la prudencia; no advirtió que como escribiera Stendhal, si cierta pasión aumenta el ingenio, mucha lo apaga.

Menos reparó que el vodevil y la gestualidad que rodeó su última presentación no se compadecen con la pasión, más auténtica y terrible.

Correcto estuvo el Presidente tutelando las formas, el respeto debido a las instituciones y a quienes en ellas se desempeñan. Ésa es su función como Jefe de Estado y bien hizo en ejercerla sin alharacas, como le fue reclamado por todos los partidos.

Se dirá que los aires han cambiado y la función pública, pese a algunos anacrónicos nostálgicos, no requiera hoy día de la prosa elegante o el retruécano punzante.

Quizás tampoco interese como docencia, aun si así fuere, creo que la política sigue siendo la más noble y digna de las profesiones, el único hacer que tiene por objeto la construcción del común. La actividad en que modernamente los pueblos ejercen su soberanía en condiciones de igualdad.

Además de la práctica que mediante la confrontación de argumentos, en el estado y la sociedad, erige los consensos y disensos que la conducen y controlan. Por eso no es casual que la actual definición normativa de política como práctica pública de todos tanto se asemeje a la de democracia participativa, como proceso de deliberación del pueblo referido a sus decisiones soberanas.

Este ejercicio, más por torpeza y afán de exhibicionismo que por un propósito deliberado, fue implícitamente devaluado por la Sra. Ministra. Que no lo era de una cartera de menor jerarquía, sino la de Interior. El ministerio político por excelencia, encargado de uno de los cometidos esenciales del estado, como es la preservación del orden interno y la tutela de los derechos individuales, públicos y privados.

Perdidos los equilibrios nada le faltó a la Sra. para descalificar el entero universo político y sus alrededores, incluyendo a su propia coalición: faltó el respeto al Parlamento, cuya práctica calificó duramente, denostó a la oposición, a la ciudadanía (obsedida por el policía propio), a la mujer (recordada en sinécdoque infeliz). Al hacerlo menoscabó su imagen política pero más gravemente desvirtuó a la institución que representaba.

Afortunadamente, como decíamos, el estado actuó prontamente. Aun así el futuro no resulta prometedor, cuando muchos, incluyendo candidatos, enrolados en la mística de la movilización, proclaman que el político genuino es aquel que no se arredra ante la grosería o el improperio.

O que la política, para ser efectiva, para motivar al pueblo y volcarlo a las calles, requiera superar la "pacatería institucional". Aquí en esta admisión emerge el populismo. En esencia más un estilo que un contenido. Por eso creo que Daisy Tourné es sólo un síntoma menor de un mal muy extendido.

El País Digital

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