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Calvario. Periodista de EE.UU. fue acusada de espionaje
DANIEL HERRERA LUSSICH
En WASHINGTON
CORRESPONSAL PERMANENTE
Es una joven atractiva, de sonrisa muy franca. La observamos saludando a la ex candidata a la presidencia de EE.UU. y actual secretaria de Estado, Hillary Clinton, hace pocos días. La curiosidad de la gente del entorno llevó a preguntar: "¿Quién es?"
"Es la periodista americana que estuvo presa en las cárceles de Irán, acusada de espionaje. ¿Habrás leído algo sobre sus aventuras?". Sin duda, había leído y seguido atentamente toda su historia durante semanas en los diarios y la televisión. Jamás pensé verla sonriente y con esa exhibición de buen ánimo.
Roxana Saberi, nacida en Nueva Jersey, 32 años, es sin duda una multifacética mujer, audaz, valiente, con una cara de desafío que no se necesitan muchas preguntas para pensar que "tiene aspecto de estar siempre un paso más delante del peligro". En segundos, oyéndola hablar, escuchando el relato de gente que la conocía y de otros colegas, nace el pensamiento: ¿se salvó de milagro o le debe la vida a la presión internacional?
Aparecieron de sorpresa en su casa en Teherán y la llevaron detenida, sin muchas explicaciones. Primero, la acusaron de haber comprado una botella de vino. Pero después de largos interrogatorios, que iban de la mañana a la noche, con los ojos vendados, cambiaron la carátula de la acusación por la de "Espía de los Estados Unidos".
El comienzo ocurrió el 31 de enero de este año. Roxana Saberi hacía seis años que vivía en Irán. Actuó como periodista corresponsal de importantes cadenas de televisión estadounidenses, NPR y Fox y la británica BBC, radios y hacía artículos de investigación que luego comercializaba a los medios occidentales. Siempre trabajó como "freelance". Hacía una nota y se la pagaban.
Es hija de padre iraní (Reza), y madre japonesa (Akiko), radicados de larga data en los Estados Unidos. Tiene la doble nacionalidad, americana e iraní. En su polifacética personalidad Roxana estudió en dos universidades y se graduó en Ciencias Internacionales y de la Comunicación. Fue Miss Dakota del Norte y se caracterizó siempre, según explicó un amigo de estudios, "por su hiperactividad, entusiasmo y ganas de conocer y conocer".
Hace seis años decidió ir a escribir sobre la vida y realidad de Irán. Instaló una agencia independiente de noticias. Duró poco. Le retiraron el carné de prensa y le cerraron la puerta a los actos oficiales. Siguió con colaboraciones en cadenas internacionales y en centros de investigación sobre la historia de Irán. "Nada de la actualidad", dijo uno de los acompañantes en la Oficina del Departamento de Estado cuando concurrió a saludar y agradecer a Hillary Clinton todas las gestiones y el apoyo que tanto impulsaron su liberación.
Todo corría con total normalidad hasta el último día de enero. Allí comenzó el calvario. Fue detenida y encerrada en una celda. La interrogaban y acusaban. La tenían horas y horas de pie. "Tenía mucho miedo, verdadero miedo", confesó. En ese momento cometió el error, "estaba presionada psicológicamente, moralmente muy caída, aunque no me torturaron físicamente", aclara. Pero para terminar el suplicio pensó que lo mejor era "aceptar que estaba en Irán como espía".
La condenaron a ocho años de cárcel. Y empezaron a aparecer pruebas, inventadas, pero muchas eran la confirmación que la venían siguiendo y grabando, captando su teléfono y correo electrónico, desde hacía por lo menos dos o tres años.
Los dos gigantes de Inteligencia no cedían en las preguntas y preguntas. Mostraban viejos papeles que ella tenía en la casa sobre tiempos antiguos de Irán y decían que eran documentos clasificados para enviar a Estados Unidos.
Le recordaron cuando estuvo grabando, en un trabajo periodístico para una televisora extranjera, sin credenciales, los festejos con motivo del 15 aniversario de la muerte del líder supremo de Irán, el Ayatollah Khomeini. La acusaban y acusaban e insistían en que era un claro caso de espionaje para Estados Unidos. E insistían en que también habían comprobado que dos veces había viajado a Israel, su enemigo, una prueba más terminante de que era una peligrosa espía.
Fue ante el juez, y el juicio antes de penarla a 8 años duró 15 minutos. Estuvo once días incomunicada. No la dejaban hablar con nadie y menos hacer una llamada de teléfono con la familia. Finalmente, logró contactar a su padre, con la prohibición expresa de decir el lugar dónde se encontraba, sólo mencionar Teherán y decir que la acusaban de espionaje. Fue entonces que comprendió que "haber mentido" había paliado por poco tiempo la situación en el interrogatorio. Y se decidió volver a la verdad y señalar que era inocente, que estaba allí para escribir un libro y como periodista.
Hizo, desesperada, una huelga de hambre de 15 días. Sólo bebía agua con azúcar. Finalmente su madre amenazó desde la distancia hacer lo mismo y muchos en el mundo la imitaron para darle apoyo espiritual. Resolvió que no podía sacrificar a los demás y volvió a los alimentos, que no recuerda ni qué era ni cómo eran. Para alertar a su padre le preguntó cómo estaba el abuelo, el cual había muerto hacía tiempo, pero en ese momento de nerviosismo no le entendieron.
Compartió la celda con todo tipo de mujeres, pero especialmente con muchas que estaban detenidas por razones políticas. Unas pedían libertad para expresarse o libertad de creencias. Muchas estarán todavía detrás de las rejas. Sin presión internacional que inquiete a los que mandan, nada cambia.
Finalmente, los padres se trasladaron a Irán y contrataron a un abogado. Pero no fue tarea fácil, muchos defensores terminan presos acusados de los mismos delitos que sus clientes y resisten tomar el caso, aun cuando en Irán pueden cobrar buenos honorarios.
La impresión general, sin embargo, se inclina a señalar que el verdadero motivo para que, después de aislarla y de cuatro meses de prisión, hayan decidido primero rebajarle la pena a dos años y luego liberarla con cinco años de prohibición de retornar a Irán. Se debió a las miles de voces de todo el mundo y en especial del propio EE.UU. Y los pedidos de Barack Obama y Hillary Clinton, que se levantaron para "denunciar la injusticia y pedir la libertad".
Llegaron cartas, hubo llamadas desde todos los rincones, se ocupó la primera plana de la prensa mundial, intervinieron comisiones de derechos humanos, el Vaticano y premios Nobel de la Paz, hasta que finalmente abrieron las puertas de la cárcel. Va a escribir el libro sobre Irán, ahora con más condimentos, sin duda.
Dice que la gente común allí es muy buena, amable y que algún día piensa retornar. Repite que fue a Irán porque quería aprender sobre el país de su padre y dominar el idioma. Nunca pensó en una odisea así y por ahora descansa, escribe y recuerda lo acontecido, desde Dakota del Norte.
Amnistía Internacional se congratuló al saber de la liberación de Saberi y reclamó lo mismo para otros presos en Irán. "Pedimos a las autoridades iraníes que liberen a los demás presos de conciencia que hay en Irán, entre ellos los hermanos Alaie, encarcelados por acusaciones parecidas pero cuya reclusión creemos que es debida exclusivamente a su trabajo en el campo de la prevención y tratamiento del VIH/sida", indicó AI.
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