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Chango Spasiuk. El acordeonista misionero y su último trabajo discográfico
ALEXANDER LALUZ
Una atmósfera poblada de sonidos entrañables, viscerales hacen de Pynandí. Los descalzos, una obra mayor. Su creador, el acordeonista Horacio "Chango" Spasiuk, dibuja a través de ella un mapa diverso de sensibilidades.
En un estudio publicado en el año 2000, el musicólogo argentino Omar Corrado caracterizaba la obra de Spasiuk como un cruce de migraciones y permanencias, donde las tensiones entre lo local y lo global crea un espacio de fecunda creatividad. Y este reciente trabajo del acordeonista misionero mantiene esa característica, que se fragua y realza en performances de virtuosa musicalidad.
Spasiuk se tomo casi cinco años en parir este nuevo hijo musical. En ese proceso convocó a un equipo de músicos que ensamblaron muy bien con la propuesta: Sebastián Villalba en guitarra y voz, Marcos Villalba en percusión y guitarra, Víctor Renaudeau en violín, Heleen De Jong en chelo, Juan Pablo Navarro en contrabajo y Alejandro Oliva en percusión. Como invitados especiales estuvieron el guitarrista Marcelo Dellamea, Tilo Escobar en acordeón de botones, el cantante Héctor Chávez, y Pablo López en violín barroco (fabricado en 1791).
Con esta plantilla, Spasiuk recorrió esos territorios de símbolos, sonidos, gestos de un imaginario muy íntimo. Un lugar en el que recrea, ganándole la pulseada al inflexible flujo del tiempo, un tiempo de infancia descalza, árboles de mandarina, las siestas, juegos. Pero esta recuperación de imágenes y memorias se urde lejos de la nostalgia paralizante. Es, como el propio músico reconoce, una forma de ponerle sonidos a esas experiencias que están en la piel de lo cotidiano, en los cambios, en las permanencias. "Ese paisaje está dentro de mí (...) es eso con lo que uno convive todo el tiempo", dijo recientemente al diario La Nación.
Este complejo simbólico pulsa en cada una de las 15 piezas de este Pynandí (en guaraní: "pie desnudo"). En ellas encuentran su lugar el tradicional chamamé, las polcas, valses, y otras tantas expresiones que habitaron y habitan el paisaje sonoro del litoral argentino. Viejo caballo alazán es un buen ejemplo: un chamamé de Héctor y Félix Chávez, que luce con el brumoso e íntimo canto de Tito Escobar, y la textura camerística que entretejan la guitarra, el violín y el siempre solvente acordeón de Spasiuk; o la picardía y el swing de La ponzoña.
Esos sonidos que hurgan en el territorio de la memoria, llegan también con el tamiz de un refinado trabajo formal en el que Spasiuk conjuga otros elementos musicales "globales", logrando personales mixturas de lenguajes (por ejemplo en la bellísima Tierra colorada) y técnicas interpretativas.
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