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Hernán Sorhuet Gelós
El fuerte impacto negativo que tienen las actividades humanas en los ecosistemas terrestres también se registra en los marinos.
Esta realidad pasa mucho más desapercibida simplemente porque está fuera del alcance de la percepción de las personas. A esta altura los bancos pesqueros de los océanos son posiblemente los recursos naturales más vulnerables del planeta porque son los más explotados.
Al mismo tiempo cantidades enormes de desechos son vertidos en aguas de todo el mundo. Lo peor no ocurre en alta mar sino en las zonas cercanas a la costa, donde hay ciudades populosas y puertos muy activos. Allí se concentra la contaminación y los derrames de petróleo. Estamos hablando de las zonas más ricas en diversidad biológica: las plataformas continentales.
En el afán de los seres humanos de fragmentar conceptualmente la realidad para comprenderla, nos acostumbramos a no percibir el carácter holístico de los sistemas. Por eso nos cuesta relacionar el mar con la costa y los continentes. Los límites entre el mar y la tierra son abruptos y están en constante transformación. Una de las fuerzas desnivelantes de la actualidad es la provocada por las actividades humanas. Las principales consecuencias son la erosión de la costa, la contaminación del agua y la pérdida de especies.
Una de las buenas recomendaciones para modificar esta tendencia es la creación de áreas protegidas marinas y marino-costeras. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) mientras 12% de la superficie terrestre está protegida, sólo 1% de los océanos cuenta con protección.
Son espacios que incluyen porciones de agua y fondo marino, rocas, playas y terrenos de playa fiscales, recursos históricos y culturales que la ley consideradas valiosas.
Estas herramientas de gestión procuran proteger, administrar, mantener y restaurar los recursos naturales y culturales del litoral y de las aguas marinas y costeras. La idea principal es que las áreas bajo esa forma de protección pueden generar ingresos superiores y más sostenidos que una explotación continua, desordenada y abusiva como suele ocurrir en todas partes. ¿Cómo se logra? Por ejemplo, a través del desarrollo de un turismo responsable y de una pesca regulada y controlada.
Echando un vistazo a la situación uruguaya, hay que decir que los estuarios constituyen uno de los hábitats más productivos del planeta. Cuando las aguas de los ríos desembocan en el mar, y las aguas dulces se mezclan con las saladas, la gran cantidad de sedimentos que transportan se solidifican y precipitan, dando origen a la formación de grandes llanuras de barro. Luego las mareas y corrientes se encargan de mezclar todo, provocando que esas aguas sean ricas en nutrientes.
Por las singulares condiciones ambientales, el estuario es un hábitat con menor diversidad que el mar. Pero compensa esa situación con una increíble cantidad de ejemplares de cada una de sus especies. Por eso los estuarios pueden albergar una riqueza de fauna veinte veces superior a la de los grandes océanos.
Aunque el tema no esté instalado en la opinión pública, Uruguay debe crear lo antes posible áreas naturales protegidas, no sólo marino-costeras sino en pleno Río de la Plata y océano Atlántico.
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