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MIGUEL CARBAJAL
Cuando Joaquín Torres García arriba al Uruguay no lo esperan interlocutores a su altura. Barradas ya falleció y Figari, que ha llegado tarde a la pintura, está absorbido por sus estadías en el exterior y la locura de su trabajo. Cuando se arma el constructivismo sólo había funcionado, antes, un movimiento con cierto tinte singular. Los que algunos llamaron la Escuela de Montevideo, y la mayoría, el planismo, no llegó a cuajar. Sus raíces españolas eran evidentes y expiró después de haber producido un conjunto de obras de considerable interés, la mayoría provenientes de José Cuneo, Carmelo de Arzadun, Petrona Viera, Humberto de Causa, Etchebarne Vidal y Pesce Castro, aunque hubo algunos otros. Pero no existía un basamento teórico que lo sustentara, demasiada gente joven y empecinada en encontrar un camino propio, y protagonistas de diferente calidad artística. No podía durar. El planismo se había desvanecido cuando Torres desembarca en el puerto de Montevideo y resuelve colonizarlo.
Aunque no conviene pensar al Uruguay como un país yermo, Torres García regresa convertido en un patriarca. Está al frente de una prole numerosa, un futuro yerno, y de admiradores incondicionales. La foto que registra su llegada es bastante reveladora. Lo esperan una poetisa (médica) que se convertirá en una de sus principales difusoras y armará un valioso lote de sus obras que terminará quemado en Río. Esther de Cáceres y su marido Alfredo, un prestigioso siquíatra, se mueven siempre en torno a la familia. Algo similar sucederá con Amalia Nieto, aunque no está en el registro gráfico. El que está en cambio, es Julio Casal, un poeta cuya obra merece otra revisión, y respaldó la circulación de Alfar, una revista literaria y de arte que supo resistir en España. El personaje de mayor renombre, hasta el punto que le prestara lustre a la imagen de la recepción, fue el escultor José Luis Zorrilla de San Martín. Antonio de Ignacios, el nombre artístico elegido por el hermano de Rafael Pérez Barradas, figura también entre los que lo reciben. Y algunos pocos más. Pero son más las ausencias que las presencias. Lo que es previsible porque Torres se había ausentado mucho tiempo como para que lo tuvieran presente y venía precedido de una fama de pintor consagrado que debe haber despertado rechazos.
José Cuneo no sólo no fue sino que después entró en una polémica pública con el Maestro. No había envidia detrás de ese enfrentamiento sino una actitud independiente. Desde el punto de vista temperamental Cuneo y Torres eran diametralmente diferentes. El aura de Torres pautaba hasta su carácter. Cuneo era un comunicador nato y un manipulador cuyo estilo marcó de dramatismo el paisaje uruguayo con sus enormes lunas, sus ranchos y esa pintura que siempre se fugaba hacia arriba. Logró algunas de las piezas más notables del siglo pasado. Un Cuneo de primera vale hoy, en el Uruguay, cerca de los 100.000 dólares, una cifra fuera del alcance de sus colegas. Su tramo final, cuando abraza la abstracción, convertido ya en Perinetti, demuestra la calidad de su trayectoria íntegra Un uruguayo tan inquieto, tan bien atendido y tan gratificado no podía resistir los dogmas de Torres.
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