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Domingo 31.05.2009, 05:44 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Los muros de Mujica

Las estudiadas caídas de José Mujica en un discurso populista que incluye agitar banderas de confrontación social o simplemente barrial, anuncian una campaña electoral difícil y fea a poco se acerque la época de los comicios. Porque si ya ha empezado con pocos sutiles bombardeos en los preámbulos de una simple elección interna -en la que marcha cómodamente al frente de las preferencias de su partido-, lo que se vendrá en octubre, cuando haya que disputar el voto en serio para decidir el futuro del país, el clima se tense y los ánimos multipliquen la sensibilidad, puede llegar a ser muy peligroso.

A modo de ejemplo, ¿a qué apuntaba o qué buscaba Mujica cuando planteó -en reiteradas oportunidades y por distintos medios-, que en estas elecciones se enfrentaban el Cerro y La Teja contra Carrasco? ¿Buscaba un elemento más para separar a los uruguayos y estimular enfrentamientos directos? ¿Su aspiración es levantar muros que separen las zonas de Montevideo? Si Mujica no tiene votos en Carrasco, o "los cajetillas de Pocitos" no lo quieren, es un problema de Mujica no del país. Pero simplificar en esa frase lo que se juega en las elecciones es mala fe o responde a un propósito insano. El Partido Nacional -también los otros partidos- trabaja y tiene sus adherentes en Carrasco, La Teja, el Cerro y todos los barrios de la capital. Y también todo el interior del país. ¿O acaso éste no existe en su idea de confrontación? ¿O es que en Carrasco viven muchos más del 50% de la población?

Lo de Mujica es la versión siglo XXI de la lucha de clases que promovía el marxismo o la lucha armada del comunismo cubano, transformada ahora en una lucha de barrios pero que trasunta el mismo sentimiento de rencor, resentimiento e intolerancia. Es una bomba de tiempo y, cuando explote, pondrá su habitual cara de "yo no fui".

En el mismo camino se inscriben sus más recientes declaraciones, sobre que una derrota de la izquierda significará el advenimiento de un "malón reaccionario". Se equivoca otra vez y otra vez lo hace de mala fe: si la izquierda es derrotada en octubre -y la izquierda de Mujica va a ser derrotada-, será por el pronunciamiento libre de las ciudadanos, en el uso de su sagrado derecho al voto. Y votarán a otro candidato porque coinciden con los contenidos de sus propuestas o programas, o porque les parece más sincero, más inteligente, más honesto o, simplemente, porque piensan que es la persona adecuada para el cargo. Eso no es ningún malón reaccionario: es el normal funcionamiento de una democracia. Su comentario es una simple y gratuita descalificación del voto de los ciudadanos que no son afines con él, ni tienen interés en que sea Presidente de la República. El pronunciamiento de las urnas es la decisión del soberano. Le corresponde aceptarlo porque de eso se trata la democracia. No agraviarlo.

Y tan serio como estos cuestionamientos es el intento del candidato frentista en seguir ahondando las divisiones en una sociedad que parece fracturada, donde campea la violencia y la educación viene en picada. Una sociedad que ha perdido el rumbo, que ha perdido el rostro y amenaza con perder el alma. No se trata de agregar nuevos ingredientes para que los uruguayos se miren de reojo, con el ceño crispado y alcen el índice acusador unos contra otros.

Una nación, un país, es el esfuerzo conjunto de todos los ciudadanos. Trasmitir esa sensación de unidad, luchar por ella, es responsabilidad de los gobernantes. Un Uruguay mejor para todos, vivan donde vivan y piensen como piensen. No es ahondando las diferencias o corroyendo los sentimiento que se saldrá adelante; es mirando juntos el futuro, con optimismo, sin resentimientos que se podrá alcanzar una sociedad más justa, donde nuestros hijos y los hijos de nuestro hijos, vivan mejor. Y en paz.

Por eso no es de recibo la prédica de Mujica, imbuida de un trasnochado populismo que apuesta al enfrentamiento, como ocurre en la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo y la Argentina de los Kirchner. Esa mística de la división es un peligroso y soberbio disparate. Sólo eso -pero hay mucho más-, es suficiente para cerrarle el camino y sí pelear para desterrar esa concepción fratricida que tanto daño ha hecho, hace y mucho más hará si prospera.

El país tiene problemas y prioridades más urgentes que enfrascarse en luchas internas, sean armadas, de clases o de barrios.

El País Digital

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