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JORGE ABBONDANZA
Un poeta salvaje. El realizador Michael Haneke (nacido en Alemania, afincado en Austria), se comporta como los poetas al filtrar sus ideas por una malla metafórica, y así lo que transmite al espectador no es lo que muestran por fuera las escenas de sus películas sino lo que corre por dentro, insinuándose en el fondo de esas situaciones hasta desdoblarlas y convertirlas en algo muy distinto de su apariencia. Quien haya visto La profesora de piano (con Isabelle Huppert y Benoît Magimel) o Caché (con Juliette Binoche y Daniel Auteuil) sabe que Haneke maneja sus temas como si les impusiera pequeños actos de magia de los que surge algo inesperado, que no se descifra de inmediato sino poco a poco, igual que en una laboriosa prestidigitación.
Ahora acaba de obtener en Cannes la Palma de Oro y el premio de Fipresci por su nueva película El lazo blanco o La cinta blanca (Das weisse Band), una historia de dos horas y media en la que van incubándose cosas horribles. En un pueblo del Norte de Alemania durante el verano de 1913 comienzan a cometerse agresiones, se producen accidentes sospechosos, hay secuestros y malos tratos a los niños, ocurre alguna muerte en condiciones turbias. A través de todo ello también se descubre el carácter de una sociedad apoyada en el autoritarismo y la obediencia, en el rígido sistema de clases y la tiranía doméstica, en el patriarcado y el servilismo, en la violencia de unos y el miedo de otros. Un año después se declarará la guerra europea, pero ese estallido no será más que el inicio de otras catástrofes que azotarán a Alemania en las tres décadas siguientes, cuyo germen debe buscarse en las furias latentes de aquella pequeña comunidad de comienzos de siglo.
La cinta blanca del título es la que el pastor protestante del pueblo obliga a usar a sus hijos como emblema de pureza, pero es también el signo más visible de una hipocresía empeñada en lucir la rectitud prendida de la solapa. El propio Haneke ha declarado que "cuando alguien pretende adueñarse de lo que es justo, se vuelve de pronto inhumano. Esa es la raíz del terrorismo político". En la vieja Alemania, el despotismo imperial no haría más que crecer hasta desembocar en el totalitarismo nazi, que fue desde 1933 una de las cumbres de ese terrorismo político que empezaba a aparecer veinte años antes en el microcosmos que la película muestra -tal cual convenía- con fotografía en blanco y negro, a través de un lenguaje de tenaz despojamiento.
Si se recuerdan las perturbadoras imágenes de La profesora de piano y de Caché, se comprobará que ya en esos antecedentes el director colocaba notas de autoridad malsana y de violencia escondida, imponiendo a sus relatos un clima amenazante que parecía en ciertos momentos a punto de estallar. También ahí se traslucían otros indicios oscuros, por detrás de los cuales se alzaba -como en La cinta blanca- la placa radiográfica de una mentalidad y el espectro de un sistema de vida. La intolerancia y el vacío afectivo que Haneke tantea en el cuadro colectivo de su nueva película, abrirán el camino hacia el racismo, los delirios hegemónicos y el enardecimiento ideológico. Los brotes ya asomaban en el paisaje rural de 1913.
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