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MIGUEL CARBAJAL
¿Un retorno a la seguridad? Así lo debe haber sentido Joaquín Torres-García cuando regresa con su familia al Uruguay en 1934. Deja atrás el vanguardismo y la provocación de la cultura europea -en donde supo moverse con soltura- y la fallida experiencia norteamericana, pero lo acosan los problemas económicos y ese muro de aislamiento que rodea siempre a los inmigrantes. Lo espera un país sin democracia (son los años de Terra), conservador, timorato y poco generoso. Puede sonar como un juicio demasiado crítico pero se ajusta a la realidad, como lo comprobará Torres en carne propia.
El artista conocerá ingentes problemas de financiamiento: tiene una prole numerosa, una inclinación ancestral por escapar a los trabajos convencionales y una confianza absoluta en sus valores plásticos. No es un hombre fácil, aunque le sobra carisma. Forma talleres, muda a su parentela de vivienda y recibe una ayuda organizada de amigos que le manejan su obra -algunos, como Sapriza, inician colección propia- y se reconoce en él a un uruguayo cercano al genio. Se gana la vida con sus conferencias y sus clases. Arquitectos están detrás de la casa que levanta en Punta Gorda. El mercado uruguayo es chico y magro y no todos están dispuestos a pagar los precios (altos para el medio) que fija el Maestro. Tiene, además, problemas para adaptarse a las atrasadas normas que rigen en los salones nacionales. Como el famoso caso de los impresionistas en París termina por armar una galería propia con sus discípulos, pero queda fuera de las regalías oficiales.
La familia es grande y Torres no está dispuesto a abaratar su visión artística. El sustento central, fuera de la venta de sus obras, viene de las módicas cuotas que aportan los alumnos de su Taller. Allí lo adoran a pesar de la dureza de sus actitudes. Vicente Martín, a quien le reconocía inusuales dotes, debe abandonar las clases porque pasa por alto su prohibición de presentarse a las muestras nacionales. El núcleo apretado de los siete discípulos preferidos (sus dos hijos varones, Pailós, Matto, Fonseca, Alpuy, Gurvich) lo acompaña hasta el final.
Este último se independiza con una estadía en Israel donde se desprende de la marca pesada del Taller. Los otros viajan por el continente. Fonseca y Alpuy se afincan en los Estados Unidos cuando sobreviene la disgregación no bien muere el Maestro. Pailós y Matto resultan ser los más fieles: no sólo se quedan a vivir en el Uruguay, sino que además son los que quedan más adheridos al estilo grupal. Aunque la visión de Matto se torna casi impalpable y la de Pailós se atreve a utilizar colores audaces y cambia el tenor de los signos. Entre los siete conformarán el patrimonio fuerte del Taller. Allí están las esculturas de Fonseca y la cotización internacional de Gurvich. El resto es una cadena de nuevos talleres, alumnos que se convierten en maestros. El constructivismo se desprende tanto de la pintura uruguaya que Castells le dedica anualmente subastas y catálogos especiales.
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