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JORGE ABBONDANZA
Hay directores de cine que han tenido una larga vida, como Frank Capra que murió en 1991 a los 94 años, Clarence Brown que se fue al otro mundo en 1987 a los 97, o Leni Riefenstahl que se despidió en 2003 a los 101 ya cumplidos. Pocos han sido tan longevos como el portugués Manoel de Oliveira, que el pasado 11 de diciembre cumplió sus 100 años y sigue trabajando como si fuera un muchacho de 80.
Ese señorito que había nacido en la alta burguesía de Oporto en 1908, debutó como realizador en 1931 y ha hecho desde entonces 39 películas, alcanzando con ellas no sólo un prestigio personal sino también los premios más ambicionados por cualquier colega, como el León de Oro de Venecia en 1985 y la Palma de Oro de Cannes en 2008.
Hace poco dirigió y escribió Belle toujours, hablada en francés y filmada en París, que vuelve a tomar -cuarenta años después- dos de los personajes de Belle de jour, una de las películas mayores de Luis Buñuel, que en 1967 contaba el caso un poco misterioso de la elegante señora que por amor a su marido libera en la realidad de un prostíbulo las fantasías masoquistas de ese hombre.
Ahora Oliveira elabora en Belle toujours un homenaje a Buñuel (y a su libretista de entonces, Jean-Claude Carrière) al provocar el reencuentro de aquella mujer con el viejo amigo que cuatro décadas antes había sido cómplice de su doble vida. Ese reencuentro será casual, se producirá en una sala de conciertos y despertará la curiosidad del hombre, que logrará combinar con ella una cita para comer juntos, en la que quizá pueda revelarse una parte del antiguo enigma y descubrirse si en su momento ese amigo divulgó el secreto de la heroína.
Las reseñas han sido muy elogiosas con la labor de Oliveira, calificándola como "una exquisita miniatura fílmica" o como "una película deliciosa, la guiñada de un gran cineasta a otro", cuya culminación al parecer son los 20 minutos de la secuencia final de la comida, en la que -según los críticos- hay que estar atento a la rutina gastronómica y a los significados que asumen esos platos.
Inicialmente, la idea de Oliveira consistía en lograr para los dos papeles centrales a la misma pareja que los había interpretado en 1967 (Catherine Deneuve y Michel Piccoli) pero sólo consiguió al actor, porque la Deneuve declaró que no estaba interesada en retomar su personaje.
Esa negativa estropeó en parte el proyecto, quebrando el espejo que se pretendía colocar ante el paso del tiempo, pero no impidió que Oliveira aplicara su refinamiento a esta obra de cámara que funciona como la posdata de un clásico del cine.
A fines de los años 60, Belle de jour formó parte del período más resplandeciente en la carrera de Buñuel, ese maestro de estilo punzante y mano invisible que en aquellos años también entregó Viridiana, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía o El fantasma de la libertad. En Belle de jour descargaba su rayo en las primeras escenas, para husmear luego con su nariz aragonesa en la doble moral y el culto de las apariencias de una clase social a la que supo examinar despiadadamente.
El creyente Oliveira considera que Buñuel "no creía en Dios porque sentía horror ante la crueldad humana", y para evocar ese devoto ateísmo prolonga en Belle toujours el rastro del creador español. Ojalá su película llegue al circuito montevideano, que merece algún pequeño festín al margen de la cachiporrera mercadería del cine industrial, aunque esas gratificaciones no siempre llegan. En este caso sería bueno que se produjera antes de que Oliveira pase a mejor vida.
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