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Francisco Gallinal
El próximo miércoles, así esperamos, ha de concretarse la convocatoria al Ministro de Economía, Álvaro García que promoviéramos hace ya un mes y que lamentablemente no se pudo concretar esta semana.
El motivo central de la instancia es la consideración del Proyecto de Ley remitido por el Poder Ejecutivo, en relación con el tope del endeudamiento que fuera fijado por la Ley 17.947.
Como se recordará, esta norma autorizó al Poder Ejecutivo a emitir deuda pública por los años 2006, 2007, 2008 y de 2009 en adelante, en tanto dicha emisión no llevase los incrementos de la deuda pública neta a superar los topes de 325, 300, 275 y 250 millones de dólares, respectivamente.
La Ley en cuestión, también definió el concepto de deuda pública neta a los efectos del cálculo de dichos topes y los ajustes admitidos a los mismos.
Asimismo, el art. 5º de la norma indica que el Poder Ejecutivo podrá superar en hasta un 50% el tope de deuda de un año determinado, en aquellos casos en que factores extraordinarios e imprevistos así lo justificaren.
Pues bien, el Mensaje que acompaña al Proyecto recibido invoca la ocurrencia de tales factores durante el año 2008.
Se señala allí que la crisis energética ocasionó un sobrecosto del orden de los 500 millones de dólares, que no pudo ser transferido a las tarifas por el riesgo inflacionario que ello implicaba y redundó en un deterioro muy significativo del resultado del sector público que, de otra manera, según este Mensaje, hubiera sido superavitario, permitiendo el cumplimiento de lo dispuesto sobre topes al endeudamiento público.
Debemos extraer un juicio muy severo en relación con el manejo de la economía de la presente Administración, que no es otro que la ratificación de cuanto hemos venido señalando y advirtiendo a lo largo de estos últimos años.
La administración fue por lo menos imprudente.
En una suerte de deslumbramiento por la bonanza que recibía y se prolongaba, incurrió en un comportamiento de nuevo rico, en una carrera de dispendio y despilfarro.
Y no es cuestión de objetar o no el destino de los gastos, o al menos de muchos de ellos, porque siempre es posible encontrar un buen motivo para gastar.
El punto está en la imprevisión, en la imprudencia, en la incapacidad para desarrollar una buena administración de los recursos que son de todos.
Una ley de la vida y de la economía es que siempre hay imprevistos, y que es de buena administración generar ahorros en las buenas épocas.
Pues bien, en este caso no se ahorró nada.
No es lo mismo decir que hubo factores extraordinarios que superaron cualquier previsión razonable, que no hacer ninguna previsión, como aquí ha sucedido.
Incluso después que el propio gobierno tuviera algún episodio de sobrecostos en años anteriores, que deberían haberlo puesto en alerta ante estas situaciones.
Vamos a escuchar las explicaciones que seguramente el actual equipo económico tenga para dar; con la mejor disposición.
Pero mucho nos tememos que poco se puede corregir a esta altura de una oportunidad perdida, y que el saldo de esta administración frenteamplista es, tristemente, más endeudamiento.
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