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Sábado 23.05.2009, 01:31 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Crónicas de luz y sombras

Talleyrand, el traidor intermitente

Luciano Álvarez

El 18 de junio de 1815 el imperio napoleónico dejó su último aliento en la llanura de Waterloo. Unas semanas más tarde Luis XVIII, de Borbón volvía a Francia desde Gante. Sobre el camino de la caravana se ajetrean los nuevos poderosos: aristócratas exiliados, viejos revolucionarios y recientes bonapartistas. Todos quieren influir, todos buscan un lugar en la Restauración.

El 7 de julio están a las puertas de París, en la abadía de Saint-Denis. Chateaubriand, diplomático y escritor, breve bonapartista y ahora ferviente partidario de los Borbones, espera ser recibido por el rey, sentado en el rincón de una oscura antesala: "De pronto, se abre una puerta: silenciosamente entra el vicio apoyado sobre el brazo del crimen, Talleyrand camina apoyándose en Fouché; la visión infernal pasa lentamente delante de mí, entra al gabinete del Rey y desaparece".

Este afortunado párrafo consagró a los circunstanciales aliados, como signos equivalentes de la traición: ambos habían servido a la Revolución, luego a Napoleón y ahora eran ministros de Luis XVIII. Pero las similitudes no van más lejos.

Fouché representa la peor versión de los pasillos del poder. Oportunista, traidor y criminal, su maldad sobrepasa aún los estándares de moralidad menos exigentes. Nadie lo recibiría en el imaginario living de su vida.

En cambio, Talleyrand desafía esos estándares e incomoda la corrección política. No siempre es posible cerrarle la puerta.

Su inteligencia suprema, su talento político, sus cincuenta años de influencia y el largo recuento de sus vicios obtienen la unanimidad de los historiadores: mujeriego hasta fatigar la promiscuidad, jugador, coimero de alta escuela, recibió "pots de vin" de todos los reyes y estados europeos, amante del lujo y la riqueza sin medida.

Hijo de una familia de la alta nobleza, el príncipe Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord nació en París en 1754. Como no podía ser militar -tenía un renguera congénita- a los quince años se le destinó a la carrera eclesiástica.

A los 26 años ya era "agente general del clero", una suerte de ministro de Finanzas de la Iglesia; alterna en la corte de Luis XVI y en los clubes políticos donde se incuba la revolución. En 1786 integra una misión a Londres y toma contacto con "el sistema político más perfeccionado del mundo", así lo definirá siempre. Años más tarde, ministro de Napoleón y en guerra con Gran Bretaña dirá: "Si Napoleón destruye Inglaterra destruirá la civilización europea".

Cuando la toma de la Bastilla, en 1789, es Obispo de Autun y diputado del clero a los Estados Generales.

En los años siguientes se convierte en una figura de primer orden dentro de la Revolución. Talleyrand firma el proyecto de Constitución de 1791; y se le debe el artículo VI de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano ("La ley es la expresión de la voluntad general [...] igual para todos…"). También propuso la adopción del sistema universal de medidas, y sentó las bases de la educación pública gratuita.

Profundo conocedor de la Iglesia y sus riquezas, será idea suya la confiscación de sus bienes para reforzar las cajas del Estado.

El 14 de julio de 1790 vive el apogeo de su gloria. En la fiesta de la federación, ante 300.000 personas, el obispo de Autun celebra misa asistido por 300 sacerdotes y toma el juramento de Luis XVI a la nueva Constitución.

Fue su última misa antes de dejar formalmente los hábitos, afiliarse al ala moderada de los jacobinos y ser enviado en misión a Londres para negociar un acuerdo con Inglaterra.

Durante el Terror vuelve a Inglaterra; es expulsado en 1794 y se radica dos años en los Estados Unidos. Allí descubre con sorpresa, que el comercio entre las antiguas colonias y Gran Bretaña era floreciente a pesar de la independencia y la guerra angloamericana. En cambio con Francia -que había contribuido grandemente a la libertad de aquel país- permanecía en niveles exiguos. Debe concluir entonces que los negocios son más poderosos que las afinidades políticas y morales. Una hipocresía mayor que todos los vicios de Talleyrand.

Ministro de Relaciones Exteriores en 1796, luego de la caída del régimen jacobino, intuye que el futuro está en el joven general Bonaparte y trabaja para llevarlo al poder. También Napoleón conoce su valor: "Posee muchas cualidades que son necesarias en la negociaciones: la mundanidad, el conocimiento de las cosas de Europa, la fineza, por no decir más, una inmovilidad en los rasgos que nada puede alterar, en fin, un gran hombre".

Pero sus relaciones terminan mal. Cuando Talleyrand comprende que el emperador ha ido demasiado lejos, renuncia a su puesto. Bonaparte le increpa: "El Señor de Talleyrand es una bosta dentro de unas medias de seda"; impertérrito sigue conspirando para preparar un futuro post-napoleónico que concreta en 1814, con la abdicación del emperador, el regreso de los Borbones y la imposición de una constitución liberal al estilo inglés.

Inmediatamente parte para Viena, donde se inicia el Congreso que habrá de consagrar un nuevo orden internacional. Lleva con él a Antoine Carême, su cocinero personal, el más grande de su tiempo.

En aquel carrusel de fiestas, banquetes y bailes donde todos aparentan, seducen y mueven peones en el tablero internacional, Talleyrand es insuperable. Cada noche recibe a reyes y diplomáticos, subyugados por la cocina de Carême. Cada mañana, el príncipe baja a la cocina para coordinar el menú del día y recoger minuciosamente las informaciones y confidencias que su personal de servicio ha escuchado en la noche anterior.

Talleyrand, representante de la Francia vencida, obtiene logros insólitos para un país derrotado.

Sin embargo, a su regreso, Luis XVIII, presionado por los ultras, lo deja de lado. Como no participó del terror rojo jacobino, tampoco participará del terror blanco ultrarrealista. Tiene 61 años, una edad avanzada para la época, pero no está acabado.

Quince años más tarde reaparece en el corazón de los movimientos políticos que provocan la caída de Carlos X y el ascenso de la monarquía liberal de Luis Felipe I. Cumple, entonces sus últimas misiones, procurando negociar un tratado y echar las bases de un acuerdo de largo plazo con Inglaterra.

El príncipe Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord murió el 17 de mayo de 1838, habiendo tenido la prudencia de reconciliarse con la Iglesia, cuatro días antes. "No olvide que soy Obispo", le recordó al cura que le daba los últimos sacramentos. "Era capaz de engañar al Cielo y a la Tierra", sentenció Renán.

Los odios no murieron con él. Todos los partidos sentían que los había traicionado, porque su fidelidad era hacia una idea del Estado, nunca a los hombres que circunstancialmente estaban a su frente: "Los regímenes pasan, Francia es permanente", escribió. "A veces, sirviendo ardientemente a un régimen se traicionan los intereses del país. Sin embargo si se sirven los del país estaremos seguros que no traicionaremos más que con intermitencias".

El País Digital

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