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En el Club Naval, en 1984, el Partido Colorado, el Frente Amplio, la Unión Cívica, y un partido "Laborista" cuya existencia se agotó en aquella presencia -arrimado para ponerle la cuarta pata a la mesa ante la ausencia del Partido Nacional- concedieron la impunidad a militares y asimilados, por los crímenes de la dictadura. Lo confirmó estos días el Presidente del Directorio nacionalista, Carlos Julio Pereyra, testigo de la historia de altísima calificación.
Se recordará que el Frente Amplio, desde su fundación a nuestros días, vivió muchos ingresos y salidas de partidos grupos y personalidades de relevancia política. Por ejemplo, los tupamaros no son el Frente. Fueron anteriores a la coalición, y en definitiva quienes trajeron de la mano a la dictadura. La historia reciente -la honesta- ya no discute que la guerrilla fue anterior y una de las causas determinantes de la represión. Los tupamaros ingresaron al Frente Amplio luego de la restauración democrática, levantando varias y fuertes resistencias al principio, por parte del General Seregni por ejemplo, y ni qué hablar de los comunistas.
El Partido Comunista y las centrales sindicales apoyaron entusiastas los primeros pasos de la dictadura militar, documentados en los Comunicados 4 y 7. En ese entonces, las Fuerzas Armadas habían derrotado a la guerrilla tupamara. Comunistas y tupamaros se han rechazado histórica y sistemáticamente como el agua y el aceite, aunque ahora se hable -es un rumor de los que circulan- que el apoyo comunista al precandidato oficial tupamaro del Frente Amplio, se sustenta en un acuerdo según el cual, si Mujica fuera presidente, la Intendencia de Montevideo se entregaría a un o a una comunista.
Pero cuando los militares negociaron la entrega del poder, necesitaron darle base representativa al diálogo y por eso integraron al Frente. La izquierda hacía y concedía cualquier cosa con tal de obtener su reivindicación política. Y la consiguió, iniciando así el proceso que 20 años después la instalaría en el gobierno.
Informa "Búsqueda" del 14 de mayo, que Carlos Julio Pereyra ante un grupo de jóvenes militantes del Movimiento de Rocha afirmó que la Ley de Caducidad nació en el pacto del Club Naval, y que lo que se votó en el Parlamento fue una simple formalidad jurídica. En el Parlamento, dos años después, "en donde estaba la prensa", enfatizó el histórico dirigente nacionalista.
Pereyra invocó dos reuniones en 1986 en las que estuvo presente, en las cuales los militares reclamaron una ley que protegiera a su gente, a quienes se habían excedido en la represión. Una en la Estancia de San Juan y otra en el Palacio Estévez. En esta última fue donde, en presencia de autoridades nacionales y todos los partidos políticos, reconocieron haber cometido actos no deseables, pero recordando en ambos casos que la no revisión de los excesos se había acordado en el Club Naval.
En esa reunión, el entonces Presidente Sanguinetti dijo no saber si ello quedó formalmente establecido, pero admitió que de eso se habló. Luego Seregni -nada menos- puntualizó que "bueno, yo también creo que no quedó formalmente declarado, pero estuvo subyacente en las conversaciones", y la Unión Cívica admitió que "sí, probablemente no quedó formalmente establecido, pero… estuvo sobrevolando en las conversaciones". Es que el sentido común lleva a esta conclusión, para lo cual una breve frase del General Medina terminaba con todas las dudas: "nadie entrega todo para no recibir nada".
Ahora, no el Frente, pero sí dirigentes y sindicalistas, en el colmo de la hipocresía pretenden la "anulación" de la Ley por una reforma constitucional. ¿Por qué teniendo mayorías para ello no la derogan? Porque la derogación surte efecto para el futuro, y este mamarracho, si lo aprueba la Corte Electoral y obtiene la mayoría necesaria, trae como consecuencia la ficción jurídica que la ley -que tuvo vigencia por veintitrés años- no existió nunca. ¿Qué se busca con este engendro? Para unos crear una mística, un espíritu que unifique una coalición hecha trizas. Otros, ante la evidencia que la enorme mayoría de los amnistiados han muerto, tejen versiones sobre las cuales no vamos a ingresar porque faltan pruebas.
En todo caso, es un abuso a la buena fe de la ciudadanía. El Partido Nacional debería difundir el célebre diálogo televisivo de Wilson con Seregni, en donde salió a luz la parodia frenteamplista.
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