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Juan Martín Posadas
La campaña electoral está avanzando a toda máquina. De sus tensiones y jadeos se pueden aprender algunas cosas. Aprender lo que hay que hacer y también lo que no hay que hacer.
Se supone que, para sacar provecho a tanto esfuerzo y tanto gasto, cada candidato ha elaborado una estrategia prolija, asesorado por los consejeros más connotados y bien pagos del medio. Se supone que un primer axioma de esa estrategia electoral sea destacar los mejores aspectos del candidato propio por un lado y, por el otro, poner a la vista los puntos flojos del potencial adversario para atacarlo por donde es más débil. Se supone. Pero hay indicios que disparan la duda: de ahí la perplejidad.
Voy a centrar la reflexión en mi partido; mejor dicho, en aquel que será -prácticamente es- el contrincante con el cual nos mediremos en la disputa por la Presidencia y el próximo gobierno: Mujica.
Mujica es parte del gobierno actual y fue responsable personal del Ministerio de Ganadería y Agricultura y, a través de su sector político, del Ministerio de Trabajo. Su gestión como Ministro fue floja, como podía suponerse de alguien sin preparación específica.
Su gran obra, su momento estelar, fue el asado del Pepe (que no tiene nada que ver con una política agropecuaria). Durante su período el agro creció y se desarrolló como nunca, apoyado en sí mismo y en coyunturas de novela, pero sin que el Ministerio se enterara, abrazado éste a su banderita de arcaicos postulados ideológicos: ley de colonización, ley de ordenamiento territorial y uso del suelo, prohibir la titularidad de la tierra a sociedades anónimas y dictar -desde el escritorio- un estatuto del peón rural (bienintencionado pero -que me corrijan si me equivoco- que no le va a mejorar la vida a nadie). Implantó la trazabilidad pero frenó los transgénicos y cuando se vino la seca dijo que no era para tanto.
Si uno interroga hoy a la gente de campo sobre la gestión de Mujica recibirá probablemente una respuesta de desilusión.
Ese es el Mujica de hoy, eso es lo que él tiene para mostrar. Pero algunos piensan que hay que dejar pasar al Mujica de hoy para criticar al Mujica de treinta años atrás.
Extraño razonamiento. Si la gestión en el Ministerio hubiera sido brillante a tal punto que una crítica se presentase como muy difícil, uno podría entender la reversa de treinta años para encontrar con qué darle. Pero no es el caso. Y aún ese camino tendría poca efectividad para el fin propuesto de incrementar nuestro caudal electoral: la mayoría de los electores no vivieron ese pasado y, para otros, lo que hicieron los tupas cuarenta años atrás está procesalmente concluido (de eso no cabe duda) y "semióticamente" cancelado a cuenta del maltrato, la tortura y el aljibe.
La crítica al Mujica de hoy es fácil y clara. La crítica o el ataque al Mujica del ayer es -creo yo- inútil e inapropiada.
No discuto si esa crítica (la del ayer) sea verdadera o no, porque eso es indiscutible: señalo que es inútil para el objetivo de avivar la brasa de una ilusión, conseguir nuevos adeptos al partido y ser promotores de un Uruguay con más entusiasmo y gusto por el futuro.
Podría agregar, a título más personal, que esa inclinación a desandar caminos me suena como una manifestación más del peso patológico con que el pasado abruma el ánimo y la mente de los uruguayos; endémica confusión que nos inebria, nos consume y nos ha llevado a creer que la forma de construirnos un futuro es construir el pasado.
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