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El basquetbol uruguayo llora sus primeros muertos. Dos jovencitos fueron asesinados en incidentes ocurridos fuera de las canchas, pero vinculados al basquetbol y a la pasión desmedida que algunos desencadenan alrededor del deporte. Hasta hoy el fútbol ostentaba entre nosotros el deplorable privilegio de acceder periódicamente a la crónica roja. Ahora le llegó el turno al basquetbol, un deporte en ascenso, de popularidad creciente y con clubes representativos de sus respectivos barrios, que en estos días se cubre de luto.
De golpe, ese auge del basquetbol queda condicionado. Hicieron bien sus autoridades en suspender todas las actividades. Así debería ser hasta que se sepa con detalle quiénes y por qué empuñaron las armas asesinas en los dos casos. Y, sobre todo, hasta que se aclare la situación de las instituciones afectadas por estos episodios que han conmovido a la población como lo demostraron las dos multitudinarias manifestaciones de pesar y protesta que partieron desde la Aguada hasta el ministerio del Interior.
Ahora se reclama una mayor coordinación entre los clubes, las autoridades del basquetbol y la policía. Empero, entre las medidas imaginables para evitar la repetición de estos hechos hay una que todos los clubes de basquetbol deberían adoptar de inmediato. Esa que se pide para el fútbol cada vez que estallan disturbios y que pocas veces se concreta: que sean los propios clubes quienes vigilen y, llegado el momento, purguen a sus propias hinchadas.
Hay que terminar con las barras bravas, esos grupos de energúmenos que operan a veces por las suyas, y otras con el apoyo indirecto de los clubes que les brindan transporte y entradas gratuitas. Ahí está, potencialmente, el principal, aunque no el único, foco de violencia.
Porque el problema, se afirma con razón, desborda la esfera deportiva. La violencia en la sociedad termina por reflejarse en todos los planos. No es extraño que, por detrás de esta tragedia en torno al basquetbol, emerja ahora una suerte de subcultura juvenil de inaudita ferocidad como lo prueba esa foto difundida en internet en donde un adolescente posa con un enorme cuchillo entre los dientes y lanza una sarta de amenazas a quienes considera sus adversarios.
Ante expresiones de tal virulencia cabe preguntarse si, en ciertos casos, el deporte no sirve de mera excusa para que algunos jóvenes busquen canalizar su iracundia criminal. Esto no significa prejuzgar sobre el origen de los dos crímenes consumados en la Aguada, pero es evidente que hay en juego un tema de valores juveniles que debe analizarse.
Ahí está la idea de un machismo mal entendido y la naturalización en el uso de las armas. También, ese concepto errado de solidaridad de grupo que lleva a sus miembros a no delatar ni siquiera a un asesino, en una conspiración del silencio que complica al extremo la investigación policial.
Contribuir a ponerle coto a este estado de cosas no es sólo tarea de los clubes o de la policía. También la justicia puede hacer mucho como lo acaba de probar una jueza en Paysandú que procesó con prisión a los padres de un menor que había perpetrado numerosos delitos. En este fallo, que debería marcar el rumbo a seguir por la justicia de aquí en adelante, se explica que se los procesa por haber incumplido con sus deberes más elementales. Que este fallo sirva de ejemplo y advertencia a los padres de menores que andan en malos pasos.
Un elemento positivo entre tantas tribulaciones fue la actitud de familiares, amigos y vecinos de los jovencitos asesinados que expresaron su dolor, que exigieron respuestas al ministerio del Interior y que exigen justicia, pero no revancha. Con la excepción de algunas denuncias aisladas sobre ciertos actos de provocación registrados horas después de cometidos los crímenes, no hubo, felizmente, reacciones destempladas que lamentar. Eso es señal que la mayoría comprende que los imperativos de la hora consisten en cooperar con la policía y la justicia para castigar a los culpables, así como en extender la solidaridad a las familias de las víctimas y al club de basquetbol afectado por la bárbara acción de los criminales.
Aunque la pérdida de dos vidas jóvenes es irreparable, esta tragedia de la Aguada debería inspirarnos a todos en la búsqueda de soluciones al flagelo de la violencia juvenil.
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