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ALFONSO LESSA
Hace mucho que la inseguridad pública dejó de ser una simple piedra en el zapato para la izquierda: a esta altura, constituye sin duda su mayor debilidad, lo que se refleja en la indignación de la gente.
Los notorios problemas que tiene el gobierno para enfrentar de manera firme el combate a la delincuencia, se cruzan con cambios indudables en una sociedad en la que ha crecido de manera asombrosa el culto a la violencia y hasta de la muerte, como se escucha a veces en algunas tribunas de fútbol.
El doble asesinato de dos adolescentes el viernes 15 en las inmediaciones del club Aguada, en el marco de un partido entre 25 de Agosto y Nacional, generó una verdadera conmoción. La artera puñalada y el balazo traidor que segaron las vidas de adolescentes, casi niños, partidarios de Aguada, destruyeron dos familias y golpearon muy duro a sus conocidos, pero también a la sociedad en su conjunto.
El jueves, cuando se pidió un minuto de silencio en homenaje a los dos adolescentes, antes del partido entre Defensor Sporting y Boca, decenas de miles de personas estallaron en un aplauso. Ese aplauso cerrado y espontáneo reflejaba el estupor de la sociedad.
Por supuesto que este caso hizo reaparecer las discusiones y la búsqueda de responsabilidades que nadie asume.
Los problemas sociales, la exclusión social, la droga, las causas económicas y profundas que sin duda existen y deben ser combatidas, se han convertido, en una gran excusa en el que todo se diluye para que nadie asuma sus responsabilidades.
Así hay que escuchar que los operativos en los que reina la violencia y hay muertos, fueron perfectos, un día porque la policía tenía la orden de vigilar lo que ocurría afuera de la cancha -como en Danubio y Nacional- y otro porque la orden era cuidar adentro, como el viernes anterior en Aguada; que los responsables son siempre ajenos, que el basquetbol no tiene nada que ver; que el fútbol tampoco, aunque todo el mundo sabe, como se empieza a reconocer, que hay dirigentes que cobijan a los violentos.
También los uruguayos deben escuchar un día y otro justificaciones de todo tipo acerca del homicidio alevoso en las calles o domicilios, el robo, la rapiña, el copamiento; el destrozo de cárceles y centros de menores; o el manejo de cifras que no incluyen a los muchos que ya ni siquiera hacen las denuncias; en fin, el amargo pan de cada día que la ministra Tourné no quiere ver en los noticieros por "salud mental".
Todas las encuestas coinciden en que la seguridad pública es hoy la principal preocupación de los uruguayos. Razonablemente, entonces, el tema se ha colocado en el primer plano de la campaña electoral.
A veces se intenta presentar a la ministra Tourné como víctima de la campaña electoral, aunque tal vez esté ocurriendo exactamente lo contrario: en voz baja, figuras de primer orden del oficialismo reconocen su preocupación y disconformidad con la gestión de la secretaria de Estado. Pero admiten que no pueden decirlo en público para evitar riesgos electorales. No se necesita demasiada agudeza para apreciar las diferencias en la propia campaña. Cada discurso de José Mujica, por ejemplo, marca distancias claras con muchas de las políticas de seguridad que se llevan adelante actualmente.
Estos dos asesinatos llenaron de tristeza a la gente y generaron una reacción social profunda que quizás pueda abrir un camino de cambio. Tal vez alguien escuche realmente los conmovedores mensajes leídos por compañeros y familiares de los chicos muertos que, de paso, pidieron que nadie los use políticamente.
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