|
||||||||
JORGE ABBONDANZA
A veces esta sociedad obliga a formularse grandes preguntas. Por ejemplo, si corresponde seguir luchando -como lo hace la crítica- para sensibilizar al espectador y ayudarlo así a disfrutar de las calidades del cine o las hermosuras del arte plástico, considerando que una parte cada día mayor de la población de este país no sólo vive ajena a esos privilegios, sino que además ignora ciertos principios esenciales que parecen inseparables de una convivencia civilizada, como el valor de la vida humana o la conciencia sobre los derechos del prójimo.
Tales dudas surgen cuando ocurren episodios como los del viernes 8 en torno al asesinato de dos adolescentes, porque esas muertes no fueron causadas por un repentino arrebato de ferocidad o una desgracia accidental, sino por los extremos de conducta a que puede llevar el fanatismo deportivo.
Cuando ese impulso es capaz de atravesar los razonables márgenes de entusiasmo o apasionamiento colectivo, para ingresar en el territorio de la agresión física y el homicidio planificado (con provisión de armas blancas o de fuego), la sociedad enfrenta una crisis que los uruguayos no parecen dispuestos a reconocer.
Esa crisis tiene lugar cuando se desploman los valores cívicos y morales que mantuvieron en pie el funcionamiento comunitario. El problema de los menores criminales que estremece actualmente al país, un fenómeno que abarca gran variedad de delitos en medio de los cuales el caso del viernes 8 en la Aguada es apenas un ejemplo, debe contemplarse como el producto de sectores marginales de la sociedad, que demográficamente son cada día más influyentes porque es en esa periferia donde la población se reproduce a mayor velocidad, y es allí donde se encuentra la gente intelectualmente más desvalida, afectivamente más desamparada y económicamente más desprovista.
No es necesario que una familia sea indigente para que integre esa franja, ni que habite en la precariedad de los asentamientos. Es suficiente con que padezca la profunda desculturización que ha arrasado en las últimas décadas a los uruguayos, un proceso cuya consecuencia (nunca tomada en cuenta por los políticos) puede ser la frontera de barbarie en que se ubican esos jóvenes montevideanos que van armados al liceo o al partido de basquetbol, un hecho inconcebible en el Uruguay de ayer que sin embargo es propio del Uruguay de hoy.
Esa calamidad nos coloca a un solo paso de la degradación juvenil centroamericana, donde los muchachos se incorporan a las bandas delictivas llamadas "maras", en busca de reafirmar una tambaleante identidad o como amparo afectivo para remediar la protección que no encuentran en la vida doméstica.
Habría que hacer un hondo cuestionamiento del espectáculo deportivo como fuente de expansiones populares, porque esa fiesta ha derivado hacia terrenos más sórdidos, cuando no sangrientos. Y habría que ver si en la situación actual los críticos no deberían convertirse en misioneros, desentendiéndose de sus bizantinas aspiraciones de refinamiento para ocuparse de catequizar a un público desprovisto de nociones elementales, que por eso mismo puede ser un peligro mortal ante el resto de la población. Hasta el momento siguen pendientes las dudas al respecto.
| « volver |
Al senador blanco Julio Lara le comunicaron que tenía una llamada del presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Larrieux, ...
El ex arquero paraguayo y uno de los principales referentes del fútbol de ese país José Luis Chilavert, denunció ante la Policía ...
En el mástil del pabellón patrio de la principal plaza fernandina se colocó una bandera del Partido Comunista. El senador Enrique ...
El eventual ingreso de la gripe A al país, sumado a la aparición de enfermedades respiratorias a causa del frío, pone en guardia ...
Una actuación judicial adicional, relativa al escandaloso caso de los casinos municipales montevideanos, demuestra que las ...