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Martes 12.05.2009, 04:53 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

Mi despedida

Gonzalo Aguirre RamÍrez

Dijo Irureta Goyena, al dejar su cátedra de Derecho Penal: "Un hombre que deja de hacer lo que ha hecho, con amor, durante muchos años, es un viajero que se despide de sí mismo, y esa despedida es la más melancólica, quizá, de todas las despedidas". En tal situación me encuentro.

Me inicié en el periodismo porque, allá por 1957, mi queridísimo abuelo, don Juan Andrés Ramírez, publicó mi primer editorial, ciertamente para alentar mi vocación de borronear cuartillas. Y lo logró. Si algún éxito alcancé en este oficio, lo debo, en gran parte, a haber oficiado de sacristán en la parroquia de "El Plata", cuya rectoría él ejercía.

Cincuenta y dos años después, vio la luz mi último editorial, publicado en esta página el pasado tres de marzo. Concluye así, por ahora y por decisión personalísima, mi quehacer periodístico. Con el Sol ya a la espalda, y con demasiadas cargas sobre ella, considero que debo alivianar el peso de la mochila.

Legislador, Vicepresidente de la República, docente en Derecho Constitucional, político, escritor de libros de historia y de derecho, así como abogado -profesión que nunca he ejercido tan intensamente-, es, la actividad que abandono, la que más me ha atraído a lo largo de mi vida. Lamento no haberla podido practicar con mayor continuidad. El cierre de "El Plata", en 1968, y más tarde la dictadura, me impidieron ejercerla regularmente durante más de una década.

Pero en 1981, al aparecer "La Democracia", volví a coger la pluma. Me alterné en la redacción de sus editoriales con Alberto Zumarán. Tarea estimulante como ninguna, porque luchábamos por el restablecimiento de las libertades conculcadas. Restablecidas éstas y, bajo la dirección de Wilson, fui "contratapista" suplente de Julián Murguía. En 1986 también dirigí, por algunos meses, el semanario "La Razón", de corta vida.

Concluida mi función vicepresidencial, que volvió a alejarme del periodismo de opinión, un buen día de 1995 el Dr. Washington Beltrán me ofreció colaborar, bajo firma, en esta página política de El País. También lo hizo el Dr. Daniel Scheck. Acepté, complacido, tan honrosa y generosa invitación. Años más tarde, al declinar por ley de la vida las energías de nuestro inolvidable director, comencé a alternarme con él en la redacción de los editoriales dominicales, tarea que consideré un gran honor y una alta responsabilidad.

El Dr. Beltrán me trató siempre, desde mi lejana juventud, con afecto y mucha consideración. Lo evoco, pues, con cariño, profundo respeto y admiración por su brillante y polifacética trayectoria. A él, así como a su hermano, el entrañable Enrique, a Daniel Rodríguez Larreta, Martín y Aureliano Aguirre, los recuerdo jóvenes, cuando mi padre solía llevarme al edificio de la Plaza Libertad, en cuyo primer piso compartían una sala de trabajo los redactores políticos de El País y El Plata. Desde entonces, más de seis décadas atrás, atesoro muy gratos recuerdos de esta casa periodística.

Creo haber aprendido algo, leyéndolos desde muy joven, de los mejores cultores de esta notable profesión: Juan Andrés Ramírez, Carlos Quijano, Carlos Manini Ríos y Washington Beltrán, entre otros. En la forma, cláusulas breves, pocos adjetivos y muchos sustantivos, como aconsejaba don Juan Pivel Devoto. En el fondo, una prédica fiel a los principios y una crítica severa, de ser necesaria. Pero sin injurias, porque el agravio es la razón de quienes carecen de ella.

A lo directores de El País y a cuantos me han estimulado con generosa aprobación a lo largo de estos catorce años, mi más cálida gratitud. Y a quienes, desde el vil anonimato, han hecho lo contrario, les deseo que sanen de su odio, que, por anidar en el alma, es la peor de las enfermedades.

El País Digital

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