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Francisco Gallinal
No hace mucho tuvimos ocasión de señalar nuestra opinión, en el sentido de que este gobierno frenteamplista estuvo lejos de "dar la talla" ante los desafíos que la conducción de los destinos del país le impuso. Y para peor, se debió pura y exclusivamente a falencias propias, porque por más que intentaran agitar el fantasma de "la herencia maldita", tuvieron a su favor un conjunto de circunstancias internas y externas totalmente inéditas.
En lo interno, las mayorías parlamentarias, que sistemáticamente fueron, o mal usadas o desperdiciadas. En lo externo, una bonanza económica fenomenal. Esta, también, fue pésimamente administrada, gastada con pertinacia manirrota hasta el último peso, de tal manera que ahora, cuando llega el momento de pasar raya, constatamos que: a) no se redujo impuestos, en tanto se introdujo el IRPF y los aportes al Fonasa, b) no se realizaron inversiones públicas de significación, a pesar de que desde el día cero hasta el de hoy escuchamos lamentos por la insuficiencia energética, c) no se generaron fondos de ahorro para enfrentar las épocas de vacas flacas que absolutamente todos, salvo el gobierno, sabían que habían de sobrevenir; d) obviamente, no se eliminó el déficit en las cuentas públicas, dado que el déficit fiscal se mantuvo y acumuló en estos cuatro años alrededor de US$ 600 millones; e) tampoco se redujo el endeudamiento público, sino que también aumentó, sin que se tenga muy claro el destino del mismo.
A los errores cometidos se agrega la soberbia con que fue abordada la acción de gobierno, ese espíritu refundacional según el cual todo lo anterior estaba mal y la historia comenzaba a escribirse desde marzo de 2005. Lo que implicaba desestimar todas las advertencias de la oposición, en todos los temas, no importaba cuál: seguridad pública, relaciones internacionales, relaciones laborales. Al parecer, el frenteamplismo, no concibe que se le pueda efectuar aportes de ideas y comentarios sinceros, que anteponen el bienestar del país a consideraciones menores de costos y lucros partidarios. Cuando se hizo notar que la crisis económica internacional sería profunda, quienes alzamos la voz en ese sentido fuimos tildados de antipatriotas, solamente para que pocos meses después el gobierno venga al Parlamento con el sombrero en la mano, solicitando aumentar los topes al endeudamiento público argumentando su imposibilidad de recortar gastos por el impacto de la crisis.
O como cuando fundamos nuestra posición contraria al IRPF, dando múltiples razones y advirtiendo, además, que el mecanismo de acumulación de ingresos a la hora de las respectivas liquidaciones generaría enormes malestares a los contribuyentes. Respuesta: oídos sordos. Sin embargo, ahora se ha dispuesto no aplicar plenamente ese mecanismo, al menos para el caso del aguinaldo, en razón del fuerte incremento que genera en el tributo que los trabajadores deben efectuar y el intenso malestar de los contribuyentes.
Se nos dirá: es una cuestión menor, instrumental. Puede ser, pero es bien clara, práctica e ilustrativa de lo que ha sido la posición dogmática y petulante del gobierno, y cómo la cruda realidad le ha venido imponiendo los criterios que antes se negaba a reconocer. Lamentablemente, tarde y a los ponchazos. De puro porfiados, nomás.
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