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IGNACIO DE POSADAS
Los primeros suelen condicionar a las segundas y, por definición, de manera negativa, del momento que las metas de un país deben basarse en la realidad y sus mitos son precisamente eso: construcciones ficticias fruto no del ser, sino del querer que sea.
Este es un fenómeno que se da marcadamente en sociedades conservadoras, cuya cultura tiene un fuerte peso nostálgico: "todo pasado fue mejor" y pocas hay con un anclaje en mitos del pasado tan profundo como la uruguaya.
Nuestro pasado mítico actual está en los `50. Ya no el prototipo del gaucho o del charrúa, sino Maracaná, la Suiza de América, "como el Uruguay no hay". A partir de ese espejismo-premisa se fueron montando otros mitos:
El problema central del país no es producir, no es ganarse la vida, es distribuir: que me den ingresos, educación, salud, vivienda y aquellas otras cosas que vamos incorporando a la lista de lo que llamamos derechos (antes eran expectativas).
Los problemas del Uruguay se explican porque la riqueza se distribuye mal y eso ocurre por la perfidia de los poderosos. Antes se llamaban Capitalistas y burgueses. Hoy les dicen Neoliberales.
Son los que le hacen creer a la gente que primero hay que producir para poder distribuir; los que han tenido sometido al Uruguay al imperio egoísta de un mercado despiadado y salvaje.
Pues, en los `50 nuestro país ya había entrado en el estancamiento y no precisamente como consecuencia de aplicar políticas neoliberales.
Tan claro como que es difícil percibir el perfil neoliberal o las aristas salvajes de un mercado libertino, en una economía en la cual el Estado tiene el monopolio del refinado y últimamente también de la distribución de combustible; de la distribución y comercialización de energía; la telefonía llamada fija (el resto es un oligopolio), el suministro de agua y alguna cosa más.
Ese mismo Estado interviene en la fijación de salarios, tanto públicos como privados, en la determinación de algunos precios (a veces porque tiene competencias para ello, caso el boleto, otras de puro pesado), en regular la educación (toda ella), la salud (ídem), la actividad financiera, los seguros, los transportes, las profesiones liberales, la producción de carne y de otros alimentos, etc., etc.
En la denominada jungla neoliberal uruguaya el Estado está metido en casi todo.
De esos mitos centrales salen otros que la gente instala en diferentes sectores.
Así, es muy expandido en nuestro país que el pésimo desempeño en materia educativa es achacable a la falta (eterna) de recursos o que el problema, exponencialmente creciente, de la marginalidad se explica por la perversidad de un sistema neoliberal y se arregla con planes estatales, fuertemente aceitados con plata.
Como Bruce Willis, los mitos son duros de matar, al tiempo que permiten la muerte por inanición de quienes creen en ellos.
Los Tupamaros fueron un gran mito. Un trágico mito, que costó al país sangre, sufrimiento y pérdida de libertad.
Nuestras metas deben ser apostar al Hombre, confiar en él. Ayudarlo a ver la realidad, más allá de los espejismos y apoyarlo en la búsqueda de las verdaderas soluciones.
Si alguna vez, que ya no eran los años `50, el Estado uruguayo pudo por sí producir razonablemente, emplear dignamente, enseñar satisfactoriamente y hacer algunas otras cosas, hoy ya no es así. La realidad, no teorías neoliberales, nos está diciendo eso, a los gritos.
Todavía ganamos algún partido, cuando la suerte nos acompaña (en Maracaná tuvimos un tarro descomunal), pero en las otras cosas, el mito hace agua por todos lados. Ya no podemos ni caminar por la calle sin miedo.
Hay que destruir los mitos.
Ofrecer esperanzas sí, pero no vanas. Esperanzas fundadas en el esfuerzo. Las que hicieron el auténtico Uruguay de oro. No el del `50. El de los nuestros antepasados inmigrantes: laburantes, ahorrativos, familieros. Hombres y mujeres concientes de sus deberes y agradecidos de sus derechos.
El país tiene que fijarse metas. Por lo menos una: la excelencia. Excelencia en la educación, en la salud, en la limpieza de las ciudades, en la seguridad, en el orden, en el respeto, en la producción... En todo.
Sólo así podremos salir del pantano mediocre e igualitario en que nos hemos dejado entrampar.
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