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Sábado 09.05.2009, 14:04 hs l Montevideo, Uruguay
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Nacional


Desde el recodo

Por tercera vez

Enrique Beltrán

La ascensión al poder del Frente Amplio se produjo cuando el país comenzaba a revertir la crisis que sacudió a la región y se abría un período de excepcional bonanza. La euforia de la victoria, la oleada de prosperidad que ya apuntaba en las postrimerías del gobierno anterior, y una ideología que no desechaba las pretensiones mesiánicas tantas veces fracasadas, se instalaron en el gobierno. Lo hicieron como si fuera su dominio natural. Por lo tanto no pareció descabellado eternizarse en él, como si fueran sus dueños. Hacia allí encaminaron todos sus esfuerzos desde los primeros días de su llegada al poder.

En poco tiempo se fue trasuntando esa pretensión de dominio, con creciente soberbia. Empezó a traducirse de diferentes maneras, todas las cuales apuntaban más o menos, a fabricar un fundamento de base, que diera apoyo a esa pretensión. Proclamaron entonces, desde su más alto escalafón, la creencia de que recién con su llegada al gobierno, el país había sacudido su larga somnolencia histórica en la que le tenían sumido los partidos tradicionales. Poco había que rescatar de aquel pasado: apenas un desierto de desechables huellas. Estaba largamente esperando a quienes empezaran a escribir sus páginas más valederas. No solo algunos de sus voceros, sino el más alto de ellos que es el Presidente de la República, empuñó ese verbo con alta frecuencia. Algunos de los que tenían esa mentalidad, en ocasiones la sentían más enraizada en las gestas ajenas, cualquiera fuese el montón de horrores y crímenes que llevaran encima, que con las que nos dieron patria y forjaron las libertades de sus hijos. Aquella ignorante soberbia, junto a los credos y modelos que les atraían y que no los encontraban ni en nuestra historia ni en nuestros gobiernos, desataron desde el principio vientos de intolerancia, algunas veces con desafío y burla a las propias disposiciones constitucionales. Otras veces un sentido de nacionalidad desteñido, congruente con aquella concepción desmerecedora, que más de una vez se hizo presente en buenos trechos de nuestra vacilante política internacional. Esa mentalidad se ha ido reflejando desde su inicio en el exclusivismo que fue el signo característico de ese período de gobierno, en la sustitución del adecuado funcionamiento parlamentario por las resoluciones y proyectos del comité, en la tenaz resistencia a dejarse investigar, cualquiera fuese la gravedad de los cargos, a tal punto que solo en el caso de los casinos se registra una de las pocas excepciones a esas negativas tenaces. Todo ello ha sido acompañado de quejas y enojos por el ejercicio de la libertad de prensa y de ahí sus proclamadas molestias por sus críticas. A medida que se acerca la hora de las urnas se van poniendo en juego todos los recursos del poder, se van escalando para ver de doblegar la voluntad cívica de nuestro pueblo. No se ha vacilado en desconocer la Constitución como ocurrió con el Presidente de la República cuando pese a su investidura nacional y a la expresa prohibición de intervenir en política dejó de lado lo dispuesto por la Carta Magna y convocó a un acto que la colectividad además pagó a pesar de su ilícito flechaje político. Pienso que ya próximo a las decisiones de las urnas, pocas veces desde que nuestra democracia se consolidó se ha registrado ese engranaje de captación y de presión como el que el oficialismo ha montado. El voto secreto fue el gran grito de liberación el 30 de julio de 1915, lo fue también muchos años más tarde en la derrota de la dictadura. Es esta una nueva ocasión para su triunfo y grandeza.

El País Digital

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