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Hernán Sorhuet Gelós
Nos encontramos en un momento muy especial, en una coyuntura excepcional dominada por la palabra crisis. Debemos aprender a lidiar con la crisis del cambio climático. Una situación que va arrinconando a las naciones a fuerza de eventos naturales cada vez más extremos y repetidos. La humanidad se resiste a aceptar las advertencias del mundo científico expresadas a través de pronósticos que, una y otra vez, se ajustan empeorando. Mitigación y adaptación intentan ir de la mano, aunque lo más doloroso de esta historia es que los inocentes en la generación del problema, pagarán el precio más elevado.
Al mismo tiempo avanzó la crisis energética a lo largo y ancho del planeta. Hasta naciones pequeñas, despobladas y basadas en la actividad agropecuaria como la nuestra, están inmersas en la disyuntiva de cómo encarar el abastecimiento energético de las próximas décadas. El petróleo sigue dominando el escenario, a pesar de estar técnicamente condenado "a muerte" por su directa relación con el calentamiento global.
Una crisis global más reciente se sumó a la lista. Se trata del crac financiero iniciado en el seno de la primera potencia mundial, pero rápidamente extendido al resto de los países. Quién puede negar las profundas repercusiones que esta clase de crisis tiene en la vida de los pueblos.
Por su naturaleza abstracta al ciudadano común se le hace muy difícil comprender el comportamiento de estos colapsos que arrastran casi todo a su paso, dejando una estela de quiebras, desempleo, pobreza y desesperación por todas partes.
Como si fuera poco, acaba de emerger de la nada otra megacrisis: la sanitaria. La sorpresiva irrupción de la renovada y virulenta cepa de la gripe porcina, constituye un sacudón que nadie sabe donde terminará. Con grandes posibilidades de transformarse en una pandemia, esta enfermedad viral parece un castigo demasiado duro de absorber. Es un mal invisible que puede acechar silenciosa e inesperadamente a cualquier persona, en cualquier lugar.
La ambiental es una crisis de más vieja data que las anteriores. La humanidad la viene experimentando especialmente desde el siglo pasado. Incluye una larga serie de problemas que condicionan en forma directa la calidad de vida de los pueblos y, especialmente, las proyecciones de futuro. Desde luego, el calentamiento global es un componente muy específico de esta crisis. Pero, la reseñamos aparte porque, cuando hablamos de crisis ambiental, estamos incluyendo una realidad dominada por la degradación a escala planetaria de la diversidad biológica -considerando sus tres niveles: de genes, especies y ecosistemas. En términos más utilitaristas podríamos referirnos a la notoria degradación de los recursos pesqueros, a la contaminación de los mares, al avance imparable de la desertificación, a la grave erosión genética y pérdida de especies registrada en toda la biosfera.
Por último, la crisis más grave y antigua: la social. Millones de personas en el mundo viven en la pobreza, sin poder satisfacer sus necesidades más básicas.
Desde luego todas estas crisis están relacionadas y se impactan recíprocamente. Quizás su confluencia actual signifique un punto de inflexión para la humanidad en la búsqueda de soluciones profundas y valientes.
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