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Antonio Mercader
Mal y tarde reaccionó la cancillería uruguaya ante el nocivo discurso del presidente de Irán en la conferencia contra el racismo. Tarde, porque demoró veinte días en decir esta boca es mía. Mal, porque lo hizo en seguida que el Comité Central Israelita protestó por la "inoperante" pasividad de nuestra diplomacia.
La suma de errores comenzó con la inacción de nuestros delegados cuando el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, en la conferencia de Ginebra, acusó a Israel de racismo, cuestionó su derecho a existir y negó el Holocausto. Mientras otros delegados se fueron de sala en señal de repudio, los nuestros se quedaron, y lo que es peor, guardaron un silencio de plomo. Un silencio de tres semanas sólo cortado cuando el Comité Central Israelita se quejó, y la cancillería, a velocidad de vértigo, salió a enmendar su omisión y condenó a Ahmadinejad.
Así, la cancillería no quedó bien con nadie. Ante Israel, el país agredido, demostró falta de reflejos en vez de solidaridad. Además, su respuesta tan rauda ante el comunicado del Comité Central -subido de tono, por cierto- equivalió a confesar su negligencia y a confirmar que actuaba a instancia de parte. ¿La cancillería se hubiera pronunciado sin el aguijoneo del Comité? No parece.
Tan gruesa cayó esta gestión de la cancillería que las críticas le llovieron hasta de las propias filas del partido de gobierno. Comunistas, socialistas y miembros de la Corriente de Unidad Frenteamplista (CUF) expresaron su irritación. Un vocero de este último grupo dijo que el canciller, Gonzalo Fernández, "cedió a la presión del Comité Israelita".
Aunque el Comité Central Israelita se declaró satisfecho, la comunidad judía no quedó contenta. Una figura relevante de esa comunidad, Sara Winkowski, en carta a El País, exhibió su disgusto al decir que la delegación uruguaya debió irse de sala mientras hablaba Ahmadinejad o condenar sus palabras como lo hicieron varios países, entre ellos Argentina.
Aunque el incidente podría generar nuevos coletazos, es posible extraer del mismo algunas conclusiones. Una es que ningún diplomático uruguayo debería aceptar que se niegue el derecho de Israel a existir, entre otras cosas porque nuestro país fue firmante de la partición de Palestina y propulsor de la creación del Estado de Israel, como recuerda Winkowski. Es decir, hay un compromiso que debe honrarse.
Otra conclusión es que no cabe improvisar en asuntos internacionales tan delicados como la cuestión de Medio Oriente. Desde hace meses se temía que la conferencia contra el racismo de Ginebra, ambientara agresiones a Israel. El anuncio de la oratoria del presidente iraní en el acto inaugural debió inducir a la cancillería a darle instrucciones precisas a nuestros delegados, cosa que no hizo a juzgar por lo ocurrido.
¿Qué hace un diplomático en una emergencia si carece de órdenes precisas? La mayoría de las veces se abstiene, como pasó en esta reunión de Ginebra. Hay, sin embargo, otra posibilidad: que el diplomático, sin tiempo de consultar, obre según su conciencia. Así lo hizo alguna vez Enrique Rodríguez Fabregat, decidido impulsor de la creación del Estado de Israel aunque en un caso ajeno a la cuestión israelí. Embajador en Naciones Unidas, ante una contingencia inesperada siguió su propio criterio. Molesto, el canciller le telegrafió exigiéndole que explicara qué instrucciones había seguido en la ocasión.
El telegrama de respuesta de Rodríguez Fabregat fue memorable: "Las Instrucciones del año XIII".
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