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Una muy discutible costumbre sindical obliga a los integrantes de la gremial que la practican a paralizar su trabajo cada vez que alguno de sus miembros es víctima de un accidente o de una grave agresión. Este hábito se da, generosamente, en dos actividades laborales: en la construcción y en el servicio de transporte. En efecto, si un obrero de la construcción sufre un accidente durante la jornada laboral y como consecuencia del trabajo que realiza, el sindicato respectivo resuelve paralizar sus actividades durante 24 horas. Otro tanto ocurre, cuando algún obrero del volante (ómnibus, taxi) queda malherido o sucumbe ante un intento delictivo.
No se cuestiona, en absoluto, la intención solidaria que inspira a estos sindicatos. Incluso, se reconoce que ello constituye una loable expresión de sensibilidad ante la desgracia sufrida por un compañero de trabajo. Sin embargo, tal decisión despierta reparos y, por cierto, es muy mejorable. ¿De qué puede servir interrumpir el trabajo durante una jornada? Indudablemente, sirve para llamar la atención de las autoridades e incitarlas a adoptar medidas para evitar la repetición de hechos similares.
En el caso preciso, si un obrero de la construcción cae de un andamio, quizá el accidente ocurre porque la empresa que lo emplea no cumple con las obligaciones reglamentarias a las que está comprometida. Es obvio que allí radica su responsabilidad y, por tanto, debe hacerse cargo de las consecuencias de su incumplimiento. Más difícil de encarar es el caso del transporte. Es verdad que se ha intentado darles mayor seguridad en su trabajo pero, al parecer, estas medidas no han resultado muy eficaces. Lo indudable es que el problema se inscribe dentro de otro mayor, esto es, dentro del tema de la inseguridad general que afecta a nuestra sociedad, particularmente, a la montevideana.
La intención de estas líneas apunta a convencer a unos y a otros de que paralizar el trabajo no resulta productivo para nadie. Más el transporte, que afecta directamente a una gran cantidad de ciudadanos que lo tiene como medio para trasladarse y se encuentran, de golpe, inmovilizados. El panorama de las paradas atiborradas de gente, que fue a trabajar y se encuentra a la hora de su regreso con que no hay locomoción para llegar a sus hogares o ir a buscar a sus hijos pequeños, adquiere dimensiones de pesadilla. Debe ser la medida más impopular que se pueda asumir, por más que tenga un loable origen solidario.
Por tanto, sugerimos que se hagan esfuerzos para armonizar el legítimo sentimiento de solidaridad, que mueve a los gremios, con el no menos legítimo interés general. ¿Cómo? Pues trabajando normalmente, no renunciando automáticamente al cobro del salario que corresponde sino, en su lugar, destinarlo, en todo o en parte, a la familia de la víctima en cuyo nombre se inició la protesta.
Sería, ésta, una manera noble y generosa de superar la inoperante cultura del paro que prevalece en nuestro país y, al mismo tiempo -aunque no se pueda reparar lo que ya es irreversible- se apuntala a la familia del obrero que sufrió un accidente fatal o que fue asesinado. No estamos ante una solución perfecta, desde luego, pero es algo mucho mejor y mucho más digno que abandonar las actividades y pasadas 24 horas retomarlas. ¿Cambia en algo la situación de la familia del operario afectado?
Es imperioso que los sindicatos de trabajadores evolucionen en su relacionamiento con la sociedad de la que también forman parte. Por suerte, hay un gran sector que es consciente de que la retórica agresiva, clasista y catastrófica no se concilia con el tiempo en el que vivimos, tecnológico, científico y globalizado.
Hay que convencerse, de una vez por todas, que nadie deja de ser importante en el entramado social. Esto es algo que ya manejaba la sabiduría de los antiguos romanos: los brazos dejaron de trabajar en protesta contra la haraganería del estómago y de los demás órganos, que todo lo recibían sin aportar nada; en consecuencia, los órganos languidecieron y todo el cuerpo se debilitó, incluidos los brazos. Al final, éstos comprendieron que estaban cometiendo un error...
El mundo no se arregla, pues, con paros por doquier, sino con creatividad y trabajo duro. Es bueno tenerlo siempre presente. La celebración del Día de los Trabajadores fue una buena ocasión para reflexionar al respecto.
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