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Martes 05.05.2009, 13:12 hs l Montevideo, Uruguay
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Espectáculos


Las columnas

Los palafitos literarios

MIGUEL CARBAJAL

Cada tanto, cada mucho en realidad, los postes de madera que han estado durante siglos bajo el agua, salen afuera de la superficie transformados en espléndidos, lustrosos yunques de piedra. Lo más granado de la cultura es un conglomerado de palafitos que hace trizas la monotonía del paisaje nacional: la obra íntegra de Juan Carlos Onetti, las mejores piezas de Felisberto Hernández, un importante tramo de Mario Levrero, algunos cuentos de Javier de Viana, los grandes mitos de Horacio Quiroga, el entramado de Doña Ramona o el empuje de Jorge Burel que logra cimas como en El corredor nocturno. Es como si se siguiera en el Neolítico y proliferaran las poblaciones lacustres.

En un país donde el verbo encendido había caído en las manos acaparadoras de las mujeres, por lo menos tres hombres -Falco, Cunha y Meggett- llevaban la delantera. Falco había sido bendecido por la iluminación. Como en el caso de Pablo Neruda cuando anuncia que puede escribir los versos más tristes esa noche, Falco obtiene otro hallazgo lírico perdurable -de esos que se filtran dentro de la memoria colectiva y quedan para siempre- cuando se entromete con la precariedad de los ranchos de Jacinto Vera.

Antes de eso la inspiración siempre desbocada de Juana de Ibarbourou le cantó con su aliento a jazmín a los escándalos que armaría cuando la treparan a la barca de Caronte. La idea de atreverse a desacralizar la muerte, haciéndolo desde la fragilidad de las tiendas femeninas tuvo un efecto notable. Pero como en los otros versos lo que prima es la belleza del canto.

Falco y Juan Cunha, sobre todo el segundo, manejaban imágenes de la frugalidad, tan sencillas y ceñidas a la esencialidad que el pueblo las asimilaba con facilidad. Hubo otro tipo de poetas, ni mejores, ni peores, sino distintos. Carlos Sabat Ercasty era verborrágico y opulento. Abría las fauces de su Iguazú propio y desparramaba un alud sonoro que algunos encontraban cerca del prodigio. Sabat era una catarata. Neruda, que no le iba a la zaga, lo reconoció como una de sus influencias.

En la década del Sesenta la vanguardia femenina era la embajadora artística. Tiempo después Idea Vilariño retiene el cetro y Marosa Di Giorgio escapó a la celebridad internacional a raíz de su muerte temprana. Aún así es la escritura uruguaya más atendida en el exterior. La estudian en las universidades europeas y norteamericanas, admiradas por el mundo frutal en el que se movió, tan cercana al animalismo que resultaba pagana. En los Sesenta los que resonaban eran los ecos de la religiosidad de las poetas nacionales. Esther de Cáceres, Clara Silva, Sara de Ibáñez articulaban una liturgia no bien se pasaba las fronteras. Y provenían de un país paradójicamente laico.

El País Digital

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