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Lunes 04.05.2009, 13:02 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

La siembra del odio

El atentado a la sede de la Asociación Rural, en el que se lanzaron consignas políticas de odio de clase, es una muestra de las actitudes que propicia el gobierno actual, especialmente su sector mayoritario. Éste ya utilizó las armas, pero los otros colaboran también en la siembra del odio. No es pues ese atentado una casualidad, sino un reflejo del estado del alma de la sociedad en el momento actual, enferma, con pronóstico incierto.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué a los problemas de disolución social que los hay en todo el mundo, se les agrega una impronta nativa, que en cinco años de gobierno destruye puentes de unión entre diversos grupos de nuestra pacífica sociedad? La razón es la siembra incesante de odio que se ha propiciado. Veamos.

Toda la política laboral no ha sido una de encuentro de clases, ni de beneficios para el trabajador, sino para el sindicato del trabajador que es algo muy diferente. Se ha azuzado desde el Ministerio de Trabajo al empleado contra el patrón, restableciendo la lucha de clases en lugar del encuentro de ellas. El fortalecimiento de los gremios lo ha sido en la batalla, no en el mejoramiento del clima, o en la racionalidad de los planteos. Consignas del tipo de "romper todo" como planteó Adeom, o como lo hace el gremio del Casmu, no son una casualidad, aunque algunos sectores oficialistas los miren con cara de "yo no fui".

Ningún grupo político del gobierno es ajeno a la generalización de este clima, que encuentra un punto culminante en el atropello corporativista del acto del 1º de mayo, con el Pit-Cnt exhortando a votar por el Frente Amplio.

Obreros contra patronos, alentados a ocupar sus lugares de trabajo; trabajadores rurales contra propietarios, estimulados a tomar tierras por asalto. Agravios de toda índole al derecho de propiedad: desde inspecciones en los campos invocando dudoso derecho, hasta el aliento a estatizarlo todo.

Otra colaboración al ambiente crispado proviene de la forma de realizar mecanismos inspectivos. Cuando lo hace la DGI, supone que el inspeccionado es un delincuente; si es el BPS procede desde el odio de clase, partiendo de la base de la condición explotadora del empleador.

Precisamente la reforma tributaria, injusta y pobre, ha sido también una herramienta para difundir resentimiento; y así se la vendió: como una forma de sacar a los de arriba -en realidad a los del medio- para darle a los de abajo y a los funcionarios públicos.

La destrucción del principio de autoridad, propiciado por un Ministerio del Interior de sainete que nunca cumplió sus funciones, dejará una sociedad en la que se desdibuja el límite entre libertad y responsabilidad. Además, en varios ministerios se ha ejecutado una persecución de funcionarios, no ya sacándolos de la Administración, sino en algunos casos de saña inaudita, extendiendo la bilis hacia sus actividades privadas, o practicando terrorismo verbal para desalentar su contratación.

Somos un país no sólo con zanjas propiciadas por un gobierno lleno de resentimientos, sino sin amigos afuera, con una inserción internacional que pasa por su peor momento. Y que sigue peleando contra los enemigos de hace 40 años, haciendo de la anulación jurídicamente imposible de una ley, un nuevo motivo para no dar vuelta una página dolorosa, aunque no menos que las que motivaron la Paz de Octubre, o la de Abril, o el Pacto de la Cruz, o la Paz de Aceguá, o el gabinete de la Conciliación, entre otros ejemplos.

La razón última de estos males está en la división que propicia este gobierno, entre frentistas y enemigos. Los que pensamos diferente no somos gente que elige en democracia caminos distintos para alcanzar el bien común. Somos enemigos a erradicar.

Pero el país tiene suerte sin embargo. Para cambiar esta sociedad de puños crispados aun en auge económico; para recomponer puentes que volaron en pedazos; para todo este trabajo patriótico hay un instrumento viejo y nuevo, que profesa su vocación de patria sin exclusiones: el Partido Nacional. Él restañará las heridas, aceitará los magullones y encontrará su triunfo, como siempre, en la ética de la otra mejilla. Sin herir a nadie, no pretendiendo vencer sino convencer.

E invitando a todos los uruguayos de buena voluntad a volver a hacer de esta tierra un lugar bueno para vivir y para morir.

El País Digital

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