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Hebert Gatto
Pocas cosas ofenden más a la izquierda que el señalarle su responsabilidad en los sucesos que desembocaron en la dictadura. Aún si la acusación se formula del modo más aséptico, enmarcándola en un cúmulo de determinantes estructurales de muy variada naturaleza, y con participación de diferentes actores, la reacción de quienes se sienten interpelados es automática: el cronista o el historiador está haciendo un uso espurio e ideológico del pasado reciente valiéndose de un instrumento inadmisible: la "teoría de los dos demonios". Con esta terminante atribución su usuario queda descalificado y sus asertos refutados.
Para la mayoría de los actuales cultores oficiales de la historia reciente, no alcanza con la mención -por parte de la historiografía liberal- del estancamiento económico, la emergencia de una guerrilla socialista en el continente, la actitud de los intelectuales descalificando al sistema, la pérdida de fe en las instituciones, la rebeldía estudiantil conexa, la reticente actitud de los partidos tradicionales, el enfrentamiento este-oeste o la rampante emergencia de la revolución cubana; en cuanto a los mismos se le agrega, la participación en los hechos de la izquierda vernácula, la explicación de los factores causales de la dictadura queda automáticamente invalidada.
Desde su óptica, el clima revolucionario y la guerrilla fueron una respuesta a la "violencia estructural" del capitalismo periférico y de los sectores sociales y políticos asociados, que verdaderamente propiciaron el colapso institucional y constituyen sus únicos gestores relevantes. En esta clave, la "teoría de los dos demonios", transparenta su propósito, se trata de una construcción que exculpa de cualquier responsabilidad a la izquierda, aún a aquella que, a la vista de todos, intervino, armas en mano, en la insurgencia contra la democracia, como fue el caso de la guerrilla Tupamara en el Uruguay o del ERP o Tacuara en la Argentina. Desde esta negación, concluyen que nunca hubo dos demonios (militares y guerrilla), sólo uno, un satán solitario: la derecha de ambos países que agazapada en las sombras articuló la tragedia.
Ilustra bien esta posición una ponencia del profesor Carlos Demasi, ("Expulsos del Edén"), presentada el año pasado en un seminario de la Facultad de Humanidades, donde se propone refutar la aseveración formulada en "El cielo por asalto" (H.Gatto, Taurus, 2003), en el sentido que la emergencia de la guerrilla tupamara fue un factor explica-tivo importante (aunque no único), del golpe militar de los setenta. Plantea para ello una pregunta que de ser contestada, aclararía con más precisión la prehistoria de la dictadura uruguaya, sin necesidad de apelar a la concausa tupamara: "¿Cómo se explica que aquel Uruguay maltrecho, jaqueado, pero aún así aislado ejemplo de democracia en el continente, viera emerger primero las bandas armadas de extrema derecha y junto con ellas, a gobernantes que clamaban por un golpe de Estado? ¿Alcanzaban sus vicios y el peligro de su Partido Comunista para tanta desmesura?"
Demasi no tiene dudas. Para él los grupos fascistas de comienzos de los sesenta y los gobernantes que los secundaban contribuyeron decisivamente al golpe. Tanto que lo explican, constituyendo, cabe suponer, el factor esencial del desenlace castrense. ¿Es ésta la historia oficial que cultiva?
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