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Antonio Mercader
Semanas atrás, de paso por la Ciudad Vieja, al ver la larga cola de jovencitos apiñados para inscribirse a último momento en la Corte Electoral, me pregunté qué sabrían ellos de política y que votarían. Algunas entrevistas hechas por los periodistas en esos días me aportaron respuestas decepcionantes. La mayoría quería la credencial cívica para anotarse en los planes del Mides, cubrir los requisitos de aspirantes a un empleo (quizás de cafeteros o ascensoristas en el Parlamento) o tramitar el pasaporte. Unos pocos, a las cansadas, contestaron que querían la credencial para poder votar.
Fueron datos deprimentes, sobre todo porque este año debutarán ante las urnas 250.000 nuevos votantes. Lo peor es que los entrevistados confirmaron una tendencia anotada tiempo atrás en una encuesta del Claeh según la cual casi la mitad de los jóvenes, de 16 a 29 años, sienten rechazo o desinterés por la política. Aparte, recientes sondeos sobre la ley de caducidad a plebiscitarse en octubre revelan que ocho de cada diez nuevos votantes desconocen su contenido. Esta distancia con la política viene de lejos porque en 2003, al cumplirse 30 años del golpe de Estado, una encuesta universitaria sorprendió al probar que la mayoría de los alumnos ignoraban quién era Juan María Bordaberry.
Sería simple echarle la culpa a los jóvenes por ser apolíticos o teorizar con que esta generación es peor que las tan politizadas y militantes de las décadas del sesenta o del ochenta. Digamos que es distinta y que sus problemas son otros. Lo importante es saber si es correcto lo que el sistema político hace por captarlos.
Ante todo, está claro que no alcanza con arracimarlos junto a los candidatos en los actos públicos o exponer sus caras frescas en carteles de vía pública. Lo esencial es el mensaje a trasmitir y aquí es donde flaquean las propuestas porque el discurso político rara vez responde a los desvelos juveniles. Prueba de ello es lo poco que se discute sobre el único organismo público creado para ellos, el Instituto Nacional de la Juventud, el Inju, el de la Tarjeta Joven, que con tantos bríos y buenos frutos se lanzó en el gobierno de Lacalle (1990-95) y que el Frente Amplio mandó al ostracismo en los últimos años.
En la ardua tarea de vencer la apatía política de la juventud, temas clásicos como los vinculados a la educación o a las oportunidades para acceder al primer empleo, podrían oficiar de llamadores.
También, asuntos más generales como el cuidado del medio ambiente, o menos ortodoxos como la iniciativa para legalizar ciertas drogas.
Otro punto a analizar son los medios de comunicación. Algunos no tradicionales como el "facebook" han demostrado su éxito mientras persisten las dudas sobre la eficacia de la TV, el medio estrella de las campañas políticas. Otra idea original la tuvieron los jóvenes socialistas que en el último congreso del partido lucieron camisetas con el rostro de Bob Marley, más excitante, por cierto, que el de algún dirigente como Gargano. Y un caso interesante de político tradicional que ganó popularidad en las nuevas generaciones es el del intendente de Durazno, Carmelo Vidalín, a través del "Pilsen Rock".
Estas experiencias prueban que, con ingenio e ideas innovadoras, es posible atraer a los jóvenes y convertirlos en ciudadanos activos.
Sin olvidar, claro está, que un tercio de quienes este año votarán por primera o segunda vez viven en la pobreza, tienen escasa instrucción y antes de sumirse en meditaciones políticas buscan resolver sus necesidades más elementales.
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