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La suspensión de espectáculos programados -tanto de índole coreográfica como de carácter sinfónico o coral- se ha convertido en un hecho frecuente dentro de las actividades del Sodre, hasta llegar en estos momentos a una virtual paralización de sus temporadas. Los problemas presupuestales parecen jugar un papel decisivo en ese panorama del instituto, dado que el pago de los haberes a funcionarios y artistas contratados sigue sufriendo un retraso que a estas alturas ya resulta crónico, pero que constituye sólo uno de los aspectos de la profunda crisis que padece ese organismo oficial. Viejos testigos de su historia conocieron el apogeo que los ciclos de su orquesta, su cuerpo de baile, su departamento de cine-arte o sus temporadas líricas alcanzaron en los años 50 y 60, por lo cual saben comparar mejor que nadie aquel pasado con la actualidad.
Los deterioros del Sodre vienen arrastrándose desde hace tiempo. Sin embargo, cuando la última crisis del 2000, con una escasez de recursos que dificultaba enormemente la gestión, no se dejaron de hacer buenos espectáculos de ballet, corales, de ópera y conciertos, mientras que en estos años, por el contrario, el crecimiento económico llenó las arcas del Estado, como nunca. Los cambios ocurridos últimamente en la integración de su Consejo Directivo han sido el factor más visible de una inestabilidad que poco a poco se aproxima a una sensación de descalabro, considerando que la cancelación de ciclos y conciertos ya anunciados, ha sido una nota recurrente durante este período. Sería impropio que la gravedad de ese cuadro recayera en las nuevas autoridades, porque equivaldría a cortar por lo más fino, el enredado hilo de la decadencia del Sodre. Aunque también lo es el malestar de la flamante presidenta, según trascendió, sea consecuencia de lo que ha dicho la prensa -y en particular El País- sobre los problemas del instituto, porque en tal caso, la funcionaria estaría actuando como los antiguos griegos, que preferían matar al mensajero de las malas noticias, en lugar de combatir el origen de la calamidad que esa víctima se limitó a transmitir.
Por lo pronto, cualquier observador uruguayo que fiscalice debidamente su memoria y se interese un poco por los asuntos artísticos y culturales, puede sentirse avergonzado ante la situación embarazosa que el Sodre ha creado frente a algunas figuras argentinas (el director del cuerpo de baile y una coreógrafa) al incumplir los contratos que había firmado con ellas. Pero ese observador también podrá asombrarse ante la cancelación de los vínculos con todos los artistas extranjeros que iban a actuar en la temporada 2009, y tendrá asimismo razones para alarmarse ante el alejamiento de algunos colaboradores sumamente calificados que ocuparon cargos de responsabilidad en el instituto pero luego renunciaron a ellos, como la especialista que se desempeñaba como directora artística, dotada de una visible capacidad de planificación y que disponía además, de envidiables contactos con los ambientes musicales del exterior.
Cuando se manejan dineros públicos, como en el caso del Sodre, existe una ineludible obligación de divulgar las razones de una conducta administrativa, sobre todo cuando ello compromete el funcionamiento de un centro de irradiación artística de gran importancia, porque el público tiene derecho a saber por qué se le priva de manifestaciones anunciadas y luego canceladas. Pero las autoridades del Sodre no parecen sentirse comprometidas por esa obligación, y la opinión pública ignora las causas que podrían explicar el tambaleante curso de ese organismo estatal.
Si no se produce ningún cambio en esa situación, el Sodre parece encaminarse hacia un punto en que el descalabro interno ya será irreversible. Los indicios de esa caída se agudizan en un año que podía traer la inauguración de la parte medular del complejo en construcción, el de la esquina de Andes y Mercedes, con la apertura de la sala mayor de ese edificio, un recinto de valor múltiple que se dedicaría a centralizar todas las actividades y que el Sodre espera desde hace décadas. Porque no debe olvidarse que el viejo Estudio Auditorio se incendió en septiembre de 1971 y dentro de unos meses se cumplirán 38 años de aquel desastre, sin que ninguno de los gobiernos que el país ha tenido desde entonces, haya sido capaz de culminar esas obras de reconstrucción. Por el momento, las actuales autoridades tampoco.
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