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No podía haberse elegido un mejor regalo para el presidente Obama que el que le entregó su colega Chávez: "Las venas abiertas de América Latina", un libro muy bien escrito, como todos los de su autor, Eduardo Hughes Galeano, con valiosas imágenes literarias pero, en el fondo, muy pobre en materia de pensamiento. La obra es casi un documento de identidad de América Latina pues retrata una situación que, invariablemente, exime a nuestro continente de toda responsabilidad por su falta de desarrollo y, desde luego, apunta su dedo acusador a EE.UU., presunto culpable de su atraso.
Omite señalar que cuando el Norte y el Sur accedieron a la independencia, ambos formaban parte del mundo subdesarrollado, juzgando aquellos años con un criterio relativista. Y que si Estados Unidos despegó hasta transformarse en la primera potencia mundial fue porque -además de contar con enormes riquezas naturales, que también se dan en el Sur -apostó a la excelencia en la educación, al espíritu de creatividad, al culto al trabajo duro, a la aplicación de los principios democráticos y al respecto estricto de la ley, con las limitaciones y excepciones propias de toda sociedad humana en tren de perfeccionar y consolidar su sistema vigente. Paralelamente a ese proceso, su vocación por la libertad -y su innegable derecho a defender los intereses vitales de la nación- lo llevaron a tener una decisiva intervención en dos pavorosas guerras mundiales desarrolladas a miles de kilómetros de distancia de su territorio.
Luego, el bipolarismo resultante del último de estos conflictos, lo enfrentó al expansionismo soviético en una "guerra fría" en la que también se embanderó casi todo el planeta. El centro y el Sur de nuestro continente -en su gran mayoría- impulsados por la revolución cubana de 1959, adhirieron al bando socialista y, en consecuencia, canalizaron viejos rencores en forma de un supuesto antiimperialismo en el que Estados Unidos se convertía en el "eje del mal" y América Latina y el Caribe en sus víctimas propiciatorias.
Se podía pensar que la implosión del socialismo real del bloque soviético iba a tener un efecto disuasorio para el bando marxista en esta controversia, pero lo cierto es que, caído el Muro de Berlín y agotada la Guerra Fría, hoy en día, dos décadas después, todavía hay feligreses de aquella iglesia totalitaria que, hipócritamente, claman en favor de los derechos humanos en todos los países que no se han plegado al marxismo y, al mismo tiempo, mantienen un silencio cómplice sobre lo que al respecto ocurre en la Cuba castrista y en otros regímenes estalinistas similares. La retórica, pues, sustituye a la realidad. Razonan que, si las cosas marchan mal, la culpa la tiene el otro, no nosotros. Esa inalterable línea interpretativa condice integralmente con la expuesta en "Las venas abiertas..."; de ahí, el alto valor simbólico (y negativo) que tiene el regalo de Chávez a Obama.
Volvamos al mundo tal cual es. Estamos insertos en una crisis planetaria: caerán las exportaciones, bajarán los ingresos familiares, disminuirán las remesas de dinero y, desde luego, el crecimiento de todos los países se enlentecerá. Son conceptos vertidos recientemente por Hillary Clinton. Ellos motivan a su país a extender la ayuda que ya dispensa a los más necesitados del continente. En tal sentido, la ex presidenciable pone el énfasis en tres aspectos de la realidad latinoamericana y caribeña: 1) es necesario reinvertir en la educación tecnológica y científica; 2) es necesario bregar por la seguridad alimentaria erradicando los bolsones de hambre dando pescado pero, sobre todo, enseñando a pescar, como dice el proverbio y 3) hay que velar por la seguridad pública y erradicar todo tipo de violencia, lo cual es indispensable para el ejercicio y goce de las libertades y los derechos.
Su mensaje es aleccionante para América Latina y el Caribe: insta a preparar a los ciudadanos para competir en el mercado mundial, a garantizar buenos empleos y una vida productiva, un trabajo decente y un justo salario. Todo ello se trasuntará en más y mejor comida para la mesa.
Esta es la receta norteamericana para que una sociedad progrese. Es la del sentido común, tan difícil de hacer prevalecer. Es lo que se compromete apoyar EE.UU. en los países cuya debilidad lo requiera. Esperemos que así sea. Y que quienes reciban estos aportes no se limiten a ser beneficiarios de ellos sino sujetos activos en la magna tarea que se intenta emprender.
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