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REBAR | BUENOS DÍAS
Erase una niñita nacida en 1927, en la pintoresca Asturias de una España de monarquía tambaleante. Su madre, laboriosa ama de casa que defendía cada peseta a dentelladas, soportaba sufridamente las frecuentes ausencias del marido, maquinista de la Marina Mercante. "Socorrín" fue creciendo entre cuatro hermanos varones: al cumplir 12 años -con su padre ascendido y trasladado a Cádiz- la inscribieron en un colegio de monjas, donde se le despertó una tempranera afición por la literatura. A la muerte del progenitor en 1945, el hogar reclamó la ayuda de la jovencita: al año siguiente (milagro de la necesidad económica) se animó a publicar su primer libro.
El público femenino inició ahí su indeclinable idolatría por la novel autora, que inauguró con "Atrevida apuesta" una carrera de escritora que se prolongó a lo largo de seis décadas y pico.
Ignoro si Corín Tellado -que murió en Gijón el Sábado de Gloria- volcó en alguna de sus radionovelas, ésta su propia historia, que con el agregado de varios episodios reales (boda, divorcio, hijos, etc.) habrían alimentado un estremecedor "culebrón": no hubiese puesto más de un par de minutos para tejer esa trama, habida cuenta de que ella misma confesaba que "era capaz de armar un argumento en cinco minutos, escribir una novela corta en ocho días, y una larga en cinco semanas". Y había que creerle a María del Socorro Tellado López (su verdadero nombre) que se fue de este mundo luego de inundarlo de lágrimas, cuando hacía ya unos años que el Libro Guinness de los Records la reconociera como la autora española más leída después de Cervantes.
Tres días antes de su fallecimiento, dictó a su nueva el último texto, que publicará en poco tiempo la revista "Vanidades": fue el cierre final de su trayectoria signada por asombrosas cifras; 4.000 relatos románticos, traducidos a 27 idiomas; 400 millones de ejemplares vendidos; y primera en subir a Internet una novela en castellano. No hubo romance que no imaginara, ni traición que se le escapase: ni mujer de mala vida que no tuviera derecho a redimirse; ni rengo que no se enderezara -si era un buen tipo- o que no muriera debajo de un camión si era mal sujeto.
Quiero despedir a Corín Tellado, recordando una de sus más conocidas anécdotas, que reflota "La Nación" en ejemplar del domingo 12 de abril. En cierta ocasión, entregó los originales de una novela en que un personaje quedaba ciego: después de leerla, el editor le pidió -en beneficio del libro- que lo operara. Así lo hizo, con total fortuna... y todos contentos, más que ninguno "el ciego", claro está.
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