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Carlos MAggi
Ricardo Pascale presentó una obra de mil páginas, en la Facultad de Ciencias Económicas, el jueves pasado y tuve la oportunidad de participar en la mesa donde hablaron el profesor Daniel Azzini, el decano de esa Facultad, Walter Rossi y el autor.
Para esa prueba privilegiada (para mí tan llena de riesgos) apunté algunas ideas que ahora transcribo.
"Decisiones financieras" enseña, paso a paso, la mecánica y las mediciones vinculadas al dinero y los títulos valores. Hay pues en este texto, una selva de procedimientos necesarios para entender técnicamente la trama fina de la hacienda pública o privada; el libro abunda en demostraciones y procedimientos matemáticos.
Pero el libro se llama DECISIONES financieras y el proceso interior que permite decidir no se puede prever matemáticamente. Este tema está perfectamente explicado y puesto al día en varias partes de la obra.
Decidir es un ejercicio de la voluntad. El acto de preferir una cosa o una acción por sobre todas las demás es un hecho del fuero íntimo. El libre albedrío no pertenece al mundo natural. La psiquis humana no está sujeta, tiene libertad de creer o de crear, de elegir o rechazar. Hay razón y hay emoción en las decisiones.
Es por eso que un culturalista puede apreciar los valores de esta obra. Las humanidades no pertenecen al campo de los números, refieren a la cultura; y se diría que éste es un libro ambidiestro.
Buena parte de las finanzas, en particular la actividad bancaria, admite y requiere ser dirigida por la acción bancocentralista; pero aún en este ámbito, las decisiones financieras no terminan cuando la Administración resuelve. Todas las personas reales o jurídicas toman a su vez decisiones financieras de acuerdo a su saber y entender.
Las decisiones financieras masivas forman un caos que admite cierta ordenación estadística, probabilística, cuántica, porque es relativamente incierta.
El planeta Tierra está contemplando una enfermedad financiera que tiene que ver con el modo de decidir de la gente.
Hacia mediados del año 2007, se alarmó el mundo; grandes empresas financieras de EE.UU. podían entrar en cesación de pagos, había números amenazantes.
La desconfianza fue propagándose, sin merecer la contención debida y, en consecuencia, al final hubo que tomar medidas descomunales para evitar una bancarrota generalizada. Ahora, casi dos años después, parecería que los temores se atenúan, pero los coletazos del gran susto siguen; la gente se mantiene precavida; se abstiene de comprar o de endeudarse porque se siente insegura: puede haber desocupación, pueden haber negocios que dejen de dar ganancia. Queda el tembladeral de los recelos.
Los medios de producción son los mismos, las materias primas son las mismas, la técnica no cambió, los transportes están moviéndose, los acuerdos y contratos comerciales siguen en pie, pero el mundo está más pobre. Se quebró la confianza y cuesta rehacer el ritmo circulatorio.
Nieztche observó: el hombre es el único animal que puede prometer. Pienso: el hombre es el único animal cuya vida está transida por el porvenir. Las pre/visiones alteran las situaciones, por eso diagnosticar qué pasa o anticipar qué pasará, no es fácil. El texto que examinamos recorre doctrinas, técnicas, ejemplos.
Tengo a mi alcance un caso que se dio aquí, y es ilustrativo.
En 1985 el Uruguay consiguió salir pacíficamente de una dictadura militar. Los militares se encontraron con un conjunto de problemas que no sabían superar. Y uno de esos problemas era exquisitamente financiero: los tres bancos privados más grandes, estaban fundidos. El Comercial que era el mayor había perdido dos mil veces su capital. A la caída del Comercial se agregaban la bancarrota de La Caja Obrera y la del Banco de Pan de Azúcar.
No hace mucho, el presidente Sanguinetti me contó que mientras hablaba en el Parlamento, el día de la transmisión del mando, pensaba:
-Mañana me despierto y me desayuno metido en una crisis bancaria de terror.
Con ese mismo regalo se encontraron Federico Slinger, que debutaba como presidente del Banco República; y Ricardo Pascale, que debutaba como presidente del Banco Central; ambos eran profesores de esta Facultad y fue una suerte que así fuera. Sabían su oficio.
La situación terminal de los grandes bancos privados no había trascendido y en consecuencia seguían operando como si nada.
El Banco Central en vez de armar un escándalo por la herencia maldita que recibía, postergó sabiamente la revisión de los balances falseados, hasta que se cumpliera el plan armónico que se trazó. Había que superar la situación, antes de que se hiciera pública y corriera el pánico. Una corrida era más temible que la triple liquidación.
En consecuencia, el Banco Central y el Banco República decidieron anticiparse: los tres bancos en bancarrota fueron comprados por el República (a un precio simbólico) y recién cuando la solvencia del República garantizó la liquidez y la responsabilidad de los tres bancos privados recién adquiridos, se dio a conocer la noticia del desastre: la insolvencia de esas empresas.
La situación política del país, al iniciarse la transición de la dictadura al Estado de Derecho, era frágil; una crisis financiera pudo interrumpir la consolidación de la democracia recién renacida.
Pero el plan resultó impecable y no sucedió nada. La plaza mantuvo su estabilidad; y a lo largo del tiempo, los bancos fueron reparados y en medio de un clima de calma no alterada, terminaron vendiéndose mal que bien; y el aporte que tuvo que hacer el Bando República fue recuperándose y diluyéndose. La sabiduría de las decisiones consistió en darle al factor psicológico la importancia que tiene.
A fines del año pasado, mi admiración hacia el equipo del Presidente Sanguinetti se redobló.
Admiré más a Pascale y a Slinger, cuando comparé sus decisiones financieras, con las indecisiones de la Administración Bush, que no se anticipó a la difusión del miedo, dejó correr la corrida y cuando intervino lo hizo tan torpemente, que aumentó la desconfianza, en vez de tranquilizar. Sin justificación dejó caer un banco; y cuando volvió sobre sus pasos y afirmó que el sistema iba a ser sostenido, aclaró que eso era sin perjuicio de que algún integrante más del sistema fuera a la quiebra.
No habían localizado al enemigo, que era el miedo. Creyeron que el dinero grande arreglaba todo.
Agreguemos para terminar, que tampoco en el Uruguay se valoraron como correspondía las sabias y audaces decisiones tomadas en 1985.
Pocos años después, al reformar la Carta Orgánica del Banco Central, se suprimió la posibilidad de que un banco del Estado pudiera comprar bancos privados en dificultades. Grave error.
Los principios neoliberales no son aplicables a la actividad bancaria, que debe ser estrictamente regulada.
Cuando por cualquier circunstancia, se vea afectada la confianza en la cual descansa el sistema, el Banco Central deberá contar con todos los medios legales para intervenir de urgencia y mantener la estabilidad.
El mundo está aprendiendo esta lección.
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