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JORGE ABBONDANZA
Parece que fue ayer, pero pasaron cincuenta años. La fecha inaugural de la Nouvelle Vague suele ubicarse en torno a 1959, que fue el momento a partir del cual se conocieron Los cuatrocientos golpes de Truffaut, El bello Sergio de Chabrol y Sin aliento de Godard. Para quienes nacieron después de aquel año, el hecho podrá parecer remoto pero sin embargo produjo un cambio de rumbo en el cine francés de la época y un revuelo en buena parte del mundo. Porque la Nouvelle Vague marcó el ingreso al circuito comercial de una serie de jóvenes que habían ejercido la crítica en los Cahiers du Cinéma y que resolvieron predicar con el ejemplo, abandonando el periodismo especializado y empezando a realizar su propio cine para reaccionar contra la clase de películas que solían destrozar por escrito en sus reseñas.
Habituado al cine "bien hecho" que los cronistas de Cahiers descalificaban como "cinéma de papa", es decir el cine convencional y seguramente burgués de Claude Autant-Lara, Jean Delannoy o Marcel Carné, el público no pudo acostumbrarse de inmediato a las extravagancias o libertades un poco antojadizas de aquella ola juvenil, que hacía películas con aires de improvisación y proponía relatos algo deshilachados, en los que sin embargo asomaba el germen de un nuevo estilo que con el tiempo prosperaría al afinar sus recursos expresivos. Porque Godard creció desde sus borradores iniciales hasta el vuelo de Pierrot le fou o el ingenio de Weekend, mientras Truffaut subía hacia el condenado lirismo de Jules et Jim, pero también hacia la elegancia y el humor de La hora del amor.
Otros colegas también evolucionaban, como Chabrol moviéndose hacia el ácido enfoque de sus crímenes provincianos (Que la bestia muera, El carnicero) o como Alain Resnais dejando atrás la retórica desesperada de Hiroshima mon amour para internarse en el barroquismo de El año pasado en Marienbad. Ahora que increíblemente ha pasado medio siglo de todas aquellas primicias, las imágenes de la Nouvelle Vague parecen inseparables no sólo de algunos nombres sino también de ciertos rostros. El de Delphine Seyrig recostando la cabeza sobre un cuello de plumas o jugueteando como mujer de mundo con el azoramiento del pobre Jean-Pierre Léaud. El de la rubia Jean Seberg poco antes de una muerte rodeada de sospechas, o el del feo Jean-Paul Belmondo inaugurando una simpatía personal que haría carrera. Contemplada desde el siglo XXI, la Nouvelle Vague ya ha quedado depositada en el cajón de los recuerdos, demostrando con qué velocidad lo que era novedoso se convierte en añejo.
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